MÉDICOS SIN FRONTERAS

La vida en la región de Diffa, al sureste de Níger, cerca de la frontera con Chad y Nigeria, se ha visto truncada por el conflicto entre Boko Haram y las fuerzas gubernamentales. Realizado con textos de Sarah Pierre y fotografías de Juan Carlos Tomasi, Médicos Sin Fronteras realiza un extenso reportaje multimedia, en el que profundiza sobre la situación actual en la zona. El siguiente artículo es un extracto del trabajo de los dos periodistas.

Desde hace más de tres años, el conflicto abierto entre Boko Haram y los ejércitos en la región del lago Chad está haciendo estragos entre la población civil. Muchos han huido de sus hogares y lo han dejado todo para buscar refugio en otras aldeas; en algunos casos, atravesando fronteras. Actualmente en esta región hay más de 240.000 desplazados y refugiados.

 

Crisis humanitaria en Diffa, Niger. © Juan Carlos Tomasi / MSF

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Los programas de quimioprevención de la malaria estacional (SMC) han mostrado resultados prometedores en la reducción de la incidencia de la malaria en la población infantil del Sahel africano.

Quimioprevención de malaria en Madaoua, Níger © Juan Carlos Tomasi

 

La implicación de las comunidades es crucial para llegar al mayor número posible de niños en las zonas más remotas. Al mismo tiempo, con el objetivo de hacer frente a las principales enfermedades que afectan a la población infantil, Médicos Sin Fronteras (MSF)  ha incluido el diagnóstico de la desnutrición y vacunación.

“El jefe de la comunidad nos informó del programa que protegía a los niños menores de 5 años contra la enfermedad del mosquito y nos animó a ir” explica una madre del área de salud de Karofane, en el Distrito de Bouza al sur de Níger, donde MSF lleva a cabo un programa de quimioprevención contra la malaria estacional (SMC en sus siglas en inglés). “El año pasado mis hijos sufrieron mucho por la malaria. Incluso uno de ellos enfermó tanto que lo hospitalizaron. Este año están bien.” MSF proporciona tratamiento preventivo a unos 735.000 niños menores de entre tres meses y cinco años en Níger, Chad y Mali entre los meses de Julio y Septiembre.

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Níger, 22 de agosto de 2013. Durante las semanas previas al comienzo de la temporada de lluvias, y mientras se preparaban para hacer frente a la más que posible llegada de la crisis alimentaria, varios equipos de Médicos Sin Fronteras han estado distribuyendo en diversas regiones de Níger cientos de miles de tratamientos para prevenir la malaria.

Mercado de Guidan Roumdji, Níger. © Tanya Bindra / MSF

Con la llegada de la temporada de lluvias, año tras año los mosquitos comienzan a reproducirse en el agua estancada, lo cual aumenta exponencialmente el riesgo de contraer la malaria. Por ello, con el fin de evitar que miles de personas lleguen a padecer la enfermedad, los equipos de MSF acaban de completar una primera ronda de quimioprevención de la malaria estacional (SMC, por sus siglas en inglés), un nuevo método preventivo que está reconocido y recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde el año pasado.

Es la primera vez que la SMC se utiliza en Níger. El tratamiento, introducido en el país por equipos de MSF que trabajan junto a los profesionales del Ministerio de Salud, está dirigido a niños de entre tres meses y cinco años, que reciben tres dosis al mes durante los cuatro meses de la estación lluviosa. Hasta el momento, más de 184.000 niños de unas 1.000 aldeas de los distritos de Magaria, Guidan Sori, Moulé, Tafo, Sabon Guida, Bouza y Madaoua han recibido las dosis iniciales. Los más de 1.850 agentes comunitarios que trabajan con los equipos internacionales de MSF visitan las aldeas de la zona, sensibilizan acerca de la importancia de protegerse de la enfermedad, distribuyen el medicamento y alientan a los padres para que se aseguren de que los niños reciban las 12 dosis necesarias.

Como ya es sabido, más de 600.000 personas mueren cada año de malaria. Sin embargo, las estimaciones más recientes de la OMS indican que en la última década el número de casos ha disminuido en un 25 por ciento, lo cual viene a decir que se han logrado evitar más de un millón de muertes, la gran mayoría entre los menores de cinco años en África subsahariana.

