MÉDICOS SIN FRONTERAS

Un nuevo informe de MSF revela las dificultades de los países ante unos precios de las vacunas disparados en un mercado farmacéutico marcado por la opacidad.

© Sydelle WIllow Smith

Médicos Sin Fronteras (MSF) reclama a las compañías farmacéuticas GlaxoSmithKline (GSK) y Pfizer que rebajen los precios de la vacuna contra el neumococo a 5 dólares (4.35€) por niño en los países en desarrollo. Esta petición tiene lugar días antes de una importante conferencia de donantes para vacunación que se celebrará en Berlín el 27 de enero. MSF pública hoy la segunda edición de su informe sobre el coste de las vacunas, La mejor vacuna: por un acceso sin barreras a vacunas asequibles y adaptadas’ que muestra cómo, en los países pobres, el precio de la vacunación a niños es hoy 68 veces más alto que en 2001. Esto se traduce en que muchos países no pueden pagar el alto coste de vacunas como las que se emplean contra las enfermedades neumocócicas que causan la muerte de alrededor de un millón de niños al año en todo el mundo.

“El precio por proporcionar el paquete completo de vacunas a un niño es hoy 68 veces más caro que hace tan solo una década, fundamentalmente porque las grandes compañías farmacéuticas han aumentado los precios a donantes y países pobres de aquellas vacunas con las que ya ganan miles de millones de dólares en los países ricos”, explica Rohit Mapani, director de Políticas y Análisis de la Campaña Acceso a medicamentos esenciales de MSF. “Pedimos a los donantes que pongan sobre la mesa una suma adicional de 7.500 millones de dólares (más de 6.000 millones de euros) para poder pagar las vacunas de los países pobres durante los próximos cinco años, teniendo en cuenta, además, que un tercio de esta cantidad irá destinada a sufragar los elevados precios de una sola vacuna: la antineumocócica. Baste el ejemplo para reflexionar sobre cuanto más dinero de los contribuyentes podría traducirse en más niños vacunados si las vacunas fueran más baratas. Creemos que es momento de que GSK y Pfizer pongan de su parte para hacer las vacunas más accesibles y durante más tiempo, ya que los descuentos que a día de hoy ofrecen estas compañías no son suficientes”

Solo la vacuna antineumocócica supone el 45% del total del coste de la vacunación completa de un niño en los países pobres (el paquete completo de vacunación supone la protección contra 12 enfermedades). GSK y Pfizer ya han vendido más de 19.000 millones de dólares de la vacuna contra el neumococo desde su lanzamiento.

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Autores: Lali Cambra (periodista, Médicos Sin Fronteras) y David Cantero (jefe de misión de MSF en Marruecos)

Son cerca de medio millar los migrantes subsaharianos que viven en campamentos improvisados en el Gurugú, en Nador, vecina marroquí de Melilla. Malviven bajo los árboles, protegidos por repechos de la montaña, lienzos de plástico les hacen de manta y saco de dormir, fogatas en el suelo para hervir agua y hacer un té. En las mismas condiciones, en campamentos improvisados, en casas abandonadas, medio millar más están a la espera, en la periferia de Nador o en Oujda (frontera con Argelia), de la ocasión para entrar a Europa, por tierra saltando la valla o por mar en un viaje peligroso en balsas de juguete.

Encajonados en el país alauí, sin poder avanzar y sin poder regresar a sus países, los migrantes africanos denuncian el acoso constante de las fuerzas de seguridad marroquíes, la violencia que emplean para impedirles saltar la valla -que hacen extensible a la Guardia Civil-, las deportaciones a la frontera con Argelia y la imposibilidad de trabajar en Marruecos, un país que se ha convertido en un ‘cul de sac’, el destino forzado de hombres y mujeres que miran a Europa porque tiene que haber algo mejor que lo que dejan atrás. Y que lo que viven ahora.

Lo denuncian ellos y lo denuncia asimismo el recién publicado informe de MSF, Atrapados a las puertas de Europa, en el que se recoge por un lado el aumento de la vulnerabilidad de los migrantes, -indocumentados, irregularizados y sin poder trabajar-, al prolongarse su estancia obligada en Marruecos y en el que por otro lado, se denuncia la violencia institucional y criminal (de redes de tráfico y trata) a la que están sujetos.

