MÉDICOS SIN FRONTERAS

El pasado viernes 3 de febrero los jefes de Estado de la UE se reunieron en Malta bajo el marco de una cumbre sobre gestión migratoria. Ese mismo día, Libia e Italia firmaban un acuerdo para bloquear la ruta de migrantes hasta la costa europea a través del Mediterráneo. Desde Médicos Sin Fronteras denunciamos, una vez más, el enfoque inhumano de las políticas europeas.

Mientras los líderes de la UE celebraban un encuentro para discutir sobre la gestión de la migración y el cierre de la ruta de Libia a Italia a través de la intensificación de la cooperación con las autoridades libias, los derechos humanos de miles de personas estaban siendo vulnerados por completo. Lo son cada día.

Desde julio de 2016, los trabajadores de MSF ofrecen atención médica a migrantes, refugiados y solicitantes de asilo detenidos en Trípoli y sus cercanías. Estas personas son detenidas arbitrariamente en condiciones inhumanas e insalubres, a menudo sin suficiente comida ni agua potable y con una manifiesta falta de acceso a la atención médica. Es por ello que, cerrar la ruta a Italia y retener a la gente en Libia es una burla a la dignidad humana. Las personas allí atrapadas sufren violencia, abusos y viven en condiciones inhumanas.

©MSF

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El pasado viernes, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que veta la llegada de refugiados a EE. UU. Este decreto supone el cierre de puertas a inmigrantes procedentes de Siria, Irán, Sudán, Libia, Somalia, Yemen e Irak durante 90 días, y de refugiados de todo el mundo. Desde MSF pedimos la reanudación de la acogida de refugiados por parte del Gobierno estadounidense.

“Cerrar las puertas a los Estados Unidos, que ha examinado estrictamente las solicitudes de los refugiados durante años, constituye un ataque a una noción básica aceptada como es que las personas deben poder huir para poner a salvo sus vidas”, explica Jason Cone, director de MSF en EE. UU.

Familia de Alepo (Siria), en Grecia, cerca de la frontera con Macedonia. © Rorandelli Rocco / Terraproject

Este decreto conlleva fatales consecuencias para los millones de refugiados que han tenido que huir de sus casas, de países en situaciones de guerra y conflicto continuos. Siria, Irak, Afganistán, Yemen, Sudán del Sur o la República Democrática del Congo son solo algunos de los países afectados. La firma de esta orden significa poner en riesgo directo la vida de estas personas que van a quedar atrapadas en zonas de guerra.

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Mujeres refugiadas y sin recursos, madres que han tenido que abandonar sus hogares a causa de la guerra y que lo han perdido todo. Pacientes y miembros del equipo de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Peshawar y Hangu hablan del desafío que supone el dar a luz en Pakistán, país que cuenta con una de las tasas de mortalidad materna más altas del mundo.

La doctora Nageen Naseer examina a un recién nacido © MSF

“Soy ginecólogo en el hospital de mujeres que ha construido MSF en Peshawar. Estamos especializados en atención obstétrica de urgencias y ofrecemos a las mujeres más vulnerables un lugar seguro en el que dar a luz a su bebé”, dice el Dr. Kanako. El Hospital de Mujeres abrió sus puertas en 2011 en esta ciudad de 3 millones de habitantes, capital de la provincia de Jaiber Pastunjuá. “La región no es precisamente un desierto en lo que a médicos se refiere. Y sin embargo, aunque se supone que clínicas, hospitales, farmacias y profesionales deben cubrir las necesidades médicas de toda la población, el día a día nos demuestra una realidad bien diferente, ya que son muchas las mujeres que carecen de asistencia materna”, explica Kanako.

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Médicos Sin Fronteras (MSF) está respondiendo a una nueva oleada de violencia que se ha desatado en algunas zonas de la región de Darfur en Sudán a lo largo de la frontera con Chad. Esta última semana, los equipos de MSF han tratado a 30 nuevos heridos, 13 de los cuales con heridas de bala, y los evacuó a la ciudad cercana de Abeche para cirugía de urgencia. Se trata del mayor número de heridos que MSF ha visto en los últimos dos meses.