La mejora del acceso a las pruebas de diagnóstico rápido, así como las terapias combinadas basadas en artemisinina (ACT) han revolucionado durante los últimos años el tratamiento de la malaria en los países en desarrollo. La SMC supone un nuevo motivo de esperanza en la lucha contra esta enfermedad, pues a través de este nuevo enfoque basado en la prevención, ya se ha demostrado que el número de casos de malaria se puede llegar a reducir hasta en un 80%.

Resultados alentadores que no deberían hacer que bajemos la guardia

En 2012, MSF puso en marcha en Malí y Chad un programa piloto de similares características al de Níger. Más de 200.000 niños sanos recibieron la SMC con unos resultados que no podrían haber sido más alentadores: en Malí se observó un descenso del 65% en el número de casos de malaria simple en las semanas siguientes a la distribución del tratamiento. Además, el número de hospitalizaciones asociadas a la enfermedad cayó de un promedio de 247 por semana a solo 84. En el sur de Chad, los resultados fueron igualmente buenos; en dos zonas sanitarias del distrito de Moissala la disminución en el número de casos de malaria simple fue de entre el 72 y el 86 %, en comparación con los casos registrados las semanas anteriores a la primera distribución de SMC

“A pesar de estos resultados alentadores, no hay que caer en la tentación de pensar que ya está todo hecho”, advierte Anja Wolz, coordinadora médico de MSF en Níger. “La SMC nos permite reducir la tasa de mortalidad y el número de casos de malaria en los países donde hay un acceso limitado a la atención. Sin embargo, la principal prioridad es seguir aumentando el suministro de mosquiteras e insecticidas, así como el diagnóstico y el tratamiento de los casos de malaria. Además, la SMC sólo es relevante en las regiones donde la malaria es estacional, en lugar de endémica, ya que la distribución del tratamiento durante todo el año sería una tarea casi imposible”.

Malaria y desnutrición, una combinación fatal

“Esperamos que la SMC juegue a partir de ahora un papel importante para la prevención de la malaria en Níger”, explica Wolz. “Para los niños menores de cinco años resultaría vital, ya que en esta época del año tienen que hacer frente no sólo a la malaria, sino también a las crisis alimentarias. Y ya sabemos que la malaria combinada con la desnutrición es una combinación que suele resultar fatal”.

Durante el período de transición marcado por la temporada de lluvias es cuando las reservas de alimentos comienzan a agotarse. Los precios de los productos en los mercados comienzan a alcanzar su pico anual y, a la espera de que el tiempo se estabilice, la siguiente cosecha ni siquiera se ha plantado todavía. La desnutrición y la malaria son los dos enfermedades que más afectan a los niños durante estos meses. “Es como un círculo vicioso: sin acceso a alimentos ricos en micronutrientes, muchos niños sufren de desnutrición. Los niños desnutridos tienen menos inmunidad a las enfermedades en general, y por lo tanto son más susceptibles a contraer una malaria con complicaciones. La malaria por su parte debilita el metabolismo y conduce a la pérdida de apetito en los niños pequeños, así que si no es por un lado, al final es por el otro, pero lo que está claro es que ambas enfermedades tienen muchas posibilidades de acabar asociándose”, continúa Wolf.

Paralelamente a la campaña de SMC, MSF ha hecho el seguimiento nutricional de unos 128.000 niños de edades comprendidas entre los 6 meses y los 5 años y ha tratado a todos aquellos que sufrían desnutrición severa. Los equipos de la organización se mantienen por el momento en estado de alerta y siguen preparados para responder a las necesidades médicas de este período tan crítico.

Alto índice de desnutrición en algunas regiones de Níger

Este año, los niños menores de cinco años han sufrido niveles excepcionalmente altos de desnutrición en algunas regiones de Níger, sobre todo en la región de Maradi. En Madarounfa, MSF ha atendido casi el doble de niños desnutridos en 2013 que en el mismo periodo de 2012 (5.455 frente a 3.985).

El doctor Chantal Gamba, coordinador general de MSF en Níger, dice que muchos de estos niños sufren marasmo (una forma grave de desnutrición caracterizada por presentar edemas), así como malaria o deshidratación severa. “En el último año nos hemos visto obligados a aumentar nuestro número de actividades y de proyectos y no nos ha quedado más remedio que adaptar nuestra forma de trabajar a esta nueva situación: hemos adecuado más espacio hospitalario para poder admitir a más niños y hemos aumentado los recursos humanos y materiales para poder garantizarles un cuidado adecuado”.

