MÉDICOS SIN FRONTERAS

A pesar de los esfuerzos de acogida de Uganda, las necesidades más básicas no están cubiertas.

© Frederic NOY/COSMOS

Denunciamos que la comunidad internacional está fallando al cerca de millón de refugiados que actualmente acoge Uganda, cuya situación se agrava rápidamente. Advertimos también de que, para evitar que se produzca una emergencia sanitaria de grandes dimensiones, los esfuerzos deberían centrarse en hacer llegar aquellos suministros que ayuden a salvar vidas, tales como agua y comida en cantidades suficientes.

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La pasada noche y esta misma mañana han tenido lugar nuevos enfrentamientos entre grupos armados en Malakal. Los combates en esta ciudad, situada en el estado de Alto Nilo, al noreste de Sudán del Sur, han provocado el desplazamiento de unas 900 personas que han buscado refugio en el espacio de Protección de Civiles (PoC) de la Misión de Naciones Unidas en Sudán del Sur (UNMISS).

Desplazados en el espacio de Protección de Civiles © Beatrice Debut/MSF

Dos personas han muerto y, en estos momentos, se desconoce el número de heridos. Aunque Médicos Sin Fronteras (MSF) no ha atendido heridos en el hospital del PoC de Malakal, dada la tensión imperante en la zona, la organización médico-humanitaria está preparada para una posible afluencia de pacientes.

Desde comienzos de abril, los enfrentamientos han causado la huida de cerca de 4.600 personas de Malakal hacia el espacio de Protección de Civiles. Con esta nueva llegada de desplazados, son ya 25.000 el número total de personas refugiadas en el PoC. Estos últimos flujos de desplazados agravan la situación de la población que ya vive en este centro con recursos limitados.

En estos momentos, la situación en la ciudad de Malakal sigue siendo extremadamente volátil y es previsible que los enfrentamientos continúen en las próximas horas. Los equipos de MSF se han visto obligados a suspender hoy algunas de sus actividades externas desarrolladas en zonas remotas donde se también se aglutinan bolsas de desplazados internos.

MSF insta a todas las partes en conflicto a respetar y facilitar el acceso de la asistencia humanitaria para las personas afectadas por el conflicto de Sudán del Sur.

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A continuación publicamos el discurso íntegro de Joanne Liu, Presidenta Internacional de Médicos Sin Fronteras, durante la reunión informativa sobre la respuesta al brote de Ébola en la sede de Naciones Unidas en Ginebra en el día de ayer, martes 16 de septiembre:

 

Joanne Liu en el proyecto de Ébola de MSF en Kailahun, Sierra Leona © MSF

 

 “Sra. Secretaria general adjunta, Sr. Coordinador especial, Sr. Subdirector general, distinguidos delegados, señoras y señores:

 Hace dos semanas, realicé un llamamiento urgente a los Estados miembros de Naciones Unidas en Nueva York para reclamar su ayuda en la contención de la epidemia de Ébola en África occidental. Muchas otras organizaciones, como el CDC[i], la OMS[ii] y la propia ONU han descrito la catástrofe que se cierne sobre la región.

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El asesor de la Misión Francesa en Naciones Unidas para el Desarrollo Social, Fabienne Bartoli, anunció este jueves, 13 de diciembre, durante la conferencia sobre I+D para poblaciones olvidadas, organizada por MSF y la Iniciativa para el Desarrollo de Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi) en Nueva York, que el gobierno francés destinará una parte del impuesto sobre transacciones financieras, acordado el pasado agosto, a la investigación y el desarrollo en salud a nivel mundial.

 

Paciente de TB multirresistente en Tayikistán © Ron Haviv/VII

Al respecto, el representante para la Campaña de Acceso a Medicamentos de MSF en España, Carlos Ugarte, declaró desde Madrid que “el anuncio del gobierno francés para priorizar la I+D en salud global es un paso importantísimo para asegurar que se desarrollen tratamientos vitales y otras herramientas médicas de modo que lleguen a quienes más los necesitan”.

