MÉDICOS SIN FRONTERAS

El pasado viernes, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que veta la llegada de refugiados a EE. UU. Este decreto supone el cierre de puertas a inmigrantes procedentes de Siria, Irán, Sudán, Libia, Somalia, Yemen e Irak durante 90 días, y de refugiados de todo el mundo. Desde MSF pedimos la reanudación de la acogida de refugiados por parte del Gobierno estadounidense.

“Cerrar las puertas a los Estados Unidos, que ha examinado estrictamente las solicitudes de los refugiados durante años, constituye un ataque a una noción básica aceptada como es que las personas deben poder huir para poner a salvo sus vidas”, explica Jason Cone, director de MSF en EE. UU.

Familia de Alepo (Siria), en Grecia, cerca de la frontera con Macedonia. © Rorandelli Rocco / Terraproject

Este decreto conlleva fatales consecuencias para los millones de refugiados que han tenido que huir de sus casas, de países en situaciones de guerra y conflicto continuos. Siria, Irak, Afganistán, Yemen, Sudán del Sur o la República Democrática del Congo son solo algunos de los países afectados. La firma de esta orden significa poner en riesgo directo la vida de estas personas que van a quedar atrapadas en zonas de guerra.

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Llegaron a Europa en busca de refugio y protección, pero se han encontrado con el rechazo de las políticas de la UE y unas pésimas condiciones de vida.
Hacinados y soportando temperaturas de alrededor de 20 grados bajo cero, miles de refugiados están atrapados en Grecia y los Balcanes, donde sobreviven solo con sus propios medios.

Actualmente, más de 8.000 personas están varadas en Serbia en asentamientos improvisados. Y 1.700 jóvenes duermen en edificios abandonados en lo que su única estufa son hogueras en las que prenden plásticos. A pesar de que el país acordó con la UE albergar hasta a 6.000 personas, solo 3.140 viven en instalaciones adaptadas para el invierno.
Andrea Contenta, asesor de Asuntos Humanitarios de MSF en Serbia, cuenta las malas consecuencias de esta situación, que hasta ahora cuenta ya con tres muertes por congelación.

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Miles de migrantes, la mayoría etíopes, atraviesan cada año Yemen en su camino hacia Arabia Saudí; muchos de ellos son víctimas de torturas y extorsiones

Centro de detención en Saná (Yemen). © Anna Surinyach/MSF

“Llegamos a Yemen a medianoche. Bajamos de la embarcación y como habíamos oído historias de traficantes, nos escondimos en una pequeña montaña. Al día siguiente, intentamos conseguir algo de comida. Nos encontramos con un señor mayor con su camello. Nos dijo que nos daría de comer pero nos vendió a los traficantes”. Jemale tiene 20 años y es etíope. Salió de su pueblo hace cuatro meses en busca de oportunidades en Arabia Saudí. “Llegamos a un recinto donde había ocho personas y todas estaban aterrorizadas. Nos dijeron que si no conseguíamos que alguien mandara dinero, nos harían daño. Intente explicar que era un hombre pobre. Vi como empezaban a quemar un metal en el fuego y lo usaron para quemarme en el pierna”.

Jemale se encuentra actualmente en el centro de detención para migrantes de Saná, la capital de Yemen. Él consiguió escapar de los traficantes; uno de sus amigos recibió un disparo en la pierna durante la fuga y Jemale ya no supo qué le pasó. Después, días de huida en las montañas, sin agua ni comida. Entonces, decidió emprender el viaje de vuelta; tardó 12 días en llegar a Saná, vivió durante un mes a las puertas de la oficina de migración en Yemen y finalmente pudo entrar en el centro. “Vivía con mis padres y mis 10 hermanos en Etiopía. Acabé la escuela y no tenía trabajo. Entre todos decidimos que hiciera este viaje. El dinero que yo tenía se acabó antes de llegar a Yemen así que les dije a los traficantes que no tenía madre para que no tuvieran que pagar por mi liberación”.

Su historia se repite en casi todos los rincones del centro. Yemen es un país de tránsito para los miles de migrantes que cada año salen del cuerno de África para intentar llegar a los países de la península Arábica. Proceden fundamentalmente de Etiopía y su destino suele ser Arabia Saudí. Durante el viaje y especialmente en Yemen, estas personas son víctimas de traficantes que les extorsionan y les torturan. El pasado mes de abril, las autoridades de Yemen lanzaron una campaña para liberar a cientos de migrantes que estaban en manos de traficantes y empezaron a repatriarlos a sus países de origen. Desde entonces, el número de migrantes que voluntariamente se acerca al centro para poder ser repatriado ha aumentado considerablemente.

En el centro de detención de Saná, las condiciones de vida son precarias. Con una capacidad para unas 250 personas, el centro acoge ahora mismo alrededor de 750. Los migrantes están encerrados en grandes celdas la mayor parte del día. Varias organizaciones, entre ellas la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) y la Cruz Roja yemení, les proporcionan atención médica y comida. Médicos Sin Fronteras trabaja en el centro desde el mes de mayo, con un programa de atención en salud mental.