© Diana Nicholson

En abril, MSF abrió un proyecto de emergencia en Tissi, al sudeste de Chad, para dispensar asistencia médico-humanitaria a los refugiados sudaneses y a los retornados chadianos afectados por los enfrentamientos en Darfur. La crisis humanitaria es el resultado directo del deterioro de la situación de seguridad en algunas zonas del centro de Darfur, que ha provocado el desplazamiento de unas 50.000 personas a Chad desde principios del año.

“En los últimos tres meses, MSF ha tratado a más de 80 pacientes heridos de bala. El nivel de violencia es extremadamente preocupante y nuestro equipo suele trabajar contrarreloj las 24 horas para estabilizar y referir a los pacientes con heridas de consideración,” explica Jason Mills, Jefe de Misión de MSF en Chad.

MSF está gestionando un servicio de salud en la ciudad de Tissi, donde, además de los heridos, han sido tratadas más de 3.500 personas con diarrea, infecciones respiratorias y desnutrición. Debido al inicio de la época de lluvias, al equipo también le preocupa la inminente estación de la malaria. MSF ahora está llevando a cabo unas sesiones de prevención de la malaria para residentes locales y con la ayuda de una red de promotores de salud comunitarios está monitoreando la situación sanitaria en general para la población local en la ciudad de Tissi, así como para los retornados que se han asentado en las aldeas de los alrededores.

Un segundo equipo de MSF está ahora dispensando atención primaria de salud en el campo de refugiados de Ab Gadam, a 20 kilómetros al oeste de Tissi, donde 17.000 refugiados han sido reubicados por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. A principios de agosto, MSF abrirá un departamento de hospitalización para dispensar atención secundaria de salud en el campo los dos próximos meses.

Las lluvias han hecho que las carreteras sean impracticables, lo que dificulta que los camiones cisterna puedan llegar al campo de Ab Gadam y deja a los refugiados con poca o sin agua potable. A mediados de julio la situación alcanzó un punto critico cuando la cantidad de agua disponible descendió a menos de un litro por persona y día, una cantidad muy por debajo del estándar internacional establecido de 20 litros por persona y día. El 21 de julio, el equipo de MSF puedo rehabilitar una presa cerca del campo y distribuir 200.000 litros durante los tres días siguientes, incrementando la cantidad de agua a 7 litros por persona y día a partir del 23 de julio. “MSF está haciendo considerables esfuerzos para mejorar el suministro de agua en el campo, y construir letrinas para prevenir brotes de cólera y de hepatitis-E,” declara Turid Piening, asesora de salud de MSF para Chad.

A pesar de los retos logísticos, MSF pretende seguir con su respuesta de emergencia en la zona de Tissi por lo menos hasta el final de la época de lluvias en octubre.

Historias de pacientes de Chad

Mahamat*

 

Tengo 20 años y soy de Um Dukkum en Sudán. Debido al conflicto en mi ciudad, huí con mi familia a otra ciudad llamada Maradef. Pero los enfrentamientos se propagaron a Maradef durante la última semana de julio cuando la ciudad fue atacada por un grupo de hombres armados que llegaron en pick-ups. Mi hermano y yo nos defendimos, pero durante la primera noche de enfrentamientos resulté herido. Como no pude conseguir tratamiento en el hospital local al día siguiente cruzamos la frontera hasta el puesto de salud de MSF en Um Dukum, Chad, donde el equipo sanitario de MSF me trató. Me dijeron que debido a mis heridas tenía que trasladarme al hospital de Tissi lo antes posible. MSF me dio dinero para poder alquilar una motocicleta. Tardamos mucho tiempo en llegar porque las carreteras estaban inundadas pero finalmente logramos llegar al hospital. Estoy muy agradecido a MSF por pagar por el transporte y estoy satisfecho con la atención que he recibido.