Ugarte hizo un llamamiento a que otros gobiernos, y en particular al Gobierno de España, para que adopten medidas similares como los impuestos a las transacciones financieras, implantado en Francia desde el pasado agosto, de modo que destinen una parte de la recaudación de lo mismos para atender las necesidades médicas de los pacientes con enfermedades olvidadas. “Es el momento de pasar de las declaraciones a los compromisos firmes y adoptar el impuesto sobre transacciones financieras destinando estos recursos a servicios sociales básicos, a la cooperación al desarrollo y a la salud global”.

“En nuestro trabajo, somos testigos a diario de los fracasos del sistema actual de I+D que no llega a las poblaciones de los países en desarrollo en muchos casos, por carencias de financiación de los programas de I+D en enfermedades olvidadas”, añade. “El impuesto sobre transacciones financieras puede ser un mecanismo innovador para reducir estas lagunas que hacen que cada año, millones de personas no tengan acceso a tratamientos efectivos para enfermedades tropicales desatendidas, malaria o tuberculosis”, concluye.

El anuncio francés ha tenido lugar en la primera jornada  de la conferencia de dos días que, bajo el título: ‘Vidas en la balanza: Innovaciones médicas para pacientes y poblaciones olvidados’, tiene lugar en Nueva York. En el simposio se están examinando los progresos y fallos de la I+D para combatir las enfermedades desatendidas en la última década. También se aborda la necesidad de contar con vacunas adaptadas al terreno para llegar a los 22,4 millones de niños que todavía no están recibiendo ni el paquete más básico de vacunación todos los años.

En uno de los análisis presentados en la conferencia, DNDi y MSF han identificado que, entre 2000 y 2011, sólo el 3,8% de los nuevos medicamentos aprobados (excluidas las vacunas) se destinó a enfermedades tropicales, tuberculosis y otras infecciones desatendidas, enfermedades que, en su conjunto, representan el 10,5% de la carga mundial de morbilidad.


No tenemos ni una cama en la que dormir. Necesitamos tiendas en las que cobijarnos. Cuando llueve no podemos acostarnos. Tenemos que quedarnos de pie porque el agua entra por debajo de la tela, y encharca el suelo .Nos bastaría con una tienda impermeable, jabón, unos utensilios básicos de cocina, y acceso a una letrina”.

Casseus Guiteau. Croix de Bouquet, Puerto Príncipe (Haiti)

Quien lo cuenta es Casseus Guiteau, uno de los cientos de miles de haitianos – un millón trescientos mil según Naciones Unidas que perdieron sus casas en el terremoto de hace más de dos meses, y que desde entonces viven en plena calle, apenas cubiertos por unas telas que no vemos alegres por muchos colores y flores que tengan. Debajo de ellas, apenas unos palos de madera sujetando precariamente la “vivienda”, colocada de cualquier manera entre otros miles de improvisados refugios, junto a barrios enteros de Puerto Príncipe que quedaron reducidos a escombros, como este de Croix de Bouquet desde el que Casseus habla con indignación justificada.

Porque más de dos meses después, la mayor parte de las víctimas del terremoto siguen malviviendo en lamentables condiciones de refugio y de higiene, que minan su moral y acabarán afectando también a su salud. Mucho se habló en la prensa de las víctimas del terremoto cuando las imágenes eran las tan impactantes de los muertos en las calles, las tan reconfortantes de los rescates o las tan simplificadoras de la violencia.

A pesar de la extensa movilización internacional, esta solidaridad no siempre se ha reflejado en ayuda real sobre el terreno. Miles de haitianos como Casseus todavía no la han visto. La actual falta de abrigo y de higiene representa un peligro no sólo en materia de salud pública, sino que también supone una intolerable violación de la dignidad humana de todas estas personas. Dos meses después del terremoto, muchos haitianos como Casseus nos habla de su sentimiento de abandono. No se les informa acerca de lo que les ocurrirá. No saben a dónde ir.

