MÉDICOS SIN FRONTERAS

Las víctimas de violencia sexual y familiar en Papúa Nueva Guinea tienen ahora un mayor acceso a atención médica y psicológica de calidad gracias a la apertura de un nuevo proyecto de Médicos Sin Fronteras (MSF) en la capital del país, Port Moresby.

© Philippe Schneider

En la clínica 9 Mile, un centro de salud de un bullicioso asentamiento de Port Moresby, MSF ha empezado a ver a pacientes y a formar al personal local para proporcionar atención integrada a las víctimas deviolencia sexual y familiar.

El primer mes el equipo ya ha tratado a docenas de personas y está previsto ampliar el proyecto a más centros de salud urbanos, y a más centros de apoyo familiar de los principales hospitales de referencia de Port Moresby. Gracias a estos dos enfoques escalonados, las víctimas pueden recibir atención cerca de sus hogares en los centros de salud urbanos, y tienen también acceso a una atención más exhaustiva en los centros de apoyo familiar en caso de que sea necesario.

Además, la organización tiene previsto trabajar con centros de salud y hospitales de referencia en más regiones remotas del país. El equipo proporcionará atención directa y supervisión clínica, con el objetivo de asegurar que más víctimas en Papúa Nueva Guinea tengan acceso a la atención clínica que necesitan de forma apremiante.

Cerca de casa

La supervisora clínica Martha Pogo dice que es crucial que la atención se dispense lo más cerca posible de los hogares de quienes la necesitan, porque las víctimas no siempre pueden acceder fácilmente a los hospitales de referencia debido a un transporte deficiente o a la gravedad de sus heridas.

“Una mujer embarazada de dos o tres meses a quien su marido había propinado una paliza vino a la clínica” explica Martha. “Había recibido golpes, patadas y puñetazos por todas partes, también en el abdomen. Vive a unas pocas casas de aquí, pero no pudo venir enseguida porque tuvo un aborto tras el incidente y sangraba mucho. Estaba tan débil que tenía que arrastrarse por el suelo. Cuando pudo ponerse en pie y dar un paso tras otro, poco a poco, entró andando a mi consulta y la examiné. Estaba agradecida de poder venir a nuestro centro y recibir ayuda, porque no tenía fuerzas para caminar hasta la parada del autobús.”

Cinco servicios esenciales 

El proyecto de Port Moresby parte de la experiencia de MSF en la segunda ciudad más grande del país, Lae, donde más de 13.000 víctimas de violencia sexual recibieron asistencia entre finales de 2007 y junio de 2013. Recientemente, la organización ha podido traspasar con éxito el proyecto de Lae al Departamento de Salud de Papúa Nueva Guinea, pero seguirá prestándole apoyo a distancia. En la clínica 9 Mile, Martha forma a responsables de enfermería para que proporcionen el mismo paquete mínimo de cinco servicios esenciales que se proporciona en Lae. Se trata de un protocolo de tratamiento simplificado que asegura que las pacientes reciban los tratamientos más urgentes en una sola sesión. Los cinco servicios comprenden: atención médica urgente de las heridas; primeros auxilios psicológicos; profilaxis para el VIH y medicación para otras enfermedades de transmisión sexual (ETS); anticoncepción de urgencia; y vacunación para prevenir la hepatitis B y el tétanos.

Aunque Martha está formando a personal de enfermería ya experimentado, hay varias lagunas en sus conocimientos. Las pacientes también se sorprenden al saber que pueden prevenir el VIH si vienen al centro durante las primeras 72 horas tras haber sufrido la agresión sexual.

Martha afirma que en Lae, donde trabajó un año, hay mucho más conocimiento sobre la violencia sexual y se da mucha más importancia al tratamiento médico de las víctimas que en Port Moresby. “Esta situación demuestra lo lejos que hemos llegado.”

Algunas pacientes se han perdido un tratamiento urgente debido a la falta de conocimiento médico. La enfermera psicosocial Rolling Morgan explica que una pequeña de seis años, que había sido víctima de abusos sexuales por parte de un miembro de su familia, un año más tarde seguía padeciendo una ETS no tratada. Tras recibir tratamiento en la clínica 9 Mile sus síntomas empezaron a desparecer en el plazo de una semana.