Hassan*

Tengo 25 años y antes de que el conflicto estallase en mi región vivía con mi familia en Um Dukkum, Sudán. Hace un par de meses una tribu llamada Misseriya quemó nuestra casa y robó todas nuestras pertenencias. Algunos miembros de mi familia murieron, mi hermano mayor perdió a dos hijos; mi tía perdió a un hijo y en medio de la confusión otro desapareció. A día de hoy no sabemos si el niño está vivo o muerto. Tras el ataque, nuestra familia se fue a Maradef, pero a finales de julio los Misseriya atacaron Maradef. Los hombres iban armados hasta los dientes y yo participé en los enfrentamientos. Docenas de personas murieron y muchas resultaron heridas. Fui alcanzado por una bala en la parte de arriba de la espalda. Como no estaba herido de gravedad pude cruzar la frontera y entrar en Chad a pie, pero otros heridos viajaron en caballo o carreta. Caminamos durante 10 horas antes de que un vehículo de MSF nos viese y nos recogiese. Ahora me estoy recuperando, pero cuando esté mejor seguiré defendiéndome, puesto que este conflicto me ha tocado a nivel personal.

*No son sus nombres reales


Los sirios se han convertido en la primera comunidad de llegada a Grecia. Último capítulo de la serie Éxodo Sirio.

Lawand Deek dejó Siria y ha llegado a Atenas © Anna Surinyach/MSF

La huida empieza así.

“Eran las cinco de la mañana. Mi hermana preparó un desayuno delicioso. Nos subimos al coche y nos fuimos a la frontera de Siria con Turquía”.

Lawand Deek, un joven sirio de 21 años, relata su éxodo en un diario que cada vez tiene más páginas. Ya de pequeño quería ir a Canadá para estudiar, pero no le concedieron el visado y se tuvo que conformar con estudiar un tiempo en Damasco. Aprendió inglés. Después de que se desatara la guerra civil, tuvo que huir de su tierra, la provincia de Ar-Raqa, a causa de los combates. Tardó poco en salir del país, pero tenía claro que no quería quedarse en un campo de refugiados.

“Crucé la frontera turca y pasé por muchas ciudades, hasta que llegamos a Estambul”, relata. Lawand contactó con un traficante para intentar entrar en la Unión Europea (UE). Se trasladó junto a un grupo de 25 sirios a la ciudad costera turca de Izmir. Desde allí, se subieron a una patera y cruzaron el mar para llegar a la isla griega de Lesbos. “Lo habíamos intentado cuatro veces. Esta es la primera vez que lo conseguimos. Había dos niños con nosotros. Yo tenía un poco de miedo porque era de noche y la embarcación era pequeña. Era muy peligroso”, recuerda Lawand. Los guardacostas griegos divisaron la patera y ayudaron a los migrantes a llegar a la costa. No siempre ha sido así: siete sirios murieron ahogados a mediados de marzo cuando intentaban alcanzar Lesbos.

Los sirios ya constituyen la primera comunidad de llegada a las islas del Egeo, puerta de entrada a Grecia y por lo tanto a la UE. “Desde 2004, la mayoría de migrantes que llegaban aquí eran afganos, pero ahora, por primera vez, hay más sirios que cualquier otra nacionalidad”, expone Ioanna Kotsioni, experta de migración de MSF. En 2012, casi 8.000 sirios llegaron a Grecia de forma ilegal. En los cuatro primeros meses de este año, la cifra asciende a 1.709. Los migrantes y refugiados solían viajar a través de la frontera terrestre de Evros, pero en verano de 2012 las autoridades griegas desplegaron a unos 2.000 agentes, construyeron una valla y tomaron medidas para frenar la migración, así que el flujo se trasladó a las islas. El año pasado, MSF lanzó intervenciones humanitarias en ambos lugares para asistir a estos migrantes, algunos de ellos detenidos durante meses. Entre ellos había 1.500 sirios.

