MÉDICOS SIN FRONTERAS

El pasado día 20 de marzo se cumplía un año del pacto migratorio firmado entre la Unión Europea y Turquía. Un acuerdo cuyo objetivo era, y continúa siendo, detener la llegada de solicitantes de asilo y migrantes desde Turquía a Europa, ofreciéndoles, supuestamente, “una alternativa a arriesgar sus vidas”. Desde Médicos Sin Fronteras denunciamos estas nocivas políticas de disuasión y los continuos intentos de alejar a la gente y su sufrimiento de las costas europeas.

La entrada en vigor de este pacto y el cierre de la ruta de los Balcanes, hace también un año, supusieron un nuevo paradigma en el enfoque de la UE para los flujos migratorios mixtos. Lejos de ser una historia de éxito, esta política migratoria europea se traduce en miles de refugiados, solicitantes de asilo y migrantes que pagan con su salud esta pésima gestión. Y es que, como consecuencia de esta gestión, miles de personas se ven obligadas a tener que realizar su camino hacia las costas europeas de la mano de mafias y traficantes. En Grecia y los Balcanes, hombres, mujeres, niños y niñas están atrapados en zonas inseguras de las que no pueden huir.

En este vídeo, nuestra compañera Caitlin explica de forma gráfica cómo funciona este acuerdo.

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Los sirios se han convertido en la primera comunidad de llegada a Grecia. Último capítulo de la serie Éxodo Sirio.

Lawand Deek dejó Siria y ha llegado a Atenas © Anna Surinyach/MSF

La huida empieza así.

“Eran las cinco de la mañana. Mi hermana preparó un desayuno delicioso. Nos subimos al coche y nos fuimos a la frontera de Siria con Turquía”.

Lawand Deek, un joven sirio de 21 años, relata su éxodo en un diario que cada vez tiene más páginas. Ya de pequeño quería ir a Canadá para estudiar, pero no le concedieron el visado y se tuvo que conformar con estudiar un tiempo en Damasco. Aprendió inglés. Después de que se desatara la guerra civil, tuvo que huir de su tierra, la provincia de Ar-Raqa, a causa de los combates. Tardó poco en salir del país, pero tenía claro que no quería quedarse en un campo de refugiados.

“Crucé la frontera turca y pasé por muchas ciudades, hasta que llegamos a Estambul”, relata. Lawand contactó con un traficante para intentar entrar en la Unión Europea (UE). Se trasladó junto a un grupo de 25 sirios a la ciudad costera turca de Izmir. Desde allí, se subieron a una patera y cruzaron el mar para llegar a la isla griega de Lesbos. “Lo habíamos intentado cuatro veces. Esta es la primera vez que lo conseguimos. Había dos niños con nosotros. Yo tenía un poco de miedo porque era de noche y la embarcación era pequeña. Era muy peligroso”, recuerda Lawand. Los guardacostas griegos divisaron la patera y ayudaron a los migrantes a llegar a la costa. No siempre ha sido así: siete sirios murieron ahogados a mediados de marzo cuando intentaban alcanzar Lesbos.

Los sirios ya constituyen la primera comunidad de llegada a las islas del Egeo, puerta de entrada a Grecia y por lo tanto a la UE. “Desde 2004, la mayoría de migrantes que llegaban aquí eran afganos, pero ahora, por primera vez, hay más sirios que cualquier otra nacionalidad”, expone Ioanna Kotsioni, experta de migración de MSF. En 2012, casi 8.000 sirios llegaron a Grecia de forma ilegal. En los cuatro primeros meses de este año, la cifra asciende a 1.709. Los migrantes y refugiados solían viajar a través de la frontera terrestre de Evros, pero en verano de 2012 las autoridades griegas desplegaron a unos 2.000 agentes, construyeron una valla y tomaron medidas para frenar la migración, así que el flujo se trasladó a las islas. El año pasado, MSF lanzó intervenciones humanitarias en ambos lugares para asistir a estos migrantes, algunos de ellos detenidos durante meses. Entre ellos había 1.500 sirios.