Las cifras que han hecho públicas las autoridades de Níger indican que Maradi es la única región del país afectada por focos de desnutrición. Y según las cifras que maneja MSF, efectivamente el estado nutricional de los menores de cinco años ha mejorado ligeramente en este 2013, ya que la desnutrición aguda representa un 13,3% de la población a nivel nacional, mientras que la desnutrición aguda severa “sólo” llega en esta ocasión hasta el 2,6%. Si extrapolamos estas cifras al número total de personas, esto significa que 376.000 niños de Sudán del Sur sufren de desnutrición. De todos ellos, 77.000 en la forma más severa de esta enfermedad.

El trabajo de MSF en Níger está dirigido principalmente a mejorar la salud de los niños menores de cinco años y de las mujeres embarazadas, centrándose particularmente en la prevención y tratamiento precoz de la desnutrición. En 38 centros de salud de las regiones de Zinder, Maradi y Tahoua, los equipos de MSF llevan a cabo programas de distribución de alimentos terapéuticos para sus pacientes ambulatorios. Los niños que necesitan atención hospitalaria son ingresados en los centros nutricionales intensivos de Zinder, Magaria, Madarounfa, Guidan Roumdji, Madoua y Bouza. MSF trabaja en Níger desde 1985 y desde hace algo más de un año ha estado proporcionando atención primaria y hospitalaria en Abala, una localidad de Tillabéri, la región que acoge a la mayor parte de los refugiados de Mali.


La región, que acoge a numerosos refugiados malienses, ya había resultado afectada por el cólera el año pasado.

Yann Libessart /MSF

Declarada por las autoridades sanitarias desde el 11 de mayo, la epidemia de cólera que actualmente asola el norte del país ha afectado ya a más de 240 personas, que han recibido tratamiento de manos de Médicos Sin Fronteras (MSF). Hay que lamentar tres muertes. MSF ha abierto dos centros de tratamiento de cólera en las localidades de Mangaïzé y Ayorou, a 150 y 200 kilómetros al norte de la capital de Níger, Niamey.

“Tras la aparición de los primeros casos, MSF de inmediato abrió un centro de tratamiento de cólera (CTC)”, explica Benoit Kayembé, Jefe de Misión de MSF en Níger. “Actualmente tenemos 100 camas en Ayorou y otras 50 en Mangaïzé. Además de tratar la enfermedad rehidratando a los pacientes, nuestros equipos organizan campañas de sensibilización en las aldeas afectadas, se aseguran de tratar los puntos de agua en las comunidades y buscan activamente los casos de cólera”, añade el Dr. Kayembé. “Los pacientes provienen de los campos de refugiados malienses y sobre todo de las comunidades locales.”


Temor de propagación a otras regiones

A día de hoy MSF es el único actor médico que se ocupa de los enfermos. A la organización le preocupa la proximidad del foco de cólera con el río Níger, que fluye del norte hacia la capital, situada en el sur. “Podemos esperar una propagación de los casos hacia Niamey”, teme Benoit Kayembé. “La zona ya había sufrido cólera el año pasado. Los desplazamientos de población favorecen la dispersión de los casos hacia otras regiones del país.”


Las actividades de MSF en Níger

MSF y sus contrapartes trabajan en estrecha colaboración con el Ministerio de Salud Pública en el campo de la desnutrición infantil, la atención pediátrica y la salud materna en muchos centros de salud y hospitales de las regiones de Maradi, Tahoua, Zinder y Agadez. MSF también dispensa atención médica a las poblaciones de migrantes o de desplazados en la región de Agadez. MSF apoya a las autoridades sanitarias en su respuesta a las emergencias.

 


El conflicto en el norte de Malí está causando movimientos de población a lo largo del Sahel y las condiciones en los campos donde viven los refugiados son inaceptables.

Refugiados malienses en Fassala, Mauritania. Enero de 2013. © MSF

Aproximadamente 150.000 refugiados, según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), están viviendo en campos situados en Burkina Faso (Ferrerio, Dibissi, Ngatourou-niénié y Gandafabou), Mauritania (Mbera) y Níger (Abala, Mangaize y Ayorou). Médicos Sin Fronteras (MSF) ha estado trabajando en ocho de estos campos desde marzo de 2012 ofreciendo atención primaria y materno-infantil y luchando contra la malnutrición. MSF también está administrando vacunas a los niños de entre 6 meses y 15 años. Los equipos médicos han llevado a cabo 12.000 consultas y han vacunado a 5.000 personas desde el inicio de este año.