“Las personas que llegan al centro están muy traumatizadas; algunos de ellos no han comido en días o semanas”, explica Esperanza Leal, psicóloga de MSF en el centro de detención. “Nosotros creamos espacios donde pueden ser escuchados. Les explicamos que tienen reacciones normales a las experiencias traumáticas que han vivido. Hay muchos casos de estrés postraumático y depresiones severas. Una parte esencial de nuestra intervención está relacionada con recuperar su dignidad, explicándoles que son personas con derechos”.

La vuelta a casa

Como la gran mayoría de migrantes son etíopes, la Embajada de este país visita el centro de detención una vez a la semana para preparar los documentos necesarios para la vuelta. Según las autoridades yemeníes, desde el mes de abril se han repatriado a unos 4.000 migrantes a sus países de origen.

“Solo deportar a los migrantes que están en Yemen, nos llevaría mucho tiempo. Por ejemplo, cerca de la frontera con Arabia Saudí se calcula que hay casi 30.000 migrantes etíopes intentando cruzar la frontera, y hay más en otros emplazamientos”, explica Abdullah Al zurqah, director general de Migración y Deportación de Yemen. “Nuestro país necesita un gran apoyo en este tema porque prácticamente cada día llegan migrantes a las costas de Yemen”.

Awel trabajó como profesor, periodista, traductor y hombre de negocios en Etiopía. Cuando perdió el trabajo, decidió probar suerte en otro país, como varios de sus hermanos que viven en el extranjero. Su madre le dio un poco de dinero para el viaje pero se le acabó antes de salir de Etiopía, así que hizo la mayor parte del viaje a pie. De Etiopía, fue a Somalilandia y después a Yibuti. Pedía limosna o intentaba trabajar para continuar la ruta. “A aquellos que están pensando en salir de Etiopía o que ya han salido, les digo: esta es una carretera a la muerte”.

En Yemen, fue cruelmente torturado durante 17 días. El día de su cumpleaños decidió que o moría o escapaba de allí. Finalmente, lo consiguió. Una familia yemení le cuidó las heridas y le ayudó en parte del camino. Llegó a Saná y, después de 17 días malviviendo en las afueras del centro, pudo entrar. “Es muy difícil llegar a Arabia Saudí y si lo consigues, la policía o los soldados saudíes, te mandan de vuelta a Yemen así que estás en la misma situación. No hay necesidad. Les aconsejo a los que estén pensando en emigrar que mejor se quedan en casa que ser esclavos, esto es esclavitud. Realmente digo esto es esclavitud, esclavitud moderna”.

 


Los sirios se han convertido en la primera comunidad de llegada a Grecia. Último capítulo de la serie Éxodo Sirio.

Lawand Deek dejó Siria y ha llegado a Atenas © Anna Surinyach/MSF

La huida empieza así.

“Eran las cinco de la mañana. Mi hermana preparó un desayuno delicioso. Nos subimos al coche y nos fuimos a la frontera de Siria con Turquía”.

Lawand Deek, un joven sirio de 21 años, relata su éxodo en un diario que cada vez tiene más páginas. Ya de pequeño quería ir a Canadá para estudiar, pero no le concedieron el visado y se tuvo que conformar con estudiar un tiempo en Damasco. Aprendió inglés. Después de que se desatara la guerra civil, tuvo que huir de su tierra, la provincia de Ar-Raqa, a causa de los combates. Tardó poco en salir del país, pero tenía claro que no quería quedarse en un campo de refugiados.

“Crucé la frontera turca y pasé por muchas ciudades, hasta que llegamos a Estambul”, relata. Lawand contactó con un traficante para intentar entrar en la Unión Europea (UE). Se trasladó junto a un grupo de 25 sirios a la ciudad costera turca de Izmir. Desde allí, se subieron a una patera y cruzaron el mar para llegar a la isla griega de Lesbos. “Lo habíamos intentado cuatro veces. Esta es la primera vez que lo conseguimos. Había dos niños con nosotros. Yo tenía un poco de miedo porque era de noche y la embarcación era pequeña. Era muy peligroso”, recuerda Lawand. Los guardacostas griegos divisaron la patera y ayudaron a los migrantes a llegar a la costa. No siempre ha sido así: siete sirios murieron ahogados a mediados de marzo cuando intentaban alcanzar Lesbos.

Los sirios ya constituyen la primera comunidad de llegada a las islas del Egeo, puerta de entrada a Grecia y por lo tanto a la UE. “Desde 2004, la mayoría de migrantes que llegaban aquí eran afganos, pero ahora, por primera vez, hay más sirios que cualquier otra nacionalidad”, expone Ioanna Kotsioni, experta de migración de MSF. En 2012, casi 8.000 sirios llegaron a Grecia de forma ilegal. En los cuatro primeros meses de este año, la cifra asciende a 1.709. Los migrantes y refugiados solían viajar a través de la frontera terrestre de Evros, pero en verano de 2012 las autoridades griegas desplegaron a unos 2.000 agentes, construyeron una valla y tomaron medidas para frenar la migración, así que el flujo se trasladó a las islas. El año pasado, MSF lanzó intervenciones humanitarias en ambos lugares para asistir a estos migrantes, algunos de ellos detenidos durante meses. Entre ellos había 1.500 sirios.