La legislación griega permite mantener en cautiverio a los migrantes indocumentados hasta un máximo de 18 meses, pero desde abril los sirios están exentos de detención a su llegada. Lawand y sus acompañantes se quedaron una noche en el puerto de Lesbos bajo custodia de los guardacostas y otra noche en comisaría. La policía les entregó un documento que les permite quedarse en Grecia durante seis meses: tras este periodo, deben abandonar el país o pueden ser deportados si no renuevan sus papeles. También en esto los sirios son una excepción, porque el resto de migrantes tan solo disponen de un mes para permanecer en suelo heleno.

Lawand ya tiene ese papel y compra su billete de barco a Atenas. Esta vez no espera sorpresas marítimas. “No tengo palabras para explicar esta sensación. Me siento libre y muy contento de estar fuera de Siria”, sonríe el joven. El buque atraca en Atenas bajo la luz matinal. Embelesado, Lawand pisa tierra junto a sus compañeros de odisea. El recibimiento que le ofrece la capital griega son dos agentes que le cogen del brazo. La agencia de la UE que vigila las fronteras de los estados miembros (Frontex) lo retuvo durante varias horas para interrogarle. “Sabían que hablaba inglés. Me preguntaron de dónde era, cómo había llegado, quién me ayudó. Les dije todo lo que sabía y me dejaron en libertad”, cuenta Lawand una vez establecido en Atenas.

Estas no son las únicas dificultades a las que se enfrentan tanto los migrantes sirios como los de otras procedencias. “La mayoría han pagado todo su dinero a los traficantes y aquí no reciben ninguna ayuda del Gobierno”, denuncia Kotsioni, la especialista de migración de MSF. Acogerse al asilo tampoco es una solución: de las 250 solicitudes presentadas por sirios en 2012, tan solo 150 fueron examinadas y dos fueron aceptadas. “Eso quiere decir que gente que en teoría debería de estar protegida no recibe prácticamente ninguna ayuda”, lamenta Kotsioni. Muchos de los refugiados vienen de países en guerra como Afganistán, Irak o Siria y al llegar no solo no se encuentran un cálido recibimiento, sino que en ocasiones pueden ser víctimas de ataques racistas.

Para muchos, la capital helena tan solo es un lugar de paso. “No esperaba que Atenas fuera así. Imaginaba que sería como Europa, como las ciudades británicas, alemanas…”, comenta Lawand, que hasta hace poco no había salido nunca de Siria. Ha pasado un día desde que llegó a Atenas y fue sometido a un interrogatorio y se le nota cansado. Antes hablaba de Canadá, del Reino Unido, de estudiar. Ahora dice que quizá se quede un tiempo trabajando en la capital griega.

Seis semanas después, Lawand confirma a través de un mensaje de Facebook que está haciendo sus últimos preparativos: “Estoy esperando el visado para irme directamente a Canadá”.


Segundo reportaje de MSF para seguir la ruta de los refugiados sirios desde la provincia de Alepo hasta Grecia: Los sirios que se refugian en el sur de Turquía arrastran las heridas físicas y emocionales del conflicto.

Familia siria que vive en un garaje en Kilis, Turquía. © Anna Surinyach / MSF

Ahmed Beidun muestra un parte médico. Es el documento que acredita la gravedad de sus heridas y que le sirvió para abandonar Siria y ser admitido en Turquía. Al conocer su situación, un vecino se compadeció y le ofreció un garaje para alojarse de forma provisional. “Los turcos se han portado muy bien con nosotros”, agradece Ahmed, enfundado en una chaqueta deportiva. “El problema es que no tengo pie. No puedo trabajar”, lamenta mientras su hijo le hace carantoñas.

Un ataque aéreo en la ciudad de Alepo, la principal del norte de Siria, cambió la vida de Ahmed. “Cayeron tres misiles –recuerda–. Mis primos me llevaron al principal hospital de Alepo, pero estaba saturado. Tenía miedo a represalias si iba a un hospital público, porque soy de un pueblo que estaba controlado por los rebeldes. Al final, fui a un hospital privado y allí me amputaron un pie”. Tras la operación, Ahmed convenció a su familia para huir del país y refugiarse en Kilis, en el sur de Turquía.