“Para una niña tan pequeña padecer una ETS crónica es terrible y descorazonador,” admite Rolling. “Que durante todo un año se pasease por ahí sin saber lo que le estaba sucediendo a su organismo, y que los médicos que vio no  supiesen o no les importase lo que le pasaba, es escandaloso a todos los niveles. Sin embargo, fue maravilloso poder ayudarla proporcionándole al fin un tratamiento.”

Necesidad de hablar

Además de dar  atención médica directa, la clínica 9 Mile está adquiriendo reputación como un lugar seguro al que las víctimas pueden acudir y hablar, tanto si su agresión ha sido reciente como si la sufrieron hace tiempo.

“Estamos en un asentamiento, esta no es necesariamente una zona segura, pero la clínica se está convirtiendo en una lugar al que las personas quieren venir para compartir sus historias con nosotros, porque saben que van a recibir atención de calidad”, declara Rolling.

Martha Pogo recuerda que la primera paciente que trató el equipo de MSF en la clínica era una adolescente que había sido víctima de la violencia sexual hacía dos años, pero que nunca se había sentido cómoda para hablar de ello. “No padecía ninguna afección medica, solo quería hablar con alguien. Tras dos años, sintió que éramos las personas indicadas con quienes hablar de lo ocurrido,” añade Martha.

Impacto a largo plazo

En Port Moresby, MSF trabaja dentro de las instalaciones de salud existentes, apoyando y formando a los responsables de enfermería. La organización aprecia la buena disposición a colaborar y a aprender un nuevo enfoque que ha demostrado el personal y la dirección de las instalaciones médicas.

El equipo de MSF espera que los responsables de enfermería puedan formar a su vez a sus colegas, para que estén en disposición de ofrecer también los cinco servicios esenciales.

“Me alegra mucho ver a estas jóvenes enfermeras tan apasionadas con algo nuevo para ellas y ver que son ellas las responsables. Con suerte esto va a significar que las víctimas de violencia sexual van a tener acceso a la atención médica que van a necesitar durante mucho tiempo.” concluye Rolling.


 


Además del proyecto en Port Moresby, MSF trabaja en Tari gestionando un centro de apoyo familiar. MSF también presta atención primaria de salud y atención a la salud materno-infantil en el centro de salud de Buin, en Bougainville. MSF empezó a trabajar en Papúa Nueva Guinea en 1992.

 

 

 



Àngels Mairal, psicóloga de MSF, llegó a Yemen a mediados de marzo. A las pocas semanas, las autoridades yemenís empezaron a liberar a migrantes retenidos en granjas ilegales, algunos víctimas de tortura. Al mismo tiempo aumentaban las deportaciones desde Arabia Saudí y el número de migrantes que voluntariamente quería volver a casa. Desde entonces, Àngels ha estado trabajando para asistir a esta población.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Con qué problemática te encontraste al llegar a Yemen?

Cuando llegué al país, empecé a trabajar con mis compañeros que asisten a los migrantes en la ciudad de Haradh, en el norte de Yemen, cerca de la frontera con Arabia Saudí. Allí, la Organización Internacional de las Migraciones gestiona un campo donde ingresan algunos de los migrantes que quieren ser repatriados a su país; personas con una necesidad de protección especial como mujeres, niños, ancianos y personas enfermas. Además, en los alrededores de campo, se concentran centenares de migrantes  que están  en la ciudad a la espera de volver a intentar entrar en Arabia Saudí o intentado volver a casa.

MSF tiene dos consultas fuera del campo y allí hacemos sesiones individuales y grupales de salud mental. Mi trabajo durante las primeras semanas fue reforzar nuestro trabajo clínico en esta área y también reforzar la capacidad de otras organizaciones que trabajan con migrantes a través de formaciones de atención psicológica.

¿Qué pasó durante el mes de abril?

A principios de abril, las autoridades yemeníes empezaron a liberar a migrantes que estaban retenidos por traficantes en granjas ilegales. Durante varios días, grupos de alrededor de 200 personas eran referidas a un centro de detención de a las afueras de Haradh. Desde allí, se fueron transfiriendo por grupos a otro centro de detención en Saná, la capital. Como el número de personas era demasiado elevado en Saná, un grupo de alrededor 480 personas estuvo durante varios días una prisión en Amran.

Además coincidiendo con las liberaciones de las granjas, Arabia Saudí deportó grupos de migrantes ilegales a Yemen, que también han estado en estos centros de detención, y otros se han acercado voluntariamente hasta estas instalaciones para ser repatriados.