La legislación griega permite mantener en cautiverio a los migrantes indocumentados hasta un máximo de 18 meses, pero desde abril los sirios están exentos de detención a su llegada. Lawand y sus acompañantes se quedaron una noche en el puerto de Lesbos bajo custodia de los guardacostas y otra noche en comisaría. La policía les entregó un documento que les permite quedarse en Grecia durante seis meses: tras este periodo, deben abandonar el país o pueden ser deportados si no renuevan sus papeles. También en esto los sirios son una excepción, porque el resto de migrantes tan solo disponen de un mes para permanecer en suelo heleno.

Lawand ya tiene ese papel y compra su billete de barco a Atenas. Esta vez no espera sorpresas marítimas. “No tengo palabras para explicar esta sensación. Me siento libre y muy contento de estar fuera de Siria”, sonríe el joven. El buque atraca en Atenas bajo la luz matinal. Embelesado, Lawand pisa tierra junto a sus compañeros de odisea. El recibimiento que le ofrece la capital griega son dos agentes que le cogen del brazo. La agencia de la UE que vigila las fronteras de los estados miembros (Frontex) lo retuvo durante varias horas para interrogarle. “Sabían que hablaba inglés. Me preguntaron de dónde era, cómo había llegado, quién me ayudó. Les dije todo lo que sabía y me dejaron en libertad”, cuenta Lawand una vez establecido en Atenas.

Estas no son las únicas dificultades a las que se enfrentan tanto los migrantes sirios como los de otras procedencias. “La mayoría han pagado todo su dinero a los traficantes y aquí no reciben ninguna ayuda del Gobierno”, denuncia Kotsioni, la especialista de migración de MSF. Acogerse al asilo tampoco es una solución: de las 250 solicitudes presentadas por sirios en 2012, tan solo 150 fueron examinadas y dos fueron aceptadas. “Eso quiere decir que gente que en teoría debería de estar protegida no recibe prácticamente ninguna ayuda”, lamenta Kotsioni. Muchos de los refugiados vienen de países en guerra como Afganistán, Irak o Siria y al llegar no solo no se encuentran un cálido recibimiento, sino que en ocasiones pueden ser víctimas de ataques racistas.

Para muchos, la capital helena tan solo es un lugar de paso. “No esperaba que Atenas fuera así. Imaginaba que sería como Europa, como las ciudades británicas, alemanas…”, comenta Lawand, que hasta hace poco no había salido nunca de Siria. Ha pasado un día desde que llegó a Atenas y fue sometido a un interrogatorio y se le nota cansado. Antes hablaba de Canadá, del Reino Unido, de estudiar. Ahora dice que quizá se quede un tiempo trabajando en la capital griega.

Seis semanas después, Lawand confirma a través de un mensaje de Facebook que está haciendo sus últimos preparativos: “Estoy esperando el visado para irme directamente a Canadá”.


Éxodo Sirio, capítulo tres: Estambul acoge a una comunidad siria que duda entre volver a su país o dar el salto a la Unión Europea.

Familia siria en Estambul © Anna Surinyach / MSF

A un lado, Yamán. Tiene doce años, es muy discreto y aficionado del Real Madrid. Tuvo que huir de Siria y ahora vive con su familia en un sótano en Estambul. Echa de menos su pueblo, Al-Kisswah, en las afueras de Damasco, y tiene claro que en cuanto acabe la guerra quiere volver a su país. De mayor, le gustaría ser matemático.

Al otro lado, su hermano Yanal, con un año menos. Le gusta llamar la atención y sus ídolos son los delanteros del Barça. Comparte litera con Yamán en la vivienda que consiguieron alquilar sus padres. Su sueño es salir de Estambul, dejar atrás Siria y residir en una capital europea. ¿Vocación? Periodista.

En una misma familia siria convive la lógica tensión entre el apego a la tierra y el deseo de un futuro mejor. “Si nos vamos, será legalmente”, tercia el padre de los chavales, Hassan Nasser. “Muchos sirios entran de forma ilegal en Europa a través de contrabandistas, pero es muy peligroso. Mi familia no puede hacer eso. Si me saliera algo, iría a Europa con los papeles en regla”, anota Hassan, que se retuerce de dolor en el sillón entre frase y frase.

Hassan participó en las primeras manifestaciones de opositores en marzo de 2011. Las fuerzas de seguridad sirias fueron a buscarlo a casa. Saltó desde el tercer piso y se lesionó la espalda. Un año después, se refugió en Turquía y aún no está claro si se deberá someter a una operación quirúrgica. “Si tuviera la posibilidad de ir a Europa para ser tratado, lo haría. Ojalá pudiera”, suspira. Pese a todo, Hassan aclara que su deseo más intenso es volver a su país una vez que se detenga el derramamiento de sangre.