El aumento de la vulnerabilidad de los migrantes tiene un impacto en su salud, según constata el informe. Las condiciones de vida a las que están obligados pasan factura física: viven a la intemperie y muchos de ellos, sino la mayoría, se ven forzados a mendigar para poder comer. Más de la mitad de los diez mil atendidos por MSF entre 2010 y 2012 presentaban patologías relacionadas con las condiciones de vida: infecciones de las vías respiratorias, cutáneas, problemas osteomusculares, enfermedades gastrointestinales. La estancia prolongada en Marruecos también impacta en su salud mental: ansiedad y depresión, angustia y problemas psicosomáticos son algunas de las patologías detectadas por los equipos de MSF.

La violencia a la que son sometidos es también uno de los aspectos que destaca el informe. Violencia criminal, por parte de los responsables de las redes de tráfico y de trata que son conscientes de que sus víctimas tendrán miedo de acudir a la policía a denunciarles. Pero también violencia institucional por parte de las fuerzas de seguridad marroquíes y, según denuncian los migrantes, por la Guardia Civil. Cuando los repelen en sus intentos de saltar la valla, y también en redadas diarias que acaban en detenciones y deportaciones a tierra de nadie en la frontera con Argelia. Según han constatado los equipos de MSF, estas deportaciones han incluido a grupos de riesgo como mujeres embarazadas, menores y hombres heridos. Este incremento de la presión diaria de las fuerzas de seguridad es el responsable de que este pasado año y hasta ahora se hayan vuelto a ver intentos de saltar la valla por parte de grupos numerosos de migrantes, a los que se reprime violentamente.

Atrapados a las puertas de Europa también recoge el avance obtenido, fruto del esfuerzo y la presión de organizaciones no gubernamentales involucradas en la lucha por los derechos de los migrantes en colaboración con el ministerio de Sanidad, en el acceso de éstos a las estructuras de salud marroquíes. Esto ha supuesto una reducción progresiva de las actividades médicas directas de MSF, que decidió a finales de 2011 traspasar sus proyectos en Rabat, Oujda y Nador a grupos y asociaciones locales. La salida de MSF, no obstante, está también basada en la conclusión de que el principal problema de los migrantes en Marruecos es la falta de reconocimiento de sus derechos humanos y su protección, la colisión entre leyes migratorias y derechos fundamentales.

La aplicación de las políticas migratorias establecidas, la externalización de las mismas desde la Unión Europea y España a Marruecos, se hace casi exclusivamente bajo un prisma de seguridad interna en el que el respeto a los derechos universales del ser humano, que estos mismos países e instituciones han refrendado, o bien desaparece o es marginal.

MSF ha demandado el fin de la violencia contra los migrantes y ha hecho un llamamiento para que sean más las organizaciones y agencias internacionales que velan por el respeto de los derechos humanos los que se impliquen en Marruecos. Pero también es hora de que los responsables de estas políticas migratorias asuman las consecuencias de las mismas y sean garantes de las legislaciones universales que han suscrito.

Nota: En uno de los enlaces se ha incluído el reportaje Mujeres Invisibles publicado por El Pais Semanal sobre la desolación en la que viven muchas de las mujeres subsaharianas y sus hijos en los suburbios de las ciudades marroquíes sin ayudas ni asistencia y sin poder seguir camino ni regresar a su tierra natal.


Médicos Sin Fronteras (MSF) expresa su preocupación por la creciente violencia contra migrantes subsaharianos indocumentados en la región Oriental de Marruecos, en particular, en la ciudad fronteriza de Nador. Desde finales de abril, los equipos de MSF han atendido a un número cada vez mayor de víctimas de la violencia en la región.

Inmigrantes subsaharianos en Marruecos / MSF

La región Oriental alberga a cientos de migrantes subsaharianos que intentan llegar a Europa. MSF atiende a esta población en la ciudad de Nador, a unos 15 kilómetros de la ciudad española de Melilla, y en Oujda, localidad fronteriza con Argelia, al sur de la región.