La legislación griega permite mantener en cautiverio a los migrantes indocumentados hasta un máximo de 18 meses, pero desde abril los sirios están exentos de detención a su llegada. Lawand y sus acompañantes se quedaron una noche en el puerto de Lesbos bajo custodia de los guardacostas y otra noche en comisaría. La policía les entregó un documento que les permite quedarse en Grecia durante seis meses: tras este periodo, deben abandonar el país o pueden ser deportados si no renuevan sus papeles. También en esto los sirios son una excepción, porque el resto de migrantes tan solo disponen de un mes para permanecer en suelo heleno.

Lawand ya tiene ese papel y compra su billete de barco a Atenas. Esta vez no espera sorpresas marítimas. “No tengo palabras para explicar esta sensación. Me siento libre y muy contento de estar fuera de Siria”, sonríe el joven. El buque atraca en Atenas bajo la luz matinal. Embelesado, Lawand pisa tierra junto a sus compañeros de odisea. El recibimiento que le ofrece la capital griega son dos agentes que le cogen del brazo. La agencia de la UE que vigila las fronteras de los estados miembros (Frontex) lo retuvo durante varias horas para interrogarle. “Sabían que hablaba inglés. Me preguntaron de dónde era, cómo había llegado, quién me ayudó. Les dije todo lo que sabía y me dejaron en libertad”, cuenta Lawand una vez establecido en Atenas.

Estas no son las únicas dificultades a las que se enfrentan tanto los migrantes sirios como los de otras procedencias. “La mayoría han pagado todo su dinero a los traficantes y aquí no reciben ninguna ayuda del Gobierno”, denuncia Kotsioni, la especialista de migración de MSF. Acogerse al asilo tampoco es una solución: de las 250 solicitudes presentadas por sirios en 2012, tan solo 150 fueron examinadas y dos fueron aceptadas. “Eso quiere decir que gente que en teoría debería de estar protegida no recibe prácticamente ninguna ayuda”, lamenta Kotsioni. Muchos de los refugiados vienen de países en guerra como Afganistán, Irak o Siria y al llegar no solo no se encuentran un cálido recibimiento, sino que en ocasiones pueden ser víctimas de ataques racistas.

Para muchos, la capital helena tan solo es un lugar de paso. “No esperaba que Atenas fuera así. Imaginaba que sería como Europa, como las ciudades británicas, alemanas…”, comenta Lawand, que hasta hace poco no había salido nunca de Siria. Ha pasado un día desde que llegó a Atenas y fue sometido a un interrogatorio y se le nota cansado. Antes hablaba de Canadá, del Reino Unido, de estudiar. Ahora dice que quizá se quede un tiempo trabajando en la capital griega.

Seis semanas después, Lawand confirma a través de un mensaje de Facebook que está haciendo sus últimos preparativos: “Estoy esperando el visado para irme directamente a Canadá”.


Éxodo Sirio, capítulo tres: Estambul acoge a una comunidad siria que duda entre volver a su país o dar el salto a la Unión Europea.

Familia siria en Estambul © Anna Surinyach / MSF

A un lado, Yamán. Tiene doce años, es muy discreto y aficionado del Real Madrid. Tuvo que huir de Siria y ahora vive con su familia en un sótano en Estambul. Echa de menos su pueblo, Al-Kisswah, en las afueras de Damasco, y tiene claro que en cuanto acabe la guerra quiere volver a su país. De mayor, le gustaría ser matemático.

Al otro lado, su hermano Yanal, con un año menos. Le gusta llamar la atención y sus ídolos son los delanteros del Barça. Comparte litera con Yamán en la vivienda que consiguieron alquilar sus padres. Su sueño es salir de Estambul, dejar atrás Siria y residir en una capital europea. ¿Vocación? Periodista.

En una misma familia siria convive la lógica tensión entre el apego a la tierra y el deseo de un futuro mejor. “Si nos vamos, será legalmente”, tercia el padre de los chavales, Hassan Nasser. “Muchos sirios entran de forma ilegal en Europa a través de contrabandistas, pero es muy peligroso. Mi familia no puede hacer eso. Si me saliera algo, iría a Europa con los papeles en regla”, anota Hassan, que se retuerce de dolor en el sillón entre frase y frase.