Aunque la primera fase aguda ya ha pasado, el peligro continúa. Es cierto que los quirófanos ya no necesitan funcionar las 24 horas al día y que ya no hay víctimas que rescatar de entre los escombros. Sin embargo estamos en un periodo decisivo, porque las necesidades de la población en materia de abrigo y de condiciones de vida les coloca en una situación de autentica emergencia. Mientras que la comunidad internacional discute sobre cómo llevar a cabo una reconstrucción que tardará meses e incluso años en hacerse efectiva, las necesidades esenciales que en este momento tienen los haitianos siguen sin ser cubiertas.

Por si fuera poco, una vez más comprobamos que el interés de los países donantes que tanto prometieron cuando Haití era el foco de la noticia y el destinatario de la solidaridad internacional, está empezando a flaquear. Algo que por experiencias previas en otros contextos ya no nos sorprende, aunque no por ello deje de indignarnos.

La petición de fondos que Naciones Unidas acaba de realizar a los principales países miembros de la llamada comunidad internacional, para cubrir las necesidades básicas de los haitianos, tales como alimentos, abrigo, agua y saneamiento, no se han cubierto ni tan siquiera a la mitad de lo que se necesita. Todo ello a pesar de lo reciente de la catástrofe, de que han llegado las primeras lluvias con cientos de miles de personas sin techo y de que la temporada de huracanes, que amenaza ser catastrófica, esté a la vuelta de la esquina.

Mientras tanto Casseus, ajeno a tanta indecencia y como el otros cientos de miles de haitianos que ya no son noticia, nos enseña el agujero por el que entra el agua en su improvisada tienda cuando llueve, y el suelo de tierra sobre el que intentará dormir esta noche con su familia. Y nada más, porque eso es lo único que tiene: un trozo tela por techo, un charco de agua en el suelo y toneladas de frustración.


El relato que viene a continuación está extraído de la publicación “Estado Crítico” de MSF. Recoge la historia del Sr. Rukambika y su hijo Sansón, una de las víctimas de los más de 17 años del conflicto en los Kivus, en la RDC.

Rukambika y su hija Sansón (Cédric Gerbehaye/ Agencia VU/ MSF)

Mi nombre es Ngarambe Rukambika. Tengo 49 años. Tengo cuatro hijos y tres huérfanos que viven conmigo. Estos huérfanos no son mis hijos, sino los de mi hermana. Estoy aquí porque donde yo vivo están en guerra.

Estoy en el hospital de Masisi para cuidar de mi hijo. Su nombre es Sansón. Tiene 9 meses. Antes de que tuviéramos que venir, su madre lo cargaba siempre en la espalda. Hasta que un día, a causa del enorme tiroteo que se estaba produciendo, ella intentó huir. Le dieron cuando estaba dejando la casa.

Fue alcanzada por una bala y esa misma bala dio también al niño, que estaba, como siempre, en su espalda. La bala atravesó el riñón mi mujer y luego alcanzó al niño.

Fui a recoger al niño. En cuanto a mi esposa, busqué a nuestros hermanos y la enterramos. Aquel día en el pueblo, seis personas fueron asesinadas. Así que, después de eso, todo el pueblo huyó. Vine a pie. Anduve desde mi casa porque aquí no hay carreteras por las cuales puedan circular los coches. Tuve que subir colina tras colina con mi hijo en brazos. Anduve durante dos días. En el camino, me dijeron que tenía que darme prisa en traer al niño hasta el hospital porque sino moriría.

Aquí, me paso el día sentado junto a mi hijo. Antes tenía una buena vida. Era incluso profesor: un catequista. Teníamos una vida buena como granjeros. No nos metíamos en temas de política o en asuntos relacionados con la guerra. La guerra nos encontró en esa situación. En resumidas cuentas, tenía un hogar feliz. Ahaha, mi esposa, ¡cultivaba judías, maíz, sorgo y casi de todo! Ya sabe, ¡aquí cultivamos todo tipo de plantas!

El niño está siendo bien cuidado. Pronto estará bien. Pero el problema que tengo es que cuando esté curado, tendré que llevarle de vuelta allí donde la guerra todavía sigue. Es muy duro volver porque la guerra continúa.