Esterillas, mantas y platos se amontonan en el garaje. Una cuerda con ropa tendida separa el área común de la cocina improvisada, donde yacen recipientes de plástico y un hornillo. A la espera de entrar en un campo de refugiados, esta es la lúgubre vivienda que ha encontrado Ahmed en Kilis, el primer lugar de paso para muchos de los sirios que huyen de la guerra hacia el norte. Ahmed vive con su familia y la de dos de sus primos: en total, dieciséis personas se hacinan en una cochera de apenas cincuenta metros cuadrados.

Ya son más de 380.000 los sirios que se han refugiado en Turquía. La mayor parte de ellos (más de 350.000) están registrados y tienen derecho a vivir en campos de refugiados habilitados por la Media Luna Roja de Turquía. Los demás esperan ser admitidos pronto o han decidido no registrarse porque prefieren tener libertad para trasladarse a otros lugares de Turquía. “Mucha gente cruza la frontera de forma ilegal. Vienen con muy poco dinero. Para ellos es difícil encontrar un lugar donde vivir si no están en los campos. La atención médica es una necesidad apremiante”, resume Alison Criado-Pérez, enfermera de una clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kilis visitada por muchos refugiados que sobreviven fuera de los campos.

En esta clínica abundan las historias de pacientes que han llegado a Turquía sin documentación porque su pasaporte ha caducado o se ha extraviado. “Es muy peligroso. Corres el riesgo de que te disparen”, explica una joven siria que ha cruzado en varias ocasiones los olivares que pueblan la frontera. Sea cual sea su situación económica, los refugiados asisten al derrumbamiento de sus vidas pretéritas y afrontan con incertidumbre el futuro. “El negocio iba muy bien”, evoca un sirio que regentaba una tienda de muebles en Alepo aplastada por un tanque.  “Echo de menos la vida antes de la guerra”, abunda mientras espera a que su esposa salga de una consulta ginecológica de MSF. La vida cotidiana de este refugiado ha dado un giro radical: antes del inicio del conflicto, viajaba a Estambul o Atenas en busca de inspiración para el diseño de minibares y decoración de dormitorios; ahora, no tiene trabajo. La guerra siria también ha golpeado a las familias con más recursos.

Cruzar la frontera no es el fin del dolor para estos sirios, sino el inicio de un duro proceso de recuperación emocional, sobre todo para los que han sufrido heridas severas o han dejado familiares atrás. Entre los refugiados hay una mayoría de mujeres y niños, un detalle que habla de la cantidad de familias divididas que anhelan el fin de la violencia para recomenzar sus vidas. Necesitan tanto atención médica como psicológica. Sonya Mounir, que supervisa a un equipo de psicólogos de MSF en Kilis centrado en los refugiados sirios, cree que el futuro constituye el principal estímulo para todos. “Nuestro objetivo es que aprendan a lidiar con su nueva situación, que tengan algo de esperanza, que tengan ideas y sueños”, resume.

Ahmed tiene esta tarea por delante: debe amoldarse a una vida lejos de su tierra y después de haber sufrido un bombardeo. Pronto cambiará el garaje por un campo de refugiados en condiciones dignas, pero sus muletas, apoyadas en la pared, invocan el episodio traumático que aún no ha superado. “Quiero un pie ortopédico”, dice una y otra vez. Cabizbajo, Ahmed no sabe cómo contestar a la pregunta de qué le gustaría hacer en el futuro: “Antes jugaba con mi hijo, ahora no puedo”.


“¿Vais a ir a Alepo? No vayáis a Alepo, es muy peligroso”.

La amonestación es de un hombre que sale de una mezquita en el norte sirio, cerca de la frontera con Turquía. Es el templo islámico de referencia para un campo de desplazados en el que hace unos meses tan solo había 4.000 personas, pero que ahora acoge a unas 10.000. La mayoría viven en tiendas de campaña, pero Husein Alwawi y su familia se alojan en la mezquita.

