MÉDICOS SIN FRONTERAS

Por José Antonio Bastos. Presidente de Médicos Sin Fronteras España

Muchos de ellos viven a la intemperie en los bosques de Nador y Oujda, en frágiles chozas hechas de plásticos. La ilegalidad en la que se encuentran les impide buscar trabajo si no es clandestino, mal pagado, y con frecuencia una estafa. La mayoría no tiene otro recurso que la mendicidad y conformarse con las basuras para comer. Temen, por agresivas, las redadas policiales y las deportaciones a Argelia. Las niñas y mujeres migrantes corren el riesgo de abusos sexuales. Su objetivo es conseguir llegar a Europa, a través del mar en un viaje temerario en botes de plástico de juguete, en zodiacs y pateras; o por tierra, tras sortear la valla que separa Nador de Melilla, donde son repelidos de forma violenta por las fuerzas de seguridad.

Este es el día a día de los cientos de migrantes subsaharianos que, en su esfuerzo por huir de la miseria, acaban atrapados en Marruecos, la frontera en la que colisionan las políticas migratorias con las legislaciones sobre derechos humanos que han refrendado, y dicen defender, Marruecos, España y la Unión Europea.

© Anna Surinyach

 

Nada excepcionalmente nuevo, nada que no supiéramos, pero algo que con frecuencia pretendemos no ver, sobre todo desde el lado europeo del Estrecho de Gibraltar. El informe Atrapados en Marruecos, que Médicos Sin Fronteras ha presentado este miércoles en Madrid y Rabat es, de hecho, un reconocimiento de que pese a las denuncias de las organizaciones que trabajamos en la zona (la propia MSF publicó dos informes en 2005 y 2010), lamentablemente la situación no ha cambiado en los últimos años.

Es más, en el informe se destaca que, fruto del endurecimiento de los controles fronterizos y los acuerdos bilaterales para luchar contra narcotráfico, migración ilegal, tráfico de armas y otros delitos transfronterizos, Marruecos ha dejado de ser un país de tránsito para ser un destino forzoso: un alto en el camino cada vez más prolongado que aumenta la vulnerabilidad de los migrantes, expuestos a violencia cotidiana, pésimas condiciones de vida, marginación y explotación.

Esta vulnerabilidad tiene consecuencias sobre la salud de los migrantes. De las 10.500 consultas médicas que nuestros equipos han atendido en Marruecos entre 2010 y 2012, casi la mitad guardan relación con las condiciones de vida deficientes a las que son obligados: infecciones en vías respiratorias, problemas osteomusculares, cutáneos o gastrointestinales. Patologías que vienen acompañadas de ansiedad, depresión o problemas psicosomáticos.

El informe también recoge, cómo no, la violencia ejercida contra los migrantes por parte de las fuerzas de seguridad, y que este pasado año ha ocupado de nuevo lamentables titulares de periódicos y espacios en los informativos. Según han comprobado nuestros equipos, las redadas violentas (en las que la policía quema las pertenencias de los migrantes) y las detenciones y deportaciones a Argelia (en las que se incluyen grupos vulnerables como embarazadas, menores o heridos) se han incrementado desde diciembre de 2011.

Nuestra lectura es que esta presión tiene mucho que ver con los intentos desesperados por parte de grandes grupos de migrantes de saltar la valla de Melilla, repelidos de forma violenta por las fuerzas de seguridad: sólo en 2012 asistimos a 1.100 personas por heridas asociadas a la violencia. Violencia directa, por agresiones; o indirecta, por lesiones sufridas al huir de las redadas o en el intento infructuoso de sortear la valla.

La violencia, empero, no es únicamente la ejercida por parte de las fuerzas de seguridad. Las redes de tráfico humano y de trata usan con frecuencia métodos violentos contra los migrantes que están a su merced, a sabiendas de la imposibilidad de que recurran a la policía marroquí para ser denunciados. De gran preocupación es la situación de mujeres y niñas, y los niveles de violencia sexual a las que son sometidas; también los varones, aunque en menor medida. Es, por supuesto, muy difícil cuantificar estos niveles, pero los datos de los equipos de MSF son reveladores: casi 700 víctimas atendidas en tres años.

