MÉDICOS SIN FRONTERAS

El pasado 8 de marzo se celebró el Día Mundial De La Mujer. Una fecha que conmemora la lucha de las mujeres por tener las mismas oportunidades y trato que los hombres. Sin embargo, a día de hoy, millones de mujeres siguen luchando por esos derechos que aún no se cumplen. Desde Médicos Sin Fronteras trabajamos para dar apoyo y asistencia a aquellas que más lo necesitan.

Uno de los derechos más básicos del ser humano es el de acceso a la salud, pero todavía hay mujeres que no pueden disfrutar de él. Según datos de la Organización Mundial de Salud (OMS), cada día mueren casi 830 mujeres por causas prevenibles relacionadas con el embarazo y el parto. El 99% de esta mortalidad materna corresponde a los países en desarrollo.  Afganistán es uno de los países más peligrosos para dar a luz. De acuerdo con los datos de la OMS, cada año mueren alrededor de 4.300 mujeres por estas causas, cifra alarmante si se compara con las 19 que fallecen en Australia.

Una cuarta parte de los partos que asisten los equipos de MSF en todo el mundo, tienen lugar en Afganistán. La ginecóloga Sévérine Caluwaerts ha trabajado durante siete años en el hospital de maternidad de la provincia rural de Jost, al sureste de Afganistán. Cada día tiene que hacer frente a situaciones en las que los derechos de la mujer son vulnerados.

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El conflicto entre las fuerzas gubernamentales y las milicias Mai-Mai en la provincia de Katanga de la República Democrática del Congo ha ocasionado el desplazamiento de miles de personas, forzadas a huir de sus casas. Cientos de ellos han buscado refugio en el hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Shamwana.

La dra. Susanna Ericsson, en RDC, febrero de 2013. © MSF

Después de unas semanas en las que alrededor de 500 personas se refugiaron en el recinto del hospital, éstas accedieron a salir del centro ante el peligro de que el hacinamiento y la falta de higiene suficiente supusieran la eclosión de brotes de enfermedades infecciosas.

“Esta gente está aterrorizada”, dice el doctor Thomas Mollet, en Shamwana. “Estamos rodeados por pueblos abandonados  y hemos visto un descenso de pacientes.  La gente ha huido y no se atreve a trasladarse para buscar atención médica. Tienen demasiado miedo”.

Las actividades comunitarias en las áreas periféricas al hospital también se han visto afectadas por el conflicto.  El personal sanitario congoleño empleado por MSF ha tenido que dejar sus lugares en los centros de salud y se ha visto obligado a huir con el resto de la población y a refugiarse en los bosques. Los centros de salud de Monga y Kishale han sido saqueados, y hasta los paneles solares instalados en los techos han desaparecido. Los equipos hacen todo lo posible para llevar medicinas a los centros de salud que quedan abiertos en la zona.

Algunos de los pacientes que necesitaban ingreso urgente no han conseguido llegar al hospital. Las consecuencias médicas son extremas: la semana pasada, por ejemplo, un niño murió de malaria porque la carretera estaba bloqueada por hombres armados, lo que retrasó su llegada al hospital.

“Estamos viendo pacientes que llegan demasiado tarde, a menudo cuando están a punto de morir, necesitados de cuidado de emergencia”, dice Mollet, que ejemplifica: “uno de nuestros primeros casos fue una mujer embarazada que había estado de parto durante cuatro días. Tenía demasiado miedo para viajar. El bebé murió antes de que fuera ingresada en el hospital. Al menos, pudimos salvar la vida de la madre”.

La mujer procedía de Kilenge, una minúscula población sin ningún tipo de estructura médica.  El centro de salud más cercano está a 25 kilómetros, en Kafumbe, pero lleva tiempo cerrado porque es demasiado inseguro debido al conflicto, pero también debido a la crónica carencia de personal médico en la región.

Con 23 años, la mujer empezó a tener dolores abdominales. Hacía días que había cumplido los nueve meses de embarazo.  Buscó ayuda en casa de su madre donde la asistieron una comadrona tradicional y un curandero. Durante los siguientes tres días, trataron de mejorar su situación dándole a beber medicinas tradicionales de hierbas. La forzaron a hacer ejercicios que facilitaran ponerse de parto.