Estambul acoge a miles de migrantes y refugiados de todos los orígenes. Una gran proporción de ellos ha escapado de rincones del mundo azotados por la guerra como Afganistán, Irak o la República Democrática del Congo. El último país en sumarse a esta lista es Siria. Los que han escapado de las bombas viven sobre todo en campos de refugiados situados a lo largo de la frontera turca con Siria, pero una minoría cada vez más amplia está llegando a Estambul y responde a un perfil bastante definido. “La mayoría de los sirios que hemos visto en Estambul están esperando aquí porque tienen suficientes recursos económicos para ello”, apunta Ghassan Abou Chaar, coordinador de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Estambul, quien añade: “Han sufrido episodios traumáticos debido a la guerra. Hemos comprobado que todavía tienen miedo a hablar con organizaciones internacionales o con la población turca. Están cerrados en sí mismos por miedo a que les identifiquen o a ser deportados de Estambul”.

Hassan no puede trabajar debido a su lesión. Los doctores discuten desde hace meses sobre la pertinencia de una complicada operación que afectaría a una de sus vértebras. Mientras, su colchón financiero se desinfla a en Estambul. Antes de la guerra, Hassan regentaba una tienda de ropa en su pueblo y disfrutaba de una posición económica desahogada. “Lo perdimos todo, no había clientes, no había nada. En mi región, incluso la gente que estaba en peores condiciones económicas que la media podía vivir dignamente al principio de la revolución, pero después muchos se quedaron sin recursos y las asociaciones caritativas los ayudaron”, reflexiona.

Historias como las de Hassan hablan de una clase acomodada que se está desmoronando. Otro ejemplo de ello es Kemal Zori. Regentaba un restaurante en Damasco. No sufrió de forma directa las consecuencias de la violencia, pero sus dos hijos fueron llamados a alistarse al ejército de Bashar al Assad. Toda la familia decidió escapar. “¿A quién iban a combatir?”, se pregunta Kemal, que admite echar de menos la vida antes de la guerra.

La mayor preocupación de Kemal en Damasco era la discriminación que sufría por pertenecer a la comunidad kurda. “Sentíamos que estábamos en el décimo escalón de la sociedad”, lamenta con gesto adusto. Uno de sus hermanos toca el laúd para intentar animar el ambiente. Están esperando la hora de cenar en un piso amplio del barrio de Kanarya, en las afueras de Estambul. La familia no está en una situación desesperada, pero es el símbolo de un grupo social desconcertado por el futuro. “Nos quedaremos aquí, estamos obligados –se resigna Kemal–.  La idea de Europa no está en mi cabeza”.


Àngels Mairal, psicóloga de MSF, llegó a Yemen a mediados de marzo. A las pocas semanas, las autoridades yemenís empezaron a liberar a migrantes retenidos en granjas ilegales, algunos víctimas de tortura. Al mismo tiempo aumentaban las deportaciones desde Arabia Saudí y el número de migrantes que voluntariamente quería volver a casa. Desde entonces, Àngels ha estado trabajando para asistir a esta población.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Con qué problemática te encontraste al llegar a Yemen?

Cuando llegué al país, empecé a trabajar con mis compañeros que asisten a los migrantes en la ciudad de Haradh, en el norte de Yemen, cerca de la frontera con Arabia Saudí. Allí, la Organización Internacional de las Migraciones gestiona un campo donde ingresan algunos de los migrantes que quieren ser repatriados a su país; personas con una necesidad de protección especial como mujeres, niños, ancianos y personas enfermas. Además, en los alrededores de campo, se concentran centenares de migrantes  que están  en la ciudad a la espera de volver a intentar entrar en Arabia Saudí o intentado volver a casa.

MSF tiene dos consultas fuera del campo y allí hacemos sesiones individuales y grupales de salud mental. Mi trabajo durante las primeras semanas fue reforzar nuestro trabajo clínico en esta área y también reforzar la capacidad de otras organizaciones que trabajan con migrantes a través de formaciones de atención psicológica.

¿Qué pasó durante el mes de abril?

A principios de abril, las autoridades yemeníes empezaron a liberar a migrantes que estaban retenidos por traficantes en granjas ilegales. Durante varios días, grupos de alrededor de 200 personas eran referidas a un centro de detención de a las afueras de Haradh. Desde allí, se fueron transfiriendo por grupos a otro centro de detención en Saná, la capital. Como el número de personas era demasiado elevado en Saná, un grupo de alrededor 480 personas estuvo durante varios días una prisión en Amran.

Además coincidiendo con las liberaciones de las granjas, Arabia Saudí deportó grupos de migrantes ilegales a Yemen, que también han estado en estos centros de detención, y otros se han acercado voluntariamente hasta estas instalaciones para ser repatriados.

En Saná, la capacidad del centro de detención es de 200 personas pero ha habido momentos, en que había alrededor de 1.200.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cómo es la situación ahora mismo?

Desde Saná ya han empezado las repatriaciones a Etiopía, de donde son la mayoría de los migrantes. Así se ha podido trasladar a todos los migrantes de la prisión de Amran hasta Saná; el centro allí sigue estando muy por encima de su capacidad.

Se prevé que las deportaciones continúen en los próximos días y no sabemos si luego habrá más liberaciones de granjas ilegales o ha sido algo puntual.

¿Cuál es la situación por la que han pasado estos migrantes?