“En las clínicas móviles de MSF en Nador, el porcentaje de pacientes atendidos por heridas relacionadas con la violencia se ha doblado: de un 15% a un 34% entre abril y julio”, explica David Cantero, coordinador general de MSF en Marruecos. “Muchas de estas personas han resultado heridas al intentar evitar ser arrestadas o cuando trataban de saltar las vallas fronterizas. Sin embargo, en los últimos meses un mayor número de pacientes nos han dicho que sus heridas eran a resultas de ser golpeados por las fuerzas de seguridad cuando intentaban cruzar hacia España”.

El equipo móvil de MSF acompañó en julio a 20 migrantes heridos al hospital Al Hassani en Nador, donde fueron atendidos por los servicios de salud  marroquíes. Nueve de ellos tuvieron que ser hospitalizados por causas diversas, entre ellas, traumatismos craneales y fracturas de mandíbula y de miembros superiores e inferiores. Tres de ellos tuvieron que ser intervenidos quirúrgicamente.

En Oujda, a 134 kilómetros al sur de Nador, el número de víctimas de la violencia atendidas por los equipos de MSF, directamente o por referencia a los servicios de salud marroquíes, paso de unos 40 pacientes en situación normal a 130 en el mes de julio.

“El hecho de que en julio hayamos sido testigos de un aumento de víctimas de la violencia en Oujda significa que probablemente muchos migrantes fueron deportados a la frontera argelina ya enfermos o heridos, y que están regresando a Marruecos”, explica Cantero. “También es un indicador de la falta de asistencia adecuada a esta población en Nador y de la necesidad urgente de que un mayor número de ONG y organizaciones internacionales se implique en la zona”.

MSF está dispuesta a aumentar sus actividades médicas móviles y a dar apoyo a los servicios de salud de Nador para garantizar que los migrantes pueden acceder a la asistencia médica que necesiten.


© Julie Rémy

Candance es originaria de la República Democrática del Congo, tiene 19 años y vive en Salé, ciudad vecina a Rabat. Como tantos inmigrantes procedentes del África subsahariana, Candance se topó de bruces con la muralla que Europa tiene construida a su alrededor y agotadas sus fuerzas y recursos se quedó estancada en Marruecos, un país que no la quiere, en una etapa mas de su desesperado viaje.

Candance viene huyendo de un país en guerra y ante su imposibilidad de llegar a Europa, pidió asilo en Marruecos. Pensó que tal vez el documento como solicitante de asilo que le expidió el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), le daría alguna protección. Candance es paciente de un programa de atención a víctimas de la violencia sexual, ya que fue violada por uno de los grupos de bandidos y contrabandistas que pululan en terreno de nadie, en la frontera entre Argelia y Marruecos. Candance está embarazada de tres meses

El pasado martes 7 de septiembre, venía de mendigar en la puerta de la Mezquita de Salé. En el mes del Ramadán las limosnas suelen ser mas generosas y eso le permite pagarse la comida. Candance nos cuenta:

“ Ese día hacia las 7 de la tarde, cuando ya se había puesto el sol, vi en el camino de vuelta a casa a tres marroquíes. En realidad primero vi a uno que se acercó y me puso la mano en el culo. Yo tuve pánico después de lo que me había ocurrido, así que me giré y le di una bofetada. Fue cuando vi a los otros dos marroquíes que se acercaban.

Entonces apareció un furgón de la policía y los hombres huyeron. Los policías se acercaron e inmediatamente me pidieron los papeles, y como no acertaba a explicarme puesto que no hablo bien el francés, me empezaron a gritar y amenazar. Les mostré la fotocopia de mi documento como solicitante de asilo, el original lo dejo siempre en casa para no perderlo. La Policía me dijo que eso no servía de nada, cogieron el documento y después me metieron en el furgón.

Allí había otros 5 ó 6 subsaharianos como yo. Todos detenidos. Estuvimos dentro del coche de la policía durante algún tiempo, era como si patrullaran por la ciudad buscando más inmigrantes. No podíamos ver donde nos dirigíamos al no tener ventanillas por donde mirar. Después de bastante tiempo, quizás dos o tres horas, nos hicieron bajar. Era una comisaría de policía pero no sé de qué lugar. Nos metieron a todos en una celda y pasamos la noche. No había nada para comer ni beber.