Casi 67.000 refugiados (sobre todo mujeres y niños) han llegado a la localidad mauritana de Fassala, fronteriza con Malí, desde enero de 2012. Muchos se habían desplazado en camionetas y burros. “En el paso fronterizo de Fassala, la gente llega sedienta y con signos de fatiga”, cuenta Karl Nawezi, coordinador de MSF en Mauritania. Tras pasar por un proceso de registro, los refugiados esperan en un campo de tránsito hasta que son trasladados a Mbera, una localidad aislada del desierto mauritano, a unos 30 kilómetros de la frontera con Malí.

Precarias condiciones en los campos

En Mbera, los refugiados dependen de la ayuda humanitaria. El número de tiendas de campaña que se han distribuido hasta ahora es insuficiente. Las familias se han agrupado bajo grandes tiendas, algo que las hace más vulnerables. Cansados de esperar, muchos han construido sus propios refugios con esterillas y otros materiales para protegerse de las tormentas de arena. “En Mauritania, como en otros sitios, la gente sufre diarreas, infecciones respiratorias y de la piel a causa de las precarias condiciones de los campos”, resume Nawezi.

El año pasado, la población cruzaba la frontera de una forma más o menos organizada, pero después del incremento de la actividad militar en Malí, unos 14.000 refugiados han huido de Tombuctú, Léré, Goundam, Larnab y Nianfuke. Muchos han llegado prácticamente sin nada después de viajes de muchos días. “Los últimos episodios del conflicto han causado pánico. La gente ha huido por miedo a verse atrapada en el fuego cruzado”, explica Nawezi.

Refugiados malnutridos

La malnutrición es el principal problema en los campos. En noviembre de 2012, una encuesta nutricional reveló que el 17 por ciento de los niños estaba malnutrido y el 4,6 por ciento sufría el tipo más severo de malnutrición al llegar al campo. Los equipos médicos de MSF han ampliado sus actividades para evitar y tratar los casos de malnutrición severa. “El principal reto es asegurarse de que los niños son vacunados, protegidos contra la malaria y tienen acceso a una alimentación apropiada”, considera Nawezi.

MSF ha habilitado centros de nutrición terapéutica y ha ingresado a unos 1.000 niños en los tres países vecinos de Malí. Los pacientes toman leche y alimentos terapéuticos. Los niños malnutridos son más susceptibles de contraer enfermedades como el sarampión, la malaria o la diarrea; su salud debe ser vigilada.

Los refugiados malienses viven en condiciones precarias

MSF es una organización independiente que ofrece ayuda médica bajo los principios de imparcialidad y neutralidad. MSF no recibe ninguna ayuda de los Gobiernos para desarrollar sus actividades en Malí. La organización trabaja en Gao, Ansongo, Douentza, Konna y Mopti, áreas situadas en el norte del país. MSF también gestiona un hospital pediátrico de 350 camas en Koutiala (sur). La organización trabaja en Malí desde 1992.


El doctor José Bafoa ha trabajado como coordinador médico de MSF en la región de Gao (norte de Malí) durante cinco meses. La volátil situación en los últimos días ha alterado el número de pacientes que llegan a los centros de MSF, pero Bafoa asegura que la prioridad de sus equipos es continuar dando ayuda médica a los pacientes.

El doctor José Bafoa © MSF

En la norteña región de Gao, una media de 120 pacientes llega cada día a los centros de salud de Wabaria y Sossokoira, gestionados por MSF. Aunque la estación de las lluvias ha acabado, el 70 por ciento llega con malaria, una enfermedad parasitaria que causa altas fiebres y hace tiritar a los que la sufren. Pese a la guerra, la malaria es el auténtico enemigo al que están haciendo frente los médicos. Sigue siendo la principal causa de muerte en el país y es particularmente peligrosa para los menores de cinco años: muchos de ellos acaban muriendo.