Yemen está situado en una de las principales rutas migratorias; muchas personas salen del Cuerno de África para buscar una mejor vida en los países del Golfo Pérsico. En el camino, muchos migrantes caen en manos de traficantes. Los migrantes liberados por las autoridades yemenís, nos contaban que han sido víctimas de tortura y malos tratos. Los traficantes les extorsionan para poder conseguir dinero de su familia. Muchos han pasado por experiencias terribles, han sido víctimas de violencia extrema y/o han visto el asesinato de otros migrantes. También antes de las liberaciones, los migrantes que atendíamos en Haradh nos explicaban estas experiencias.

Es verdad que nosotros solo vemos una parte muy pequeña de esta problemática. Se habla de decenas de miles de migrantes atravesando Yemen cada año y no es posible saber cuántos consiguen llegar a Arabia Saudí o cuántos caen en manos de traficantes.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cuáles son las necesidades de esta población a nivel de salud mental?

Aunque todas las personas que vemos han pasado por situaciones similares, el impacto del maltrato en cada persona y su capacidad de recuperación son procesos individuales y dependen de la duración de la experiencia traumática, de la personalidad previa, de los factores de protección y de la propia capacidad de resiliencia.

Vemos síntomas de estrés postraumático: flashbacks, pensamientos recurrentes, insomnio, aislamiento, sentimientos muy fuertes de tristeza. También observamos síntomas psicosomáticos como dolores de cabeza, taquicardias, dificultad para respirar. Muchas personas también tienen dificultades para concentrarse o para seguir una conversación.

También vemos algo que va incluso más allá de todos estos síntomas  y que muchos de ellos expresan diciendo “no tengo derechos, no existo como ser humano”. Estas personas han visto herida su dignidad como seres humanos. Muchos todavía no se sienten a salvo y no tienen todas sus necesidades básicas cubiertas. Tienen mucha incertidumbre, no saben cuándo volverán a Etiopía, cómo será la vida a su vuelta o cómo llegarán a su localidad de origen desde la capital.

La situación de las personas que han sido víctimas de violencia sexual, es especialmente difícil. Al trauma de la vejación o la violación  en sí misma se añade, en el caso de las mujeres, embarazos no deseados, vergüenza, estigma y/o el rechazo familiar a su regreso a casa.

También hemos visto alguna persona con trastorno psicótico o depresión severa que hemos referido al hospital psiquiátrico de Saná. 

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cómo atiende MSF a estas personas?

Centramos nuestra intervención en actividades grupales. El grupo, la comunidad en general, es tradicionalmente un factor de resiliencia importante. El objetivo es restablecer la sensación de control, en la medida de lo posible, sobre el entorno pero también sobre su cuerpo y emociones. Intentamos devolverles su sentido de la dignidad, su capacidad para crear relaciones de confianza. En el momento en que se sienten en confianza pueden empezar a hablar sobre las consecuencias de las experiencias vividas e iniciar un proceso “de duelo” por todo lo que han perdido: tiempo, dinero, salud, amigos, esperanza en el futuro…

Parte de las actividades grupales son psicoeducativas. En ellas, les explicamos los síntomas que pueden experimentar después de las experiencias vividas y les informamos de que probablemente los síntomas irán disminuyendo con el tiempo. También hay grupos de discusión  donde las personas pueden expresar sus preocupaciones y compartirlas con el grupo.

Después de estas sesiones, organizamos otras con grupos más pequeños donde podemos hacer más asesoramiento psicológico y profundizar más en los síntomas. También les invitamos a sesiones individuales, en las que podemos focalizarnos mucho más en la especificad de cada persona.

Debido a la incerteza del momento de la repatriación, son intervenciones muy cortas (muchas veces una o dos sesiones), en las que intentamos aliviar el sufrimiento más agudo de la persona y movilizar sus recursos de afrontamiento de cara al futuro. Pero a pesar de la brevedad hemos apreciado un impacto positivo de nuestra intervención al permitir que la persona pueda expresar libremente su sufrimiento, sin miedo a ser juzgada.


 

 


Desde el 7 de abril, las autoridades yemeníes han liberado a 1.620 migrantes que estaban retenidos por traficantes en granjas –algunos de ellos desde hace meses– en la región de Haradh, en el norte del país. Médicos Sin Fronteras está asistiendo a estos migrantes, incluyendo a 62 niños y 142 mujeres, y ha referido a 71 personas gravemente enfermas al hospital que gestiona en la localidad de Al Mazraq, cerca de la ciudad de Haradh.

Haradh, Yemen, febrero de 2013 © Anna Surinyach / MSF

La mayoría de los migrantes referidos al hospital Al Mazraq habían sido víctimas de la trata de seres humanos, trabajo forzoso y esclavitud. Los pacientes mostraban señales de tortura y abuso mental, físico y sexual por parte de sus captores. Algunos tenían las uñas arrancadas o la lengua parcialmente seccionada, y otros habían sido gravemente golpeados. El personal de MSF también ha tratado a varios migrantes con enfermedades potencialmente mortales, como neumonía, malaria complicada o dengue.

MSF ha proporcionado además asistencia en salud mental a los migrantes después de su liberación y traslado a un recinto en las afueras de la ciudad de Haradh. “Muchos de ellos están física y mentalmente agotados, y sufren trauma psicológico grave debido a las condiciones y al terrible trato que experimentaron durante su retención”, afirma Ángels Mairal, psicóloga de MSF en Haradh. La mayoría de los migrantes que han recibido apoyo psicológico por parte MSF reportaron haber sido víctimas de la tortura.