Hassan participó en las primeras manifestaciones de opositores en marzo de 2011. Las fuerzas de seguridad sirias fueron a buscarlo a casa. Saltó desde el tercer piso y se lesionó la espalda. Un año después, se refugió en Turquía y aún no está claro si se deberá someter a una operación quirúrgica. “Si tuviera la posibilidad de ir a Europa para ser tratado, lo haría. Ojalá pudiera”, suspira. Pese a todo, Hassan aclara que su deseo más intenso es volver a su país una vez que se detenga el derramamiento de sangre.

Estambul acoge a miles de migrantes y refugiados de todos los orígenes. Una gran proporción de ellos ha escapado de rincones del mundo azotados por la guerra como Afganistán, Irak o la República Democrática del Congo. El último país en sumarse a esta lista es Siria. Los que han escapado de las bombas viven sobre todo en campos de refugiados situados a lo largo de la frontera turca con Siria, pero una minoría cada vez más amplia está llegando a Estambul y responde a un perfil bastante definido. “La mayoría de los sirios que hemos visto en Estambul están esperando aquí porque tienen suficientes recursos económicos para ello”, apunta Ghassan Abou Chaar, coordinador de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Estambul, quien añade: “Han sufrido episodios traumáticos debido a la guerra. Hemos comprobado que todavía tienen miedo a hablar con organizaciones internacionales o con la población turca. Están cerrados en sí mismos por miedo a que les identifiquen o a ser deportados de Estambul”.

Hassan no puede trabajar debido a su lesión. Los doctores discuten desde hace meses sobre la pertinencia de una complicada operación que afectaría a una de sus vértebras. Mientras, su colchón financiero se desinfla a en Estambul. Antes de la guerra, Hassan regentaba una tienda de ropa en su pueblo y disfrutaba de una posición económica desahogada. “Lo perdimos todo, no había clientes, no había nada. En mi región, incluso la gente que estaba en peores condiciones económicas que la media podía vivir dignamente al principio de la revolución, pero después muchos se quedaron sin recursos y las asociaciones caritativas los ayudaron”, reflexiona.

Historias como las de Hassan hablan de una clase acomodada que se está desmoronando. Otro ejemplo de ello es Kemal Zori. Regentaba un restaurante en Damasco. No sufrió de forma directa las consecuencias de la violencia, pero sus dos hijos fueron llamados a alistarse al ejército de Bashar al Assad. Toda la familia decidió escapar. “¿A quién iban a combatir?”, se pregunta Kemal, que admite echar de menos la vida antes de la guerra.

La mayor preocupación de Kemal en Damasco era la discriminación que sufría por pertenecer a la comunidad kurda. “Sentíamos que estábamos en el décimo escalón de la sociedad”, lamenta con gesto adusto. Uno de sus hermanos toca el laúd para intentar animar el ambiente. Están esperando la hora de cenar en un piso amplio del barrio de Kanarya, en las afueras de Estambul. La familia no está en una situación desesperada, pero es el símbolo de un grupo social desconcertado por el futuro. “Nos quedaremos aquí, estamos obligados –se resigna Kemal–.  La idea de Europa no está en mi cabeza”.


Más de 20.000 personas han llegado al estado sursudanés de Bahr el Ghazal del Norte en el último año tras huir de la violencia en zonas en disputa de la frontera con Sudán. Estos desplazados se hallan en campos en condiciones deplorables y están recibiendo escasa asistencia humanitaria.

Campo de desplazados sursudaneses en Bahr El Ghazal del Norte © Anna Surinyach/MSF

Los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) han lanzado una intervención para aliviar el sufrimiento de esta población olvidada, a la cual prácticamente no llega ayuda debido a que la región es remota y a la confusión en torno a si deben ser considerados desplazados, refugiados o retornados voluntarios.