“Desde que empezamos a trabajar en estos centros de salud, en septiembre del año pasado, hemos visto un número constante de pacientes. Hubo una pequeña bajada a mediados de enero con los primeros bombardeos y hace unos días a causa de los combates, pero la cantidad de personas que llega ahora a nuestros centros es de nuevo el habitual”, explica el doctor, quien añade: “Hay un hospital y diez centros de salud alrededor de la localidad de Gao, pero son para una población de 400.000 personas y nos dimos cuenta de que mucha gente no tenía acceso a servicios médicos. En el actual contexto de inseguridad, la gente se mueve y tiene menos recursos. Es muy importante darles atención de calidad y gratuita. Desde septiembre, hemos atendido a 16.000 pacientes”.

Las fuerzas francesas y malienses iniciaron una ofensiva el 11 de enero contra varios grupos armados del norte de Malí. En Gao, el grupo con mayor presencia es el Movimiento para la Unidad y la Yihad en África Occidental (Muyao), una escisión de Al Qaeda en el Magreb Islámico.

“La gente huyó por miedo a los bombardeos y las represalias. Algunos huyeron a países vecinos, pero otros se refugiaron en pequeños poblados o entre la maleza, donde las condiciones de vida son muy duras. Así que además de la malaria, hemos visto un aumento del número de pacientes que llegan con diarrea, enfermedades de la piel debido a la falta de higiene e infecciones respiratorias agudas a causa del polvo y el viento”, comenta el doctor Bafoa. “Están llegando cada vez más pacientes con hipertensión y gastritis, seguramente debido al estrés al que se han visto sometidos”, amplía.

El principal objetivo del proyecto es permitir a la población un mayor acceso a los servicios médicos y reducir así la tasa de mortalidad. De hecho, el doctor explica que antes de la intervención de MSF se registraban entre una y dos muertes a la semana en los centros de Gao y alrededores que ahora apoya. Desde octubre, solo se han registrado cinco muertes más. Lo mismo ha sucedido unos 100 kilómetros más al sur, en el hospital de Ansongo: desde la llegada de MSF, la tasa de mortalidad ha bajado del 8 al 1,2 por ciento.

Centro de salud comunitario de Sossokoira, Malí © MSF

En las vastas zonas desérticas del norte de Malí, acercar el tratamiento a los pacientes es otro elemento esencial del proyecto. Durante cuatro meses, los equipos móviles han acudido a zonas remotas, con la premisa de que si los pacientes no pueden venir a nosotros, nosotros iremos a ellos. Pero debido a la colocación de minas en la zona, MSF se ha visto obligada a suspender temporalmente la actividad de estos equipos móviles.

“A través de las clínicas móviles, por supuesto ofrecíamos atención primaria, pero también consultas prenatales para las embarazadas. No sabemos cuándo podremos reanudar estas actividades, pero esperemos que pronto”, dice el doctor.

MSF también abastece otros centros de salud comunitarios con medicamentos y otros artículos. Según el doctor Bafoa, el principal problema tanto en Gao como en Ansongo es la falta de suministros y de condiciones de trabajo adecuadas. “Además de formar y apoyar al personal médico nacional, hemos rehabilitado estructuras ya existentes. En el hospital de referencia de Ansongo, por ejemplo, restablecimos la electricidad y el agua corriente y ahora estamos rehabilitando el quirófano”, explica.

La vigilancia epidemiológica es otro de los ejes del proyecto: los equipos deben estar preparados para responder a cualquier tipo de brote rápidamente. “Necesitamos estar preparados para cualquier eventualidad médica, ya sea una epidemia, heridos de guerra o personas desplazadas –resume Bafoa–. Nuestros equipos fueron en diciembre a apoyar el centro de Ansongo y ahora tratamos a cien pacientes cada día. Aunque había dos colegas malienses que ya hacían cesáreas y ofrecían atención obstétrica, enviamos a un cirujano especializado en heridas de guerra. Nuestros pacientes dicen que quieren la paz. Nosotros estamos a su lado: nos quedamos aquí durante los bombardeos y no los abandonaremos ahora. Esperamos que el sistema de salud se desarrolle y finalmente nos pueda reemplazar. Pero, hasta entonces, nos quedaremos y nos aseguraremos de que la gente de Gao y Ansongo sigue teniendo acceso a una atención médica gratuita y de calidad”.

El doctor José Bafoa trabaja con MSF desde 1999. Antes de Malí, estuvo participando en intervenciones humanitarias en Uganda, Chad, República Centroafricana y su país natal, República Democrática del Congo.