Dadas las necesidades médicas y humanitarias de los migrantes –algunos de ellos no habían comido en los siete días previos a su liberación por parte de las autoridades yemeníes– MSF les ha proporcionado raciones de alimentos complementarias, y ha intervenido también para mejorar las condiciones de saneamiento en las localidades de tránsito de Haradh y Amran.

Desde Haradh, 800 etíopes han sido trasladados a centros de migrantes en Saná, la capital de Yemen, donde esperan su repatriación; y 550 somalíes han sido transferidos al campo de refugiados de Kharaz, en la gobernación de Lahj. MSF sigue con preocupación la situación en estos centros, ya que no tienen medios, capacidad ni servicios para atender adecuadamente a esta población.

Yemen se encuentra en una de las principales rutas migratorias para las personas que abandonan el Cuerno de África con la intención de llegar a los estados del golfo Pérsico. Muchos de los migrantes huyen de la pobreza extrema y el desempleo en Etiopía y tratan de entrar en Arabia Saudí través Haradh. A menudo, el viaje termina cuando caen en manos de traficantes, que utilizan la tortura y el maltrato psicológico como medio para ganar dinero.

“Estamos haciendo frente a una emergencia dentro de a una situación crónica, y estamos muy preocupados por el futuro de miles de migrantes que se encuentran atrapados en Yemen, en general, y Haradh, en particular, con una asistencia muy limitada”, explica Tarek Daher, coordinador general de MSF en Yemen . “Están exhaustos después de tantos intentos de cruzar la frontera y, sin recursos, la mayoría se convierten en mendigos en Haradh. Tratan de sobrevivir, y viven sin ningún tipo de refugio o sistema de saneamiento digno o comidas regulares”.

MSF reconoce los esfuerzos hechos por el gobierno de Yemen para liberar, acoger y proteger a los migrantes en Haradh y hace hincapié en que este apoyo debe continuar. La organización urge a la comunidad internacional a que ayude a restablecer la dignidad de estos migrantes apoyando a las instituciones que trabajan con ellos.

Junto con las autoridades y algunas organizaciones no gubernamentales, MSF está ampliando su intervención con el fin de mejorar las condiciones de vida de los migrantes atrapados en Haradh y mejorar el acceso a la atención sanitaria de aquellos que han sido liberados o están en tránsito esperando la repatriación.

 


Desde 2009, MSF trabaja en la gobernación de Hajjah, en el norte de Yemen, donde gestiona un hospital cerca de la localidad de Al Mazraq, que proporciona atención sanitaria básica y especializada, cirugía y servicios de emergencia tanto a la población local como a los desplazados en la zona.  Desde el año pasado, MSF también proporciona asistencia en salud mental a los migrantes en la ciudad Haradh.

MSF también lleva a cabo actividades médicas en las regiones de Aden, Ad-Dhale, Abyan y Amran.


Por José Antonio Bastos. Presidente de Médicos Sin Fronteras España

Muchos de ellos viven a la intemperie en los bosques de Nador y Oujda, en frágiles chozas hechas de plásticos. La ilegalidad en la que se encuentran les impide buscar trabajo si no es clandestino, mal pagado, y con frecuencia una estafa. La mayoría no tiene otro recurso que la mendicidad y conformarse con las basuras para comer. Temen, por agresivas, las redadas policiales y las deportaciones a Argelia. Las niñas y mujeres migrantes corren el riesgo de abusos sexuales. Su objetivo es conseguir llegar a Europa, a través del mar en un viaje temerario en botes de plástico de juguete, en zodiacs y pateras; o por tierra, tras sortear la valla que separa Nador de Melilla, donde son repelidos de forma violenta por las fuerzas de seguridad.

Este es el día a día de los cientos de migrantes subsaharianos que, en su esfuerzo por huir de la miseria, acaban atrapados en Marruecos, la frontera en la que colisionan las políticas migratorias con las legislaciones sobre derechos humanos que han refrendado, y dicen defender, Marruecos, España y la Unión Europea.

© Anna Surinyach

 

Nada excepcionalmente nuevo, nada que no supiéramos, pero algo que con frecuencia pretendemos no ver, sobre todo desde el lado europeo del Estrecho de Gibraltar. El informe Atrapados en Marruecos, que Médicos Sin Fronteras ha presentado este miércoles en Madrid y Rabat es, de hecho, un reconocimiento de que pese a las denuncias de las organizaciones que trabajamos en la zona (la propia MSF publicó dos informes en 2005 y 2010), lamentablemente la situación no ha cambiado en los últimos años.

Es más, en el informe se destaca que, fruto del endurecimiento de los controles fronterizos y los acuerdos bilaterales para luchar contra narcotráfico, migración ilegal, tráfico de armas y otros delitos transfronterizos, Marruecos ha dejado de ser un país de tránsito para ser un destino forzoso: un alto en el camino cada vez más prolongado que aumenta la vulnerabilidad de los migrantes, expuestos a violencia cotidiana, pésimas condiciones de vida, marginación y explotación.