Ante un panorama escasamente cambiante y desolador, el informe sí recoge el avance conseguido en Marruecos en la mejora del acceso a la salud para la población migrante, especialmente en las grandes ciudades y en Oujda. Este acceso debe hacerse extensivo a Nador, por ejemplo, donde los migrantes, por miedo a ser detenidos, no acuden de forma voluntaria a los centros médicos. Esta mejora en el acceso a las estructuras de salud ha significado una reducción de las actividades médicas directas de MSF en el país alauí.

Esperamos que este informe sirva a las administraciones involucradas para tomar nota y actuar en consecuencia. MSF, en todo caso, cesa sus operaciones en Marruecos. Pensamos que el problema primordial de los migrantes no es el del acceso a la salud, sino el desprecio flagrante de sus derechos fundamentales como seres humanos. La lucha por la protección y el respeto a los derechos humanos universales es un ámbito que, aunque esté completamente alineado con el respeto al ser humano que inspira la existencia y acción de Médicos Sin Fronteras, queda fuera de las habilidades institucionales y del trabajo de MSF como organización médico-humanitaria.

Creemos firmemente que debe ser mayor el número de organizaciones sociales y agencias de las Naciones Unidas que se impliquen de forma más contundente en Marruecos para asegurar que ya nadie más, en unos cuantos años, se vea obligado a presentar un informe en el que nada o casi nada haya cambiado.


  • Anna Surinyach y Médicos Sin Fronteras nos acercan la vida diaria de hombres jóvenes, procedentes de países de África Occidental, que en su gran mayoría –aunque algunos podrían ser demandantes de asilo- dicen haber dejado sus hogares por la pobreza existente, la falta de trabajo y por tener a su cargo a los familiares que han dejado atrás.
  • “Las condiciones de vida aquí nos empujan a la valla. Dormimos en el suelo, comemos frutos, lo que conseguimos en la basura, tenemos que pedir”, dice Moussa. En el monte, buscan enclaves estratégicos para asentarse, agrupados por países de procedencia, por lenguas comunes. En invierno hacen fogatas, para calentar agua y hervir algo de té, para mezclar con harina y conseguir algo de calor. Duermen enfundados en plásticos para protegerse de la humedad.

En el monte Gurugú, para llegar a su escondrijo, Abdou y sus compañeros deben caminar un largo trecho. En el riachuelo lavan las pocas ropas que tienen y utilizan el agua del río hervida para beber (Anna Surinyach)

Llegan sin aliento y empapados, el sudor confundido con la lluvia, derrotados. Han corrido monte Gurugú arriba bajo el aguacero, algunos cojeando, embarrados regresan a casa, bajo los árboles, después de una nueva intentona infructuosa de saltar la valla de Melilla. En la vecina Nador, en el Gurugú, un monte amable de pinos y bosque bajo, habitan en campamentos improvisados varios centenares de migrantes subsaharianos, a la espera de la ocasión para entrar a Europa. Encajonados en el país alauí, sin poder avanzar y sin poder regresar a sus países, denuncian el acoso constante de las fuerzas de seguridad marroquíes, la violencia que emplean para impedirles saltar la valla -que hacen extensible a la Guardia Civil-, las deportaciones a la frontera con Argelia y la imposibilidad de trabajar en Marruecos, un país que se ha convertido en un callejón sin salida, el destino forzado de hombres y mujeres africanos que miran a Europa porque tiene que haber algo mejor que lo que dejan atrás. Y que lo que viven ahora.