En el norte de Malí, los equipos de MSF trabajan en Gao, Ansongo, Konna, Mopti, Douentza y Tombuctú ofreciendo atención médica primaria, secundaria y respuesta en situaciones de emergencia. MSF también trabaja en el sur del país con un programa pediátrico en la región de Sikasso. La organización humanitaria ayuda a los refugiados malienses en las vecinas Burkina Faso, Mauritania y Níger.

 


Esperanza Santos, enfermera madrileña de 32 años, forma parte del equipo de emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF). Su trabajo consiste en coordinar las actividades médicas en el terreno ante desastres naturales, epidemias, conflictos, etc. Ahora está en Níger, desde donde apoya la intervención en el norte de Malí y responde al gran pico de malaria que se está produciendo en plena crisis nutricional, y al que en los últimos días se ha añadido la aparición de casos de cólera.

Esperanza Santos atiende a un niño en Sudán. © Juan Carlos Tomasi/MSF

¿Cuál es la situación actual en Níger?

Níger es uno de esos sitios del mundo donde uno corrobora todas las estadísticas que ha oído y leído sobre el hambre y la pobreza en el mundo. Cuando escuchas eso de “cada minuto mueren 10 niños de hambre en el mundo”, o eso otro de “cada minuto muere un niño de malaria en el mundo”, no te haces una idea de lo que significa. Hasta que llegas a un sitio como el distrito de Madaoua, uno de los lugares donde MSF trabaja en Níger, y lo ves con tus propios ojos.

En Madaoua hay desnutrición y malaria todo el año, pero durante este periodo se multiplican los casos. Por un lado, es la época del año en que las reservas de grano de las cosechas del año anterior se están agotando y las nuevas cosechas aún no se han recogido: este periodo se conoce como hunger gap y dura hasta octubre-noviembre. Por otra, estamos en plena estación de lluvias y, durante estos meses, los casos de malaria se disparan. Estas dos patologías juntas, la desnutrición y la malaria, son fatales para los niños más pequeños.

Llevas dos meses en Madaoua trabajando en malaria, ¿qué te encontraste al llegar?

Me encontré a la gente que está trabajando en el proyecto de desnutrición,  haciendo ya frente al comienzo de la época de los picos de desnutrición y malaria. El año pasado, 20.000 niños menores de 5 años fueron admitidos en el programa nutricional de MSF en Madaoua. Casi todos ellos siguieron el tratamiento a nivel ambulatorio. Solo cuando los niños están muy débiles o con alguna otra enfermedad asociada, se les lleva al hospital y se les hace un tratamiento intensivo, que suele durar unas dos semanas. En el hospital de Madaoua, también nos hacemos cargo de la parte de pediatría, en la que ingresan los niños que están enfermos pero no están desnutridos.

Cuando llegué a Madaoua, los ingresos estaban empezando a multiplicarse y ahora siguen siendo muy altos. Además de las salas habituales para los desnutridos y la de pediatría, ya hay montadas cinco tiendas de campaña grandes y está todo lleno. La semana pasada, entre pediatría y desnutridos, había más de 300 niños ingresados. Y siguen viniendo. La malaria es una de las enfermedades que más vemos y por eso mi trabajo aquí consiste en coordinar una estrategia para acercar el diagnóstico y el tratamiento a la comunidad.

¿Nos puedes explicar en qué consiste esta estrategia de malaria?

La idea es descentralizar el diagnóstico y tratamiento de la malaria todo lo que se pueda para hacerlo más accesible a la población. En la zona rural hay un grave problema de acceso al sistema sanitario: en ocasiones, el centro de salud más cercano está a más de 10 e incluso 20 kilómetros de distancia, así que una madre (probablemente embarazada) caminando con un niño enfermo de malaria a cuestas es incapaz de llegar al centro para conseguir el tratamiento.

Hemos formado a la red de trabajadores comunitarios para que puedan realizar tests rápidos de malaria, dar tratamiento e identificar los casos graves que deban ser referidos al hospital. También hacemos detección de casos de desnutrición, para referir al programa nutricional a los niños que necesiten tratamiento y vacunamos de sarampión a los niños que no están inmunizados.

¿Cuántos casos de malaria habéis tratado en las últimas semanas?