Al cuarto día, la familia comenzó a preocuparse seriamente:  la parturienta tenía fiebre, olía y su sufrimiento era tremendo. A las tres de la mañana, se dirigieron a Shamwana.  Tardaron 48 horas en llegar, la embarazada subida a una bicicleta y protegida por diez hombres y cuatro mujeres que la acompañaron. Las carreteras y caminos son peligrosas y la gente teme por las frecuentes emboscadas. El bebé no se pudo salvar. La madre, sí.

MSF lleva gestionando el hospital de referencia en Shamwana desde Mayo de 2006 y facilita acceso sanitario gratuito a las poblaciones de Kiambi, Mitwaba y Kilwa. Los equipos médicos tratan malaria, tuberculosis, VIH y desnutrición. También ofrecen servicios de salud reproductivos, tratamiento psicológico y cirugía de emergencia.


La escalada de violencia en el este de República Democrática del Congo (RDC) ha llegado a tal punto que el personal de salud congoleño del proyecto de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Pinga ha abandonado la zona, junto con buena parte de la población.

Centro de asistencia de MSF en Kivu Sur © Juan Carlos Tomasi / MSF

La mayoría de trabajadores de salud y personal de apoyo congoleño contratado por la organización médico-humanitaria en la ciudad de Pinga, situada a unos 80 kilómetros al noreste de Walikale, ha escapado tras el recrudecimiento de los combates entre los distintos grupos armados enfrentados en esta parte de Kivu Norte. El personal del Ministerio de Salud así lo ha hecho también, junto con alrededor de dos tercios de la población de la ciudad. Muchas de estas personas se ocultan ahora en los bosques de los alrededores, mientras sus casas han sido saqueadas y un clima de miedo se apodera de la zona. En estas condiciones, la gente ha dejado de tener acceso a servicios médicos como el tratamiento de la malaria severa o la asistencia en partos complicados, cuyas consecuencias pueden ser fatales.

“Es muy alarmante que nuestros colegas congoleños se hayan visto obligados a unirse a los miles de desplazados de la región. Nos preocupa la situación de todos los que han tenido que huir de Pinga”, declara Jan-Peter Stellema, responsable de operaciones de MSF en Congo. “Es un claro indicador de hasta qué punto se ha extendido el miedo entre la población y de su convicción de que la situación va a ir a peor. También demuestra el creciente desafío que supone ahora dar asistencia médica a los que la necesitan”.

La masiva huida sin precedentes del personal congoleño y los actuales combates en las inmediaciones de Pinga han tenido en impacto negativo sobre la prestación de atención médica urgente de MSF. En estos momentos es demasiado peligroso llegar a los centros de salud fuera de Pinga, aunque el equipo ha conseguido enviar algunos suministros médicos. Dentro de la ciudad, el personal internacional de MSF y los pocos compañeros congoleños que quedan trabajan en las instalaciones del hospital local centrándose en los casos más críticos, como urgencias obstétricas o heridos por arma de fuego. Cuando es posible, los pacientes más graves son trasladados en avioneta a Goma, la capital de Kivu Norte.

La intensificación del conflicto ha provocado una oleada de violencia en muchas zonas de esta provincia del este de RDC, provocando continuos desplazamientos de población y el aumento de las necesidades humanitarias en una región cuya situación ya es muy precaria. La multitud de grupos armados, los complejos patrones de desplazamiento y la falta de infraestructuras hacen que la prestación de asistencia médica urgente sea extremadamente difícil. Sin embargo, MSF mantiene su compromiso de asistencia en todos sus proyectos de Kivu Norte, donde ofrece atención médica gratuita a miles de personas al mes.

MSF trabaja en hospitales, centros y puestos de salud en varias localidades de Kivu Norte: Rutshuru, Masisi, Mweso, Kitchanga, Walikale, campo de Mugunga I, Kanyaruchinya y Pinga, donde también gestiona varios centros de tratamiento de cólera, clínicas móviles y realiza actividades de respuesta a emergencias.


© Julie Rémy

Candance es originaria de la República Democrática del Congo, tiene 19 años y vive en Salé, ciudad vecina a Rabat. Como tantos inmigrantes procedentes del África subsahariana, Candance se topó de bruces con la muralla que Europa tiene construida a su alrededor y agotadas sus fuerzas y recursos se quedó estancada en Marruecos, un país que no la quiere, en una etapa mas de su desesperado viaje.