El paisaje desde el Gurugú no es sólo la ciudad de Nador, sino también la vecina Melilla. Los migrantes tienen su objetivo – difícilmente alcanzable- a la vista de forma continua (Anna Surinyach)

“Hemos estado toda la noche esperando, toda la noche nos ha llovido, al lado de la valla, esperando la ocasión, pero no ha sido hasta la mañana que ha surgido. No ha sido posible, no ha pasado nadie”. Mussa tiembla en el frío de noviembre. “Eramos más de cien. A mí los militares me han dado con una piedra en la cabeza. En la valla se han quedado unos veinte, con los pies atrapados en el alambre de espino, los hemos tenido que dejar, les estaban pegando”. Tiene 25 años, es de Mali y llegó a Marruecos hace un año. Esta ha sido su segunda intentona.

Los hombres del Gurugú se quejan de no poder trabajar en Marruecos y, por lo tanto, de verse forzados a vivir en condiciones indignas en el monte (Anna Surinyach)

Son todo hombres jóvenes, la mayoría de países de África Occidental que aseguran haber salido de sus países por falta de recursos económicos, por la inexistencia de trabajos, por la corrupción, porque son responsables de familiares, hermanos, madres que han dejado atrás, malviviendo. “No he podido enviar nada a mi madre y a mi tres hermanos pequeños desde que he llegado aquí”, se lamenta Mussa. Asegura que seguirá intentado pasar a través de la valla. El Estrecho le da miedo. Se hizo al mar en una barca de recreo, “de las que hinchas soplando”, que compró a duras penas con unos cinco compañeros. Dos de ellos se ahogaron. Leer más


Médicos Sin Fronteras (MSF) expresa su preocupación por la creciente violencia contra migrantes subsaharianos indocumentados en la región Oriental de Marruecos, en particular, en la ciudad fronteriza de Nador. Desde finales de abril, los equipos de MSF han atendido a un número cada vez mayor de víctimas de la violencia en la región.

Inmigrantes subsaharianos en Marruecos / MSF

La región Oriental alberga a cientos de migrantes subsaharianos que intentan llegar a Europa. MSF atiende a esta población en la ciudad de Nador, a unos 15 kilómetros de la ciudad española de Melilla, y en Oujda, localidad fronteriza con Argelia, al sur de la región.

“En las clínicas móviles de MSF en Nador, el porcentaje de pacientes atendidos por heridas relacionadas con la violencia se ha doblado: de un 15% a un 34% entre abril y julio”, explica David Cantero, coordinador general de MSF en Marruecos. “Muchas de estas personas han resultado heridas al intentar evitar ser arrestadas o cuando trataban de saltar las vallas fronterizas. Sin embargo, en los últimos meses un mayor número de pacientes nos han dicho que sus heridas eran a resultas de ser golpeados por las fuerzas de seguridad cuando intentaban cruzar hacia España”.

El equipo móvil de MSF acompañó en julio a 20 migrantes heridos al hospital Al Hassani en Nador, donde fueron atendidos por los servicios de salud  marroquíes. Nueve de ellos tuvieron que ser hospitalizados por causas diversas, entre ellas, traumatismos craneales y fracturas de mandíbula y de miembros superiores e inferiores. Tres de ellos tuvieron que ser intervenidos quirúrgicamente.

En Oujda, a 134 kilómetros al sur de Nador, el número de víctimas de la violencia atendidas por los equipos de MSF, directamente o por referencia a los servicios de salud marroquíes, paso de unos 40 pacientes en situación normal a 130 en el mes de julio.

“El hecho de que en julio hayamos sido testigos de un aumento de víctimas de la violencia en Oujda significa que probablemente muchos migrantes fueron deportados a la frontera argelina ya enfermos o heridos, y que están regresando a Marruecos”, explica Cantero. “También es un indicador de la falta de asistencia adecuada a esta población en Nador y de la necesidad urgente de que un mayor número de ONG y organizaciones internacionales se implique en la zona”.

MSF está dispuesta a aumentar sus actividades médicas móviles y a dar apoyo a los servicios de salud de Nador para garantizar que los migrantes pueden acceder a la asistencia médica que necesiten.