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El número de refugiados registrados en el campo de Domeez, situado en el Kurdistán iraquí, sigue creciendo. Entre 700 y 1.000 personas se registran cada día, pero la atención en el campo es insuficiente para lidiar con las acuciantes necesidades de los refugiados.


Al menos veinte personas murieron y 99 resultaron heridas el día 13 de enero en un ataque aéreo contra un mercado en la ciudad norteña siria de Azaz. Veinte de los heridos, todos ellos civiles, fueron tratados en un hospital de MSF.

Siria: al menos 20 muertos y 99 heridos en un bombardeo

El ataque contra el mercado de Azaz, cerca de la frontera con Turquía, fue particularmente devastador porque llegó tan solo dos semanas después de que otros bombardeos golpearan a los centros sanitarios de la ciudad, lo cual debilitó la capacidad de respuesta del personal sanitario ante una emergencia como la de Azaz.

Los heridos fueron trasladados a instalaciones médicas de la zona, incluido un hospital de campaña de MSF en la provincia de Alepo. Cinco personas perdieron la vida antes de llegar a este hospital, pero el personal médico de la organización humanitaria sí pudo atender a 20 heridos, entre ellos cinco niños.

“Los coches y las ambulancias no paraban de llegar y los pacientes llenaron el hospital”, explica una enfermera de MSF en Siria, Adriana Ferracin, quien añade: “Recibimos muchos pacientes con heridas en la cabeza, amputaciones y oídos y ojos ensangrentados”.

Otras quince personas llegaron sin vida a los demás hospitales de la zona, incluido uno en Kilis, en la frontera turca. En total, 79 personas recibieron tratamiento médico en estos centros.

La ciudad de Azaz, en la región de Alepo, ha sido bombardeada varias veces en los últimos meses. En diciembre, aviones de combates bombardearon un hospital público, lo cual debilitó la capacidad de los servicios médicos en la zona e hizo que mucha gente evitara acudir a los centros médicos por miedo a sufrir ataques aéreos.

“Incluso después de los ataques contra centros médicos en la provincia de Alepo, el personal médico siguió ofreciendo ayuda a los pacientes y está haciendo lo posible por ayudar a la población”, cuenta Shinjiro Murata, coordinador de MSF en Siria.

El hospital de campaña de MSF en la provincia de Alepo (uno de los tres que tiene la organización en Siria) ofrece atención de urgencias, obstétrica y primaria. Está centrado en las embarazadas, los niños y los más vulnerables. En el último mes se practicaron 110 intervenciones quirúrgicas y 1.500 pacientes recibieron tratamiento. Unas 70 embarazadas dieron a luz en el hospital. MSF ha observado un incremento de varias patologías debido a la llegada del invierno y sigue preocupada por el acceso a tratamiento de personas con enfermedades crónicas.

La violencia está golpeando a una población ya de por sí vulnerable y que tiene problemas para recibir atención médica y abastecerse con comida. Los desorbitados precios de bienes básicos como el pan, la madera o la ropa están empeorando las condiciones de vida de los civiles. Mucha gente prefiere no acudir a los hospitales por miedo a bombardeos y busca atención médica en instalaciones clandestinas.

El personal de MSF también ha sido testigo de las consecuencias de la violencia en la vecina provincia de Idlib
. Un equipo visitó recientemente una ciudad de esta región que fue bombardeada varias veces durante los últimos meses. El único centro médico que funciona en esta localidad es una clínica que funciona de forma secreta con población de la zona y algunos trabajadores sanitarios sirios.

 

MSF trabaja en tres hospitales en el norte de Siria, en áreas controladas por los grupos de la oposición armada. Los equipos médicos de MSF ofrecen atención quirúrgica y materno-infantil y llevan a cabo consultas regulares. Entre junio de 2012 y enero de 2013, los equipos de MSF efectuaron 10.000 consultas y unas 900 intervenciones quirúrgicas. MSF también da apoyo médico y quirúrgico a los refugiados sirios en Jordania, Líbano e Irak.