Desde el inicio del proceso para convocar un referéndum en Sudán del Sur y su proclamación como país independiente justo hace dos años, mucha gente ha decidido volver al territorio donde antes vivían en Sudán del Sur debido a una mezcla de motivos sociales, económicos y de seguridad. Pero en los últimos meses, oleadas de desplazados han huido de la violencia a lo largo del río Kiir o Bahr al Arab, en una disputada zona fronteriza, y están intentando empezar una nueva vida en la región vecina sureña.

“Para MSF no importa si son retornados voluntarios, desplazados o refugiados”, explica Shaun Lummis, coordinador de MSF en el estado de Bahr el Ghazal del Norte, quien añade: “las agencias humanitarias han tenido problemas para entender qué asistencia podían ofrecer porque es difícil determinar el estatus de esta población”.

Los 20.000 desplazados casi duplican la población de acogida y están esparcidos en once pequeños campos situados en zonas aisladas. Aunque algunos de los que han escapado de la violencia se están integrando en la comunidad local, no es infrecuente que haya grupos que se han desplazado en varias ocasiones porque no hay asentamientos asignados para ellos.

“Cuando recibimos la información de que miles de desplazados estaban llegando a esta región, no había demasiada acción humanitaria para satisfacer sus necesidades. Muchos de ellos vivían bajo los árboles”, lamenta Lummis. La organización también tiene un centro de atención primaria cerca de la localidad de Pamat que trata a niños menores de cinco años y embarazadas, las secciones más vulnerables de la población.

MSF está asistiendo tanto a las comunidades de acogida como a los desplazados, pero la situación en los campos de Bahr el Ghazal del Norte, donde la temporada de lluvias está a punto de empezar, es preocupante. En uno de ellos, la mayoría de la gente no tiene techo en el que refugiarse de las lluvias y la comida y el agua potable escasean.

“En nuestro pueblo en el río Kiir podíamos cultivar todo lo que quisiéramos”, recuerda Anthilio Akon, el líder de una comunidad que ahora vive en el campo sursudanés de Ajok Wol. “Aquí tan solo sobrevivimos”.

 


MSF trabaja en la región que hoy constituye la República de Sudán del Sur desde 1983. La organización internacional, presente en seis de los diez estados de Sudán del Sur, responde a situaciones de emergencia como grandes desplazamientos, llegada de refugiados, población desnutrida y picos de enfermedades como la malaria y el kala azar, además de ofrecer atención primaria y secundaria en sus centros médicos.


Decenas de miles de refugiados y retornados en Chad, que vienen huyendo de los violentos enfrentamientos en el vecino Darfur desde principios de enero, siguen necesitando de forma desesperada agua limpia, cobijo adecuado y acceso a atención sanitaria, según Médicos Sin Fronteras (MSF).

© Max Gertler/MSF

Antes de la llegada de MSF a principios de abril, Tissi no disponía de un hospital operativo. La organización gestiona ahora un centro de salud en esa población y un puesto de salud en Um Dukkum, y organiza clínicas móviles a Gadar y Ab Gadam. Hasta la fecha, los equipos médicos han visitado a un total de 4.700 refugiados, retornados y residentes en los tres emplazamientos mencionados, y más de 200 niños desnutridos han sido tratados en los centros nutricionales ambulatorios. Desde que MSF empezó a prestar apoyo al hospital de Tissi, un 24% de todas las admisiones han sido por motivos asociados a la violencia.

“Nos sigue preocupando la situación de aquellas personas que no pueden llegar a los campos en Chad y, o bien están expuestas a una violencia constante, o carecen de acceso a la asistencia humanitaria”, afirma Tom Roth, coordinador de operaciones de MSF en Chad.

A MSF también le preocupa el deterioro de la situación de las más de 22.000 personas procedentes deChad que, huyendo de la violencia en su país de origen, han buscado refugio en Darfur, estado del vecinoSudán. Únicamente tienen acceso a una ayuda muy limitada, y la situación de estos retornados y refugiados, en su mayoría mujeres cabezas de familia con un gran número de hijos menores de cinco años y adolescentes a su cargo, es especialmente vulnerable.