Candance viene huyendo de un país en guerra y ante su imposibilidad de llegar a Europa, pidió asilo en Marruecos. Pensó que tal vez el documento como solicitante de asilo que le expidió el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), le daría alguna protección. Candance es paciente de un programa de atención a víctimas de la violencia sexual, ya que fue violada por uno de los grupos de bandidos y contrabandistas que pululan en terreno de nadie, en la frontera entre Argelia y Marruecos. Candance está embarazada de tres meses

El pasado martes 7 de septiembre, venía de mendigar en la puerta de la Mezquita de Salé. En el mes del Ramadán las limosnas suelen ser mas generosas y eso le permite pagarse la comida. Candance nos cuenta:

“ Ese día hacia las 7 de la tarde, cuando ya se había puesto el sol, vi en el camino de vuelta a casa a tres marroquíes. En realidad primero vi a uno que se acercó y me puso la mano en el culo. Yo tuve pánico después de lo que me había ocurrido, así que me giré y le di una bofetada. Fue cuando vi a los otros dos marroquíes que se acercaban.

Entonces apareció un furgón de la policía y los hombres huyeron. Los policías se acercaron e inmediatamente me pidieron los papeles, y como no acertaba a explicarme puesto que no hablo bien el francés, me empezaron a gritar y amenazar. Les mostré la fotocopia de mi documento como solicitante de asilo, el original lo dejo siempre en casa para no perderlo. La Policía me dijo que eso no servía de nada, cogieron el documento y después me metieron en el furgón.

Allí había otros 5 ó 6 subsaharianos como yo. Todos detenidos. Estuvimos dentro del coche de la policía durante algún tiempo, era como si patrullaran por la ciudad buscando más inmigrantes. No podíamos ver donde nos dirigíamos al no tener ventanillas por donde mirar. Después de bastante tiempo, quizás dos o tres horas, nos hicieron bajar. Era una comisaría de policía pero no sé de qué lugar. Nos metieron a todos en una celda y pasamos la noche. No había nada para comer ni beber.

Al día siguiente, miércoles, nos llevaron a todos en otro furgón a otro sitio. Tras varias horas de ruta en carretera llegamos a otra comisaría donde fuimos separados los hombres de las mujeres y encerrados en distintas celdas. En la mía me encontré con otras dos mujeres subsaharianas y una mujer marroquí. La Policía tomaba las huellas y una foto de cada inmigrante. Allí pasé dos días más, sin nada para comer. Pedí que con el poco dinero que tenía encima si se podía comparar alguna cosa, pero los policías me dijeron que no tenía derecho a nada. Sólo comí un poco el último día gracias a que la mujer marroquí encerrada en mi misma celda, recibió comida de su familia y la quiso compartir con las demás.

Por la ventana de la celda veía llegar varias veces ese mismo furgón de Policía con más inmigrantes subsaharianos, a quienes iban encerrando y tomando sus fotos y sus huellas. El viernes nos sacaron a todos fuera y nos metieron en un autobús, pero no era un autobús de la policía, no tenía identificación. En ese momento un policía vino a devolverme mi papel de demandante de asilo. No sé porqué me lo devolvió, ni qué había hecho con él esos días. El caso es que en aquel momento no me sirvió de nada. En el autobús estábamos unos 50 inmigrantes. Partió hacia las 4 de la tarde..Ya de noche lllegamos a un campamento militar en medio de un bosque. Nos ordenaron bajar y allí vi a un grupo de soldados y a más inmigrantes alrededor del autobús, algunos echados en el suelo. Nos ordenaron ponernos en fila, los soldados llevaban fusiles y perros. En ese momento pensé que quizás nos iban a matar a todos, pero nos ordenaron caminar. Algunos soldados iban delante, otros en mitad de la fila y algunos más atrás, vigilándonos. Caminamos en fila durante mucho tiempo. Durante la marcha una chica se cayó al suelo, tuvo como una especie de crisis. Algunos compatriotas se acercaron a ella junto con varios soldados. Ellos quedaron atrás y el resto del grupo seguimos caminando. De pronto los soldados nos dijeron, “este es el camino, seguid andando”. Enseguida todos comenzaron a correr y se hicieron dos grupos, yo no sabía cual tomar de los dos, no sabía a dónde se dirigían y como no me movía, los soldados empezaron a impacientarse: “ date prisa “, me gritaron, azuzando a los perros que llevaban.