En Saná, la capacidad del centro de detención es de 200 personas pero ha habido momentos, en que había alrededor de 1.200.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cómo es la situación ahora mismo?

Desde Saná ya han empezado las repatriaciones a Etiopía, de donde son la mayoría de los migrantes. Así se ha podido trasladar a todos los migrantes de la prisión de Amran hasta Saná; el centro allí sigue estando muy por encima de su capacidad.

Se prevé que las deportaciones continúen en los próximos días y no sabemos si luego habrá más liberaciones de granjas ilegales o ha sido algo puntual.

¿Cuál es la situación por la que han pasado estos migrantes?

Yemen está situado en una de las principales rutas migratorias; muchas personas salen del Cuerno de África para buscar una mejor vida en los países del Golfo Pérsico. En el camino, muchos migrantes caen en manos de traficantes. Los migrantes liberados por las autoridades yemenís, nos contaban que han sido víctimas de tortura y malos tratos. Los traficantes les extorsionan para poder conseguir dinero de su familia. Muchos han pasado por experiencias terribles, han sido víctimas de violencia extrema y/o han visto el asesinato de otros migrantes. También antes de las liberaciones, los migrantes que atendíamos en Haradh nos explicaban estas experiencias.

Es verdad que nosotros solo vemos una parte muy pequeña de esta problemática. Se habla de decenas de miles de migrantes atravesando Yemen cada año y no es posible saber cuántos consiguen llegar a Arabia Saudí o cuántos caen en manos de traficantes.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cuáles son las necesidades de esta población a nivel de salud mental?

Aunque todas las personas que vemos han pasado por situaciones similares, el impacto del maltrato en cada persona y su capacidad de recuperación son procesos individuales y dependen de la duración de la experiencia traumática, de la personalidad previa, de los factores de protección y de la propia capacidad de resiliencia.

Vemos síntomas de estrés postraumático: flashbacks, pensamientos recurrentes, insomnio, aislamiento, sentimientos muy fuertes de tristeza. También observamos síntomas psicosomáticos como dolores de cabeza, taquicardias, dificultad para respirar. Muchas personas también tienen dificultades para concentrarse o para seguir una conversación.

También vemos algo que va incluso más allá de todos estos síntomas  y que muchos de ellos expresan diciendo “no tengo derechos, no existo como ser humano”. Estas personas han visto herida su dignidad como seres humanos. Muchos todavía no se sienten a salvo y no tienen todas sus necesidades básicas cubiertas. Tienen mucha incertidumbre, no saben cuándo volverán a Etiopía, cómo será la vida a su vuelta o cómo llegarán a su localidad de origen desde la capital.

La situación de las personas que han sido víctimas de violencia sexual, es especialmente difícil. Al trauma de la vejación o la violación  en sí misma se añade, en el caso de las mujeres, embarazos no deseados, vergüenza, estigma y/o el rechazo familiar a su regreso a casa.

También hemos visto alguna persona con trastorno psicótico o depresión severa que hemos referido al hospital psiquiátrico de Saná. 

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cómo atiende MSF a estas personas?

Centramos nuestra intervención en actividades grupales. El grupo, la comunidad en general, es tradicionalmente un factor de resiliencia importante. El objetivo es restablecer la sensación de control, en la medida de lo posible, sobre el entorno pero también sobre su cuerpo y emociones. Intentamos devolverles su sentido de la dignidad, su capacidad para crear relaciones de confianza. En el momento en que se sienten en confianza pueden empezar a hablar sobre las consecuencias de las experiencias vividas e iniciar un proceso “de duelo” por todo lo que han perdido: tiempo, dinero, salud, amigos, esperanza en el futuro…

Parte de las actividades grupales son psicoeducativas. En ellas, les explicamos los síntomas que pueden experimentar después de las experiencias vividas y les informamos de que probablemente los síntomas irán disminuyendo con el tiempo. También hay grupos de discusión  donde las personas pueden expresar sus preocupaciones y compartirlas con el grupo.

Después de estas sesiones, organizamos otras con grupos más pequeños donde podemos hacer más asesoramiento psicológico y profundizar más en los síntomas. También les invitamos a sesiones individuales, en las que podemos focalizarnos mucho más en la especificad de cada persona.

Debido a la incerteza del momento de la repatriación, son intervenciones muy cortas (muchas veces una o dos sesiones), en las que intentamos aliviar el sufrimiento más agudo de la persona y movilizar sus recursos de afrontamiento de cara al futuro. Pero a pesar de la brevedad hemos apreciado un impacto positivo de nuestra intervención al permitir que la persona pueda expresar libremente su sufrimiento, sin miedo a ser juzgada.