MSF ha aumentado sus distribuciones de artículos de primera necesidad. Ha distribuido recientemente 2.500 kits a retornados en distintos lugares, y está trabajando en el campo de refugiados de Ab Gadam construyendo letrinas y suministrando agua en camiones cisterna. La situación en el campo sigue siendo crítica, con 10 litros de agua distribuida cada día a cada persona (lo que es la mitad de la cantidad mínima recomendada universalmente reconocida) para cubrir las necesidades más básicas.

“Ahora que la estación de lluvias está a punto de empezar, nos preocupa que el acceso insuficiente a agua limpia, a servicios de higiene y letrinas pueda causar un brote de enfermedades como el cólera”, afirma Jason Mills, Jefe de Misión de MSF en Chad. “También estamos viendo niveles cada vez mayores de desnutrición y tememos que la limitada asistencia alimentaria a los retornados pueda empeorar la situación.”

En respuesta al traslado de refugiados de Tissi a Ab Gadam, a 30 kilómetros de distancia, MSF ha dividido a su equipo para responder a las necesidades más apremiantes del campo. Además, la organización continuará en la zona, proporcionando una respuesta a la emergencia, hasta que termine la estación de lluvias, en noviembre.


Victorine, madre de cuatro niños, es uno de los desplazados que ha tenido que buscar refugio en el estadio de Sotraki, cerca de Goma, capital de la provincia de Kivu Norte en República Democrática del Congo (RDC). Dos de sus niños han sido atendidos en la clínica móvil de MSF de diarrea y desnutrición.

Victorine, en el campo del estadio de Sotraki, RDC © Amandine Colin / MSF

Sentada en el suelo, la joven habla con sus amigas, originarias como ella del pueblo de Kibate, el norte de Goma. Muy delgada, con una camiseta negra y una falda polvorienta, controla con el rabillo del ojo a sus hijos, que tienen entre dos y diez años. Como mucha gente en el estadio de Goma, Victorine, está exhausta. Muchos de los que llegan han caminado durante días y se han escondido en escuelas e iglesias para huir de los combates.

Victorine huyó con sus hijos y su marido, “escuchamos bombas, tuvimos miedo”, dice. Los proyectiles impactaban contra las casas. Uno de sus vecinos, asegura, murió por una bala perdida.

Es la tercera vez desde 2008 que Victorine y su familia se han tenido que hacer a los caminos para huir de la guerra. En noviembre, la familia no consiguió salir indemne: el marido de Victorine murió durante el caos que se desató en su pueblo. Como entonces, Victorine buscó refugio en la escuela. Esta vez. ha venido al estadio. Su pueblo está en pleno frente de batalla. Sabe que ahora estará largo tiempo refugiada antes de poder regresar a Kibati. “La vida es peligrosa y hay mucho sufrimiento”, dice la mujer, que sobrevive del cultivo de soja y judías, “pero cuando queremos ir a los campos a trabajar corremos el riesgo de que vengan los rebeldes a molestarnos”. Extorsiones y violaciones son habituales en la zona.

Ahora, en el estadio, la mayor preocupación de Victorine es obtener alimentos para sus hijos, “si tuviera dinero”, dice, “compraría comida en el mercado”. Lo único que ha traído consigo es un hatillo de ropa. Dos de los pequeños de Victorine padecen diarrea y malnutrición como consecuencia de los días que han pasado durmiendo a la intemperie sin suficiente comida. Aún ahora, en el estadio, duermen al aire libre.

Victorine se casó a los trece años y se trasladó con su marido a Goma desde Rutshuru. Viuda con 24 años y con cuatro hijos no cree que pueda volver a casarse, “un nuevo marido no querría a mis niños”, dice. Le preocupa el estado de sus campos y su casa, que pueden haber sido saqueados, o destruidos por las explosiones.