Esta vulnerabilidad tiene consecuencias sobre la salud de los migrantes. De las 10.500 consultas médicas que nuestros equipos han atendido en Marruecos entre 2010 y 2012, casi la mitad guardan relación con las condiciones de vida deficientes a las que son obligados: infecciones en vías respiratorias, problemas osteomusculares, cutáneos o gastrointestinales. Patologías que vienen acompañadas de ansiedad, depresión o problemas psicosomáticos.

El informe también recoge, cómo no, la violencia ejercida contra los migrantes por parte de las fuerzas de seguridad, y que este pasado año ha ocupado de nuevo lamentables titulares de periódicos y espacios en los informativos. Según han comprobado nuestros equipos, las redadas violentas (en las que la policía quema las pertenencias de los migrantes) y las detenciones y deportaciones a Argelia (en las que se incluyen grupos vulnerables como embarazadas, menores o heridos) se han incrementado desde diciembre de 2011.

Nuestra lectura es que esta presión tiene mucho que ver con los intentos desesperados por parte de grandes grupos de migrantes de saltar la valla de Melilla, repelidos de forma violenta por las fuerzas de seguridad: sólo en 2012 asistimos a 1.100 personas por heridas asociadas a la violencia. Violencia directa, por agresiones; o indirecta, por lesiones sufridas al huir de las redadas o en el intento infructuoso de sortear la valla.

La violencia, empero, no es únicamente la ejercida por parte de las fuerzas de seguridad. Las redes de tráfico humano y de trata usan con frecuencia métodos violentos contra los migrantes que están a su merced, a sabiendas de la imposibilidad de que recurran a la policía marroquí para ser denunciados. De gran preocupación es la situación de mujeres y niñas, y los niveles de violencia sexual a las que son sometidas; también los varones, aunque en menor medida. Es, por supuesto, muy difícil cuantificar estos niveles, pero los datos de los equipos de MSF son reveladores: casi 700 víctimas atendidas en tres años.

Ante un panorama escasamente cambiante y desolador, el informe sí recoge el avance conseguido en Marruecos en la mejora del acceso a la salud para la población migrante, especialmente en las grandes ciudades y en Oujda. Este acceso debe hacerse extensivo a Nador, por ejemplo, donde los migrantes, por miedo a ser detenidos, no acuden de forma voluntaria a los centros médicos. Esta mejora en el acceso a las estructuras de salud ha significado una reducción de las actividades médicas directas de MSF en el país alauí.

Esperamos que este informe sirva a las administraciones involucradas para tomar nota y actuar en consecuencia. MSF, en todo caso, cesa sus operaciones en Marruecos. Pensamos que el problema primordial de los migrantes no es el del acceso a la salud, sino el desprecio flagrante de sus derechos fundamentales como seres humanos. La lucha por la protección y el respeto a los derechos humanos universales es un ámbito que, aunque esté completamente alineado con el respeto al ser humano que inspira la existencia y acción de Médicos Sin Fronteras, queda fuera de las habilidades institucionales y del trabajo de MSF como organización médico-humanitaria.

Creemos firmemente que debe ser mayor el número de organizaciones sociales y agencias de las Naciones Unidas que se impliquen de forma más contundente en Marruecos para asegurar que ya nadie más, en unos cuantos años, se vea obligado a presentar un informe en el que nada o casi nada haya cambiado.


© Julie Rémy

Candance es originaria de la República Democrática del Congo, tiene 19 años y vive en Salé, ciudad vecina a Rabat. Como tantos inmigrantes procedentes del África subsahariana, Candance se topó de bruces con la muralla que Europa tiene construida a su alrededor y agotadas sus fuerzas y recursos se quedó estancada en Marruecos, un país que no la quiere, en una etapa mas de su desesperado viaje.

Candance viene huyendo de un país en guerra y ante su imposibilidad de llegar a Europa, pidió asilo en Marruecos. Pensó que tal vez el documento como solicitante de asilo que le expidió el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), le daría alguna protección. Candance es paciente de un programa de atención a víctimas de la violencia sexual, ya que fue violada por uno de los grupos de bandidos y contrabandistas que pululan en terreno de nadie, en la frontera entre Argelia y Marruecos. Candance está embarazada de tres meses

El pasado martes 7 de septiembre, venía de mendigar en la puerta de la Mezquita de Salé. En el mes del Ramadán las limosnas suelen ser mas generosas y eso le permite pagarse la comida. Candance nos cuenta:

“ Ese día hacia las 7 de la tarde, cuando ya se había puesto el sol, vi en el camino de vuelta a casa a tres marroquíes. En realidad primero vi a uno que se acercó y me puso la mano en el culo. Yo tuve pánico después de lo que me había ocurrido, así que me giré y le di una bofetada. Fue cuando vi a los otros dos marroquíes que se acercaban.

Entonces apareció un furgón de la policía y los hombres huyeron. Los policías se acercaron e inmediatamente me pidieron los papeles, y como no acertaba a explicarme puesto que no hablo bien el francés, me empezaron a gritar y amenazar. Les mostré la fotocopia de mi documento como solicitante de asilo, el original lo dejo siempre en casa para no perderlo. La Policía me dijo que eso no servía de nada, cogieron el documento y después me metieron en el furgón.