Al día siguiente, miércoles, nos llevaron a todos en otro furgón a otro sitio. Tras varias horas de ruta en carretera llegamos a otra comisaría donde fuimos separados los hombres de las mujeres y encerrados en distintas celdas. En la mía me encontré con otras dos mujeres subsaharianas y una mujer marroquí. La Policía tomaba las huellas y una foto de cada inmigrante. Allí pasé dos días más, sin nada para comer. Pedí que con el poco dinero que tenía encima si se podía comparar alguna cosa, pero los policías me dijeron que no tenía derecho a nada. Sólo comí un poco el último día gracias a que la mujer marroquí encerrada en mi misma celda, recibió comida de su familia y la quiso compartir con las demás.

Por la ventana de la celda veía llegar varias veces ese mismo furgón de Policía con más inmigrantes subsaharianos, a quienes iban encerrando y tomando sus fotos y sus huellas. El viernes nos sacaron a todos fuera y nos metieron en un autobús, pero no era un autobús de la policía, no tenía identificación. En ese momento un policía vino a devolverme mi papel de demandante de asilo. No sé porqué me lo devolvió, ni qué había hecho con él esos días. El caso es que en aquel momento no me sirvió de nada. En el autobús estábamos unos 50 inmigrantes. Partió hacia las 4 de la tarde..Ya de noche lllegamos a un campamento militar en medio de un bosque. Nos ordenaron bajar y allí vi a un grupo de soldados y a más inmigrantes alrededor del autobús, algunos echados en el suelo. Nos ordenaron ponernos en fila, los soldados llevaban fusiles y perros. En ese momento pensé que quizás nos iban a matar a todos, pero nos ordenaron caminar. Algunos soldados iban delante, otros en mitad de la fila y algunos más atrás, vigilándonos. Caminamos en fila durante mucho tiempo. Durante la marcha una chica se cayó al suelo, tuvo como una especie de crisis. Algunos compatriotas se acercaron a ella junto con varios soldados. Ellos quedaron atrás y el resto del grupo seguimos caminando. De pronto los soldados nos dijeron, “este es el camino, seguid andando”. Enseguida todos comenzaron a correr y se hicieron dos grupos, yo no sabía cual tomar de los dos, no sabía a dónde se dirigían y como no me movía, los soldados empezaron a impacientarse: “ date prisa “, me gritaron, azuzando a los perros que llevaban.

Decidí seguir a uno de los grupos al azar. Luego supe que estábamos en tierra de nadie y volvíamos dando un largo rodeo a Marruecos. Después de tantos días sin comida y cansada de caminar ya no podía seguir adelante. Me ayudaron a llegar a un lugar que llamaron “el castillo” donde había otro grupo y hablaron allí con un chico congolés para que me ayudara, ya que ellos continuaban camino hacia los bosques cercanos a Nador.

Mi compatriota llamó a un taxi para que nos llevara a la ciudad de Oujda, pero al principio el taxista se resistió: “ la policía nos ha prohibido que transportemos inmigrantes ilegales”. El trató de convencerlo mostrando nuestros documentos y finalmente accedió a llevarnos a cambio de un precio mucho más elevado de lo habitual. Llegando a Oujda, el taxista nos dejó en el campus universitario donde nos encontramos con compatriotas congoleños. Desde el sábado 11 hasta el lunes 13 de septiembre, la policía destruyó todas las chabolas en las que nos refugiábamos. Por eso nos teníamos que esconder durante el día en los bosques y por la noche, tratar de dormir en el campus donde hace menos frío, siempre vigilando que la policía no viniera a detenernos.

Todo esto ha sido muy difícil. Con mi problema de violación y ahora esto de la expulsión he quedado muy afectada. He pasado mucha hambre y miedo y no termino de comprender que es lo que me ha ocurrido ni por qué.”

Candance logró contactar la semana pasada con la oficina del ACNUR, quienes tras verificar su documentación le ayudaron a regresar a Rabat donde seguirá expuesta a todo tipo de abusos en su viaje a ninguna parte.

“Médicos Sin Fronteras expresa su profunda preocupación por el deterioro de la situación médica y humanitaria de los inmigrantes subsaharianos en Marruecos, debido a la intensificación de las redadas y expulsiones masivas llevadas a cabo recientemente por las fuerzas policiales marroquíes. Cientos de migrantes, entre ellos mujeres y niños, están siendo deportados a “tierra de nadie”, en la frontera entre Marruecos y Argelia, y abandonados allí durante la noche sin comida ni agua.”