 


Más de 100.000  personas se encuentran refugiadas en diversos campos de desplazados en la periferia de Goma, en Kivu Norte, RDC. MSF trabaja en dos de los campos: Bulengo y Mugunga III. Los equipos se centran en proveer de cuidados médicos básicos y en vacunaciones para la prevención de enfermedades como el sarampión y el cólera.


Alrededor de 5.000 personas han tenido que refugiarse en el estadio Sotraki huyendo de los combates entre el grupo M23 y el ejército congoleño a finales de mayo. MSF ha puesto en marcha clínicas móviles para atender a la población en este campo “de transición”, situado a poco más de diez kilómetros de Goma, capital de Kivu Norte, en la República Democrática del Congo (RDC).

© Amandine Colin / MSF

En los campos de Bulengo y Mugunga III, los equipos de MSF trabajan en hospitales a pesar de que la situación de seguridad en la zona sigue siendo muy volátil. Las necesidades de los refugiados siguen siendo extremas.

Los 5.000 desplazados huyeron de los pueblos situados cerca de los combates que estallaron la semana del 20 de mayo. Tras pasar algunas noches en escuelas e iglesias de Goma, decidieron trasladarse al estadio Sotraki, donde la recepción de ayuda humanitaria podía gestionarse con mayor facilidad.

“Las bombas caían en las viviendas, mi casa quedó destruida, no pude rescatar nada, llevarme nada” dice Gertrude, que llegó al estadio con sus cinco hijos y diez sobrinos. Si algunos desplazados consiguieron llevarse algo consigo, la gran mayoría huyó con lo puesto. Muchos de ellos pasaron hambre durante largos días y muchos se separaron de sus familias en la huida precipitada. Para muchos de ellos tampoco fue ésta la primera vez que se veían obligados a huir de la guerra: el pasado noviembre fue la ocasión más reciente, pero también recuerdan la escapada en 2008, algunos tienen en la memoria incluso salir precipitadamente de sus casas en 1994 para huir de la violencia.

Tan pronto como los desplazados se reunieron en el estadio, MSF desplegó clínicas móviles donde se tratan a más de cien personas al día, la mayoría por diarreas e infecciones respiratorias. “Una cuarta parte de los enfermos son niños menores de cinco años, la mayor parte con diarreas”, explica Carolina López, coordinadora de emergencias. “35% de nuestros pacientes padecen afecciones respiratorias que afectan por igual a niños y adultos. Muchas de estas enfermedades se originan porque la gente ha pasado mucho tiempo a la intemperie, hacinados, rodeados de polvo y suciedad, todo eso conduce a contraer enfermedades”.

Además de estas actividades, MSF intenta prevenir que se desate un brote de cólera, “tenemos pacientes sufriendo esta enfermedad en otros campos en la periferia de Goma y es por ello que tenemos que evitar que se disemine”. MSF de hecho ha mantenido abierto un centro de tratamiento de cólera en el campo de refugiados de Buhimba durante meses.

En el campo de Bulengo, también en la periferia de Goma, capital de la región de Kivu Norte, RDC, los equipos de MSF ofrecen servicios básicos de salud, vacunaciones y atención prenatal. Las necesidades de los refugiados son extensas en el cambio, que se formó espontáneamente. Al no ser un campo oficial, recibe sólo ayuda esporádica de actores humanitarios. Desde noviembre de 2012 ha habido únicamente una distribución de productos esenciales. La seguridad es precaria, y la presencia de hombres armados en los bosques y campos aledaños al campo es fuente de preocupación constante. La gente evita salir del campo a buscar leña para cocinar y calentarse. Las mujeres temen ser violadas. Y es que, de hecho, desde diciembre de 2012 se han reportado 114 violaciones. Similares circunstancias se afrontan en el campo Mugunga III, donde los equipos médicos han sido testigos de un aumento masivo de agresiones sexuales justo después de los combates entre el M23 y el ejército. Se llegaron a tratar hasta a 28 mujeres por día.