En agosto se han disparado los casos. Solo en el proyecto de Madaoua hemos tratado 22.000 casos de malaria, mientras que en julio tratamos 6.200. Por eso es tan importante la estrategia de malaria: para tratar a estos niños lo antes posible e impedir que contraigan la forma severa de la enfermedad o mueran.

A esta situación se ha sumado el cólera desde hace unas semanas. ¿Cuál es la situación?, ¿cuántos casos hay?, ¿dónde estáis trabajando?

El primer caso fue el 19 de agosto en Galmi, un pueblo que está a unos 40 kilómetros de Madaoua, en la carretera principal que viene desde Niamey y va hasta Maradi y la frontera de Nigeria. Una semana más tarde comenzaron los casos en Koumassa (a medio camino entre Galmi y Madaoua). Llevan 185 y 75 casos registrados respectivamente, y hasta el momento han muerto siete personas en Galmi y dos en Koumassa. En Madaoua también ha habido algunos casos de cólera, pero de momento parece que no han ido a más.

Estamos trabajando en los tres sitios, en colaboración con los distritos sanitarios. Se han abierto tres unidades de tratamiento, donde nos encargamos de toda la logística (materiales, construcción, tratamiento de agua y desinfección), trabajamos con el personal médico del distrito, hemos dado formación sobre cólera porque en esta zona hacía por lo menos siete u ocho años que no había habido casos, y también hemos hecho donación de material médico y medicamentos.


Familia touareg cultivando mijo en Dakoro, Níger.(© Damien Follet/MSF 2009)

La franja del Sahel que se extiende desde el sur de Mauritania, a orillas del Océano Atlántico, hasta Eritrea en el Mar Rojo, se encuentra en situación de emergencia alimentaria. En países por la que discurre, como Malí, Burkina Faso, Níger o Chad, el hambre comienza a amenazar la vida de millones de personas. Entre ellos, casi dos millones de niños menores de cinco años corren riesgo de morir en los próximos meses víctimas de la desnutrición aguda.

En el borde del desierto del Sahara, Níger sufre periodos de sequía, en ocasiones plagas de langosta e inundaciones repentinas que vienen provocado desde hace décadas ciclos de inseguridad alimentaria y malnutrición. La sufrió a principios de 1970, se repitieron a mediados de 1980, en el 2005 y todo apunta a que en los próximos meses de este mismo año se producirá una nueva hambruna brutal. En Níger, por poneros el ejemplo de uno de los países del Sahel, la agricultura de secano y la ganadería constituyen casi la mitad de la economía del país. De ellas dependen casi dos tercios de sus algo más de13 millones de habitantes. Cuando las lluvias fallan como ha vuelto a ocurrir esta vez y cae la producción de cereales, pocas familias disponen de recursos suficientes como para mantenerse todo el año.

Los pequeños agricultores carecen de capacidad para almacenar la mayor parte del mijo que cultivan. Cuando llega la época de recogida de sus cosechas, se ven obligados a venderlo a las grandes empresas que lo comercializan, en un momento en el que al haber más oferta el precio que se paga está más bajo. La consecuencia es que se quedan con pocos ahorros para conseguir llegar hasta la próxima cosecha y según van pasando los meses, el mijo que constituye la dieta básica de sus familias, comienza a escasear en los mercados y su precio sube. Y aquí se da la cruel paradoja por la que un agricultor nigerino se ve obligado a comprar en el mercado el mijo que el mismo cultivó, pero a un precio varias veces superior al que obtuvo cuando meses atrás vendió su cosecha. Para mantenerse, tendrá que vender su escaso ganado, si lo tiene y la familia deberá reducir drásticamente su dieta a una sola comida al día. Una dieta por lo demás de mijo y agua. Pan y agua para entendernos, que tiene consecuencias médicas demoledoras espacialmente en los niños más pequeños cuando se ven privados de algo tan básico como la leche (ver post : “Desnutrición Infantil de 5 de mayo)

El periodo crítico en Níger va de junio a octubre. Ahora mismo, sin ir más lejos. Durante estos meses se repetirá una vez más los dos principales factores que inciden en la desnutrición: el agotamiento de las reservas de alimentos y el aumento de enfermedades como la diarrea y la malaria que coinciden con una corta estación de lluvia que está a punto de llegar.

Desgraciadamente ya sabemos por experiencia la que se avecina. Con permiso del genial García Márquez, esta será una vez mas, y son ya demasiadas sin que se le ponga remedio, la crónica de una hambruna anunciada.