Decidí seguir a uno de los grupos al azar. Luego supe que estábamos en tierra de nadie y volvíamos dando un largo rodeo a Marruecos. Después de tantos días sin comida y cansada de caminar ya no podía seguir adelante. Me ayudaron a llegar a un lugar que llamaron “el castillo” donde había otro grupo y hablaron allí con un chico congolés para que me ayudara, ya que ellos continuaban camino hacia los bosques cercanos a Nador.

Mi compatriota llamó a un taxi para que nos llevara a la ciudad de Oujda, pero al principio el taxista se resistió: “ la policía nos ha prohibido que transportemos inmigrantes ilegales”. El trató de convencerlo mostrando nuestros documentos y finalmente accedió a llevarnos a cambio de un precio mucho más elevado de lo habitual. Llegando a Oujda, el taxista nos dejó en el campus universitario donde nos encontramos con compatriotas congoleños. Desde el sábado 11 hasta el lunes 13 de septiembre, la policía destruyó todas las chabolas en las que nos refugiábamos. Por eso nos teníamos que esconder durante el día en los bosques y por la noche, tratar de dormir en el campus donde hace menos frío, siempre vigilando que la policía no viniera a detenernos.

Todo esto ha sido muy difícil. Con mi problema de violación y ahora esto de la expulsión he quedado muy afectada. He pasado mucha hambre y miedo y no termino de comprender que es lo que me ha ocurrido ni por qué.”

Candance logró contactar la semana pasada con la oficina del ACNUR, quienes tras verificar su documentación le ayudaron a regresar a Rabat donde seguirá expuesta a todo tipo de abusos en su viaje a ninguna parte.

“Médicos Sin Fronteras expresa su profunda preocupación por el deterioro de la situación médica y humanitaria de los inmigrantes subsaharianos en Marruecos, debido a la intensificación de las redadas y expulsiones masivas llevadas a cabo recientemente por las fuerzas policiales marroquíes. Cientos de migrantes, entre ellos mujeres y niños, están siendo deportados a “tierra de nadie”, en la frontera entre Marruecos y Argelia, y abandonados allí durante la noche sin comida ni agua.”


El relato que viene a continuación está extraído de la publicación “Estado Crítico” de MSF. Recoge la historia del Sr. Rukambika y su hijo Sansón, una de las víctimas de los más de 17 años del conflicto en los Kivus, en la RDC.

Rukambika y su hija Sansón (Cédric Gerbehaye/ Agencia VU/ MSF)

Mi nombre es Ngarambe Rukambika. Tengo 49 años. Tengo cuatro hijos y tres huérfanos que viven conmigo. Estos huérfanos no son mis hijos, sino los de mi hermana. Estoy aquí porque donde yo vivo están en guerra.

Estoy en el hospital de Masisi para cuidar de mi hijo. Su nombre es Sansón. Tiene 9 meses. Antes de que tuviéramos que venir, su madre lo cargaba siempre en la espalda. Hasta que un día, a causa del enorme tiroteo que se estaba produciendo, ella intentó huir. Le dieron cuando estaba dejando la casa.

Fue alcanzada por una bala y esa misma bala dio también al niño, que estaba, como siempre, en su espalda. La bala atravesó el riñón mi mujer y luego alcanzó al niño.

Fui a recoger al niño. En cuanto a mi esposa, busqué a nuestros hermanos y la enterramos. Aquel día en el pueblo, seis personas fueron asesinadas. Así que, después de eso, todo el pueblo huyó. Vine a pie. Anduve desde mi casa porque aquí no hay carreteras por las cuales puedan circular los coches. Tuve que subir colina tras colina con mi hijo en brazos. Anduve durante dos días. En el camino, me dijeron que tenía que darme prisa en traer al niño hasta el hospital porque sino moriría.

Aquí, me paso el día sentado junto a mi hijo. Antes tenía una buena vida. Era incluso profesor: un catequista. Teníamos una vida buena como granjeros. No nos metíamos en temas de política o en asuntos relacionados con la guerra. La guerra nos encontró en esa situación. En resumidas cuentas, tenía un hogar feliz. Ahaha, mi esposa, ¡cultivaba judías, maíz, sorgo y casi de todo! Ya sabe, ¡aquí cultivamos todo tipo de plantas!

El niño está siendo bien cuidado. Pronto estará bien. Pero el problema que tengo es que cuando esté curado, tendré que llevarle de vuelta allí donde la guerra todavía sigue. Es muy duro volver porque la guerra continúa.