Allí había otros 5 ó 6 subsaharianos como yo. Todos detenidos. Estuvimos dentro del coche de la policía durante algún tiempo, era como si patrullaran por la ciudad buscando más inmigrantes. No podíamos ver donde nos dirigíamos al no tener ventanillas por donde mirar. Después de bastante tiempo, quizás dos o tres horas, nos hicieron bajar. Era una comisaría de policía pero no sé de qué lugar. Nos metieron a todos en una celda y pasamos la noche. No había nada para comer ni beber.

Al día siguiente, miércoles, nos llevaron a todos en otro furgón a otro sitio. Tras varias horas de ruta en carretera llegamos a otra comisaría donde fuimos separados los hombres de las mujeres y encerrados en distintas celdas. En la mía me encontré con otras dos mujeres subsaharianas y una mujer marroquí. La Policía tomaba las huellas y una foto de cada inmigrante. Allí pasé dos días más, sin nada para comer. Pedí que con el poco dinero que tenía encima si se podía comparar alguna cosa, pero los policías me dijeron que no tenía derecho a nada. Sólo comí un poco el último día gracias a que la mujer marroquí encerrada en mi misma celda, recibió comida de su familia y la quiso compartir con las demás.

Por la ventana de la celda veía llegar varias veces ese mismo furgón de Policía con más inmigrantes subsaharianos, a quienes iban encerrando y tomando sus fotos y sus huellas. El viernes nos sacaron a todos fuera y nos metieron en un autobús, pero no era un autobús de la policía, no tenía identificación. En ese momento un policía vino a devolverme mi papel de demandante de asilo. No sé porqué me lo devolvió, ni qué había hecho con él esos días. El caso es que en aquel momento no me sirvió de nada. En el autobús estábamos unos 50 inmigrantes. Partió hacia las 4 de la tarde..Ya de noche lllegamos a un campamento militar en medio de un bosque. Nos ordenaron bajar y allí vi a un grupo de soldados y a más inmigrantes alrededor del autobús, algunos echados en el suelo. Nos ordenaron ponernos en fila, los soldados llevaban fusiles y perros. En ese momento pensé que quizás nos iban a matar a todos, pero nos ordenaron caminar. Algunos soldados iban delante, otros en mitad de la fila y algunos más atrás, vigilándonos. Caminamos en fila durante mucho tiempo. Durante la marcha una chica se cayó al suelo, tuvo como una especie de crisis. Algunos compatriotas se acercaron a ella junto con varios soldados. Ellos quedaron atrás y el resto del grupo seguimos caminando. De pronto los soldados nos dijeron, “este es el camino, seguid andando”. Enseguida todos comenzaron a correr y se hicieron dos grupos, yo no sabía cual tomar de los dos, no sabía a dónde se dirigían y como no me movía, los soldados empezaron a impacientarse: “ date prisa “, me gritaron, azuzando a los perros que llevaban.

Decidí seguir a uno de los grupos al azar. Luego supe que estábamos en tierra de nadie y volvíamos dando un largo rodeo a Marruecos. Después de tantos días sin comida y cansada de caminar ya no podía seguir adelante. Me ayudaron a llegar a un lugar que llamaron “el castillo” donde había otro grupo y hablaron allí con un chico congolés para que me ayudara, ya que ellos continuaban camino hacia los bosques cercanos a Nador.

Mi compatriota llamó a un taxi para que nos llevara a la ciudad de Oujda, pero al principio el taxista se resistió: “ la policía nos ha prohibido que transportemos inmigrantes ilegales”. El trató de convencerlo mostrando nuestros documentos y finalmente accedió a llevarnos a cambio de un precio mucho más elevado de lo habitual. Llegando a Oujda, el taxista nos dejó en el campus universitario donde nos encontramos con compatriotas congoleños. Desde el sábado 11 hasta el lunes 13 de septiembre, la policía destruyó todas las chabolas en las que nos refugiábamos. Por eso nos teníamos que esconder durante el día en los bosques y por la noche, tratar de dormir en el campus donde hace menos frío, siempre vigilando que la policía no viniera a detenernos.

Todo esto ha sido muy difícil. Con mi problema de violación y ahora esto de la expulsión he quedado muy afectada. He pasado mucha hambre y miedo y no termino de comprender que es lo que me ha ocurrido ni por qué.”

Candance logró contactar la semana pasada con la oficina del ACNUR, quienes tras verificar su documentación le ayudaron a regresar a Rabat donde seguirá expuesta a todo tipo de abusos en su viaje a ninguna parte.

“Médicos Sin Fronteras expresa su profunda preocupación por el deterioro de la situación médica y humanitaria de los inmigrantes subsaharianos en Marruecos, debido a la intensificación de las redadas y expulsiones masivas llevadas a cabo recientemente por las fuerzas policiales marroquíes. Cientos de migrantes, entre ellos mujeres y niños, están siendo deportados a “tierra de nadie”, en la frontera entre Marruecos y Argelia, y abandonados allí durante la noche sin comida ni agua.”