 

 


Por José Antonio Bastos. Presidente de Médicos Sin Fronteras España

Muchos de ellos viven a la intemperie en los bosques de Nador y Oujda, en frágiles chozas hechas de plásticos. La ilegalidad en la que se encuentran les impide buscar trabajo si no es clandestino, mal pagado, y con frecuencia una estafa. La mayoría no tiene otro recurso que la mendicidad y conformarse con las basuras para comer. Temen, por agresivas, las redadas policiales y las deportaciones a Argelia. Las niñas y mujeres migrantes corren el riesgo de abusos sexuales. Su objetivo es conseguir llegar a Europa, a través del mar en un viaje temerario en botes de plástico de juguete, en zodiacs y pateras; o por tierra, tras sortear la valla que separa Nador de Melilla, donde son repelidos de forma violenta por las fuerzas de seguridad.

Este es el día a día de los cientos de migrantes subsaharianos que, en su esfuerzo por huir de la miseria, acaban atrapados en Marruecos, la frontera en la que colisionan las políticas migratorias con las legislaciones sobre derechos humanos que han refrendado, y dicen defender, Marruecos, España y la Unión Europea.

© Anna Surinyach

 

Nada excepcionalmente nuevo, nada que no supiéramos, pero algo que con frecuencia pretendemos no ver, sobre todo desde el lado europeo del Estrecho de Gibraltar. El informe Atrapados en Marruecos, que Médicos Sin Fronteras ha presentado este miércoles en Madrid y Rabat es, de hecho, un reconocimiento de que pese a las denuncias de las organizaciones que trabajamos en la zona (la propia MSF publicó dos informes en 2005 y 2010), lamentablemente la situación no ha cambiado en los últimos años.

Es más, en el informe se destaca que, fruto del endurecimiento de los controles fronterizos y los acuerdos bilaterales para luchar contra narcotráfico, migración ilegal, tráfico de armas y otros delitos transfronterizos, Marruecos ha dejado de ser un país de tránsito para ser un destino forzoso: un alto en el camino cada vez más prolongado que aumenta la vulnerabilidad de los migrantes, expuestos a violencia cotidiana, pésimas condiciones de vida, marginación y explotación.

Esta vulnerabilidad tiene consecuencias sobre la salud de los migrantes. De las 10.500 consultas médicas que nuestros equipos han atendido en Marruecos entre 2010 y 2012, casi la mitad guardan relación con las condiciones de vida deficientes a las que son obligados: infecciones en vías respiratorias, problemas osteomusculares, cutáneos o gastrointestinales. Patologías que vienen acompañadas de ansiedad, depresión o problemas psicosomáticos.

El informe también recoge, cómo no, la violencia ejercida contra los migrantes por parte de las fuerzas de seguridad, y que este pasado año ha ocupado de nuevo lamentables titulares de periódicos y espacios en los informativos. Según han comprobado nuestros equipos, las redadas violentas (en las que la policía quema las pertenencias de los migrantes) y las detenciones y deportaciones a Argelia (en las que se incluyen grupos vulnerables como embarazadas, menores o heridos) se han incrementado desde diciembre de 2011.

Nuestra lectura es que esta presión tiene mucho que ver con los intentos desesperados por parte de grandes grupos de migrantes de saltar la valla de Melilla, repelidos de forma violenta por las fuerzas de seguridad: sólo en 2012 asistimos a 1.100 personas por heridas asociadas a la violencia. Violencia directa, por agresiones; o indirecta, por lesiones sufridas al huir de las redadas o en el intento infructuoso de sortear la valla.

La violencia, empero, no es únicamente la ejercida por parte de las fuerzas de seguridad. Las redes de tráfico humano y de trata usan con frecuencia métodos violentos contra los migrantes que están a su merced, a sabiendas de la imposibilidad de que recurran a la policía marroquí para ser denunciados. De gran preocupación es la situación de mujeres y niñas, y los niveles de violencia sexual a las que son sometidas; también los varones, aunque en menor medida. Es, por supuesto, muy difícil cuantificar estos niveles, pero los datos de los equipos de MSF son reveladores: casi 700 víctimas atendidas en tres años.

Ante un panorama escasamente cambiante y desolador, el informe sí recoge el avance conseguido en Marruecos en la mejora del acceso a la salud para la población migrante, especialmente en las grandes ciudades y en Oujda. Este acceso debe hacerse extensivo a Nador, por ejemplo, donde los migrantes, por miedo a ser detenidos, no acuden de forma voluntaria a los centros médicos. Esta mejora en el acceso a las estructuras de salud ha significado una reducción de las actividades médicas directas de MSF en el país alauí.

Esperamos que este informe sirva a las administraciones involucradas para tomar nota y actuar en consecuencia. MSF, en todo caso, cesa sus operaciones en Marruecos. Pensamos que el problema primordial de los migrantes no es el del acceso a la salud, sino el desprecio flagrante de sus derechos fundamentales como seres humanos. La lucha por la protección y el respeto a los derechos humanos universales es un ámbito que, aunque esté completamente alineado con el respeto al ser humano que inspira la existencia y acción de Médicos Sin Fronteras, queda fuera de las habilidades institucionales y del trabajo de MSF como organización médico-humanitaria.

Creemos firmemente que debe ser mayor el número de organizaciones sociales y agencias de las Naciones Unidas que se impliquen de forma más contundente en Marruecos para asegurar que ya nadie más, en unos cuantos años, se vea obligado a presentar un informe en el que nada o casi nada haya cambiado.


Tras haber atendido 95 casos de agresiones sexuales el pasado mes de diciembre en el campo de desplazados de Mugunga III, MSF condena la falta de implicación de las organizaciones de protección de la población civil y las insuficientes condiciones de seguridad existentes en los campos de desplazados situados en la ciudad de Goma, República Democrática del Congo.

Centro de salud del campo de Mugunga I en Goma, RDC © Sven Torfinn

Los 95 casos de violencia sexual fueron registrados y atendidos por los equipos de MSF sólo entre el tres de diciembre y el cinco de enero de 2013, en el campo de Mugunga III, a escasos kilómetros de Goma. A finales de diciembre, los equipos han sido testigos de un aumento de la admisión de pacientes por traumatismos directamente relacionados con estos actos de violencia, con una media de seis consultas diarias.

Las condiciones de seguridad en los campos, pese a la vulnerabilidad flagrante de las poblaciones y sus condiciones de vida precarias, no está convenientemente cubierta: “la falta de seguridad en los campos y pueblos de los alrededores es alarmante. Las autoridades competentes en la materia y los líderes de los diferentes grupos armados dicen defender a la población civil. Es su deber asumir esta responsabilidad para asegurar la protección de los más vulnerables”, denuncia Thierry Goffeau, jefe de misión de MSF en Goma.

La reforzada presencia de militares y de grupos armados en las proximidades de los campos de desplazados ha creado una situación crónica de inseguridad en la que las violaciones son moneda corriente. “Todas las partes en el conflicto deben ser sensibles respecto al problema de las violaciones. La práctica se banaliza por la frecuencia de estos actos y por la impunidad de la que disfrutan los agresores, apenas castigados. Las víctimas no osan denunciarlos, además, por miedo a represalias”, informa Goffeau.

Violación o muerte
“Salí a buscar comida. Dos hombres armados en uniforme aparecieron y me dijeron que eligiera: o la muerte o mantener relaciones sexuales con ellos” explica una desplazada. Los testimonios son todos parecidos, con circunstancias similares: las mujeres son agredidas en la periferia de los campos o de las poblaciones vecinas cuando se dirigen a la búsqueda de leña o de comida.

Otros casos frecuentes son los de las agresiones en el interior del propio campo de desplazados. Las chabolas de madera y de plástico no son protección suficiente para un agresor. “La violencia está omnipresente: es una violencia generalizada del poder, la ley del más fuerte, la ley del que está armado”, dice Marie Jacob, psicóloga de MSF.


Tras los combates entre fuerzas rebeldes y gubernamentales de noviembre pasado, más de cien mil personas han encontrado refugio en los campos de desplazados de la periferia de Goma (capital de Kivu Norte, región de la República Democrática del Congo). MSF está presente en los campos de Mugunga III desde noviembre y ofrece asistencia primaria, traslados de las urgencias médicas y atiende a víctimas de violencia sexual. MSF trabaja asimismo en los campos de Lac Vert, Mugunga I y Bulencia, donde los equipos ofrecen asistencia primaria y tratamiento contra la desnutrición y vacunaciones y construyen duchas y letrinas.