MÉDICOS SIN FRONTERAS

Esperanza Santos, enfermera madrileña de 32 años, forma parte del equipo de emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF). Su trabajo consiste en coordinar las actividades médicas en el terreno ante desastres naturales, epidemias, conflictos, etc. Ahora está en Níger, desde donde apoya la intervención en el norte de Malí y responde al gran pico de malaria que se está produciendo en plena crisis nutricional, y al que en los últimos días se ha añadido la aparición de casos de cólera.

Esperanza Santos atiende a un niño en Sudán. © Juan Carlos Tomasi/MSF

¿Cuál es la situación actual en Níger?

Níger es uno de esos sitios del mundo donde uno corrobora todas las estadísticas que ha oído y leído sobre el hambre y la pobreza en el mundo. Cuando escuchas eso de “cada minuto mueren 10 niños de hambre en el mundo”, o eso otro de “cada minuto muere un niño de malaria en el mundo”, no te haces una idea de lo que significa. Hasta que llegas a un sitio como el distrito de Madaoua, uno de los lugares donde MSF trabaja en Níger, y lo ves con tus propios ojos.

En Madaoua hay desnutrición y malaria todo el año, pero durante este periodo se multiplican los casos. Por un lado, es la época del año en que las reservas de grano de las cosechas del año anterior se están agotando y las nuevas cosechas aún no se han recogido: este periodo se conoce como hunger gap y dura hasta octubre-noviembre. Por otra, estamos en plena estación de lluvias y, durante estos meses, los casos de malaria se disparan. Estas dos patologías juntas, la desnutrición y la malaria, son fatales para los niños más pequeños.

Llevas dos meses en Madaoua trabajando en malaria, ¿qué te encontraste al llegar?

Me encontré a la gente que está trabajando en el proyecto de desnutrición,  haciendo ya frente al comienzo de la época de los picos de desnutrición y malaria. El año pasado, 20.000 niños menores de 5 años fueron admitidos en el programa nutricional de MSF en Madaoua. Casi todos ellos siguieron el tratamiento a nivel ambulatorio. Solo cuando los niños están muy débiles o con alguna otra enfermedad asociada, se les lleva al hospital y se les hace un tratamiento intensivo, que suele durar unas dos semanas. En el hospital de Madaoua, también nos hacemos cargo de la parte de pediatría, en la que ingresan los niños que están enfermos pero no están desnutridos.

Cuando llegué a Madaoua, los ingresos estaban empezando a multiplicarse y ahora siguen siendo muy altos. Además de las salas habituales para los desnutridos y la de pediatría, ya hay montadas cinco tiendas de campaña grandes y está todo lleno. La semana pasada, entre pediatría y desnutridos, había más de 300 niños ingresados. Y siguen viniendo. La malaria es una de las enfermedades que más vemos y por eso mi trabajo aquí consiste en coordinar una estrategia para acercar el diagnóstico y el tratamiento a la comunidad.

¿Nos puedes explicar en qué consiste esta estrategia de malaria?

La idea es descentralizar el diagnóstico y tratamiento de la malaria todo lo que se pueda para hacerlo más accesible a la población. En la zona rural hay un grave problema de acceso al sistema sanitario: en ocasiones, el centro de salud más cercano está a más de 10 e incluso 20 kilómetros de distancia, así que una madre (probablemente embarazada) caminando con un niño enfermo de malaria a cuestas es incapaz de llegar al centro para conseguir el tratamiento.

Hemos formado a la red de trabajadores comunitarios para que puedan realizar tests rápidos de malaria, dar tratamiento e identificar los casos graves que deban ser referidos al hospital. También hacemos detección de casos de desnutrición, para referir al programa nutricional a los niños que necesiten tratamiento y vacunamos de sarampión a los niños que no están inmunizados.

¿Cuántos casos de malaria habéis tratado en las últimas semanas?

En agosto se han disparado los casos. Solo en el proyecto de Madaoua hemos tratado 22.000 casos de malaria, mientras que en julio tratamos 6.200. Por eso es tan importante la estrategia de malaria: para tratar a estos niños lo antes posible e impedir que contraigan la forma severa de la enfermedad o mueran.

A esta situación se ha sumado el cólera desde hace unas semanas. ¿Cuál es la situación?, ¿cuántos casos hay?, ¿dónde estáis trabajando?

El primer caso fue el 19 de agosto en Galmi, un pueblo que está a unos 40 kilómetros de Madaoua, en la carretera principal que viene desde Niamey y va hasta Maradi y la frontera de Nigeria. Una semana más tarde comenzaron los casos en Koumassa (a medio camino entre Galmi y Madaoua). Llevan 185 y 75 casos registrados respectivamente, y hasta el momento han muerto siete personas en Galmi y dos en Koumassa. En Madaoua también ha habido algunos casos de cólera, pero de momento parece que no han ido a más.

Estamos trabajando en los tres sitios, en colaboración con los distritos sanitarios. Se han abierto tres unidades de tratamiento, donde nos encargamos de toda la logística (materiales, construcción, tratamiento de agua y desinfección), trabajamos con el personal médico del distrito, hemos dado formación sobre cólera porque en esta zona hacía por lo menos siete u ocho años que no había habido casos, y también hemos hecho donación de material médico y medicamentos.


Familia touareg cultivando mijo en Dakoro, Níger.(© Damien Follet/MSF 2009)

La franja del Sahel que se extiende desde el sur de Mauritania, a orillas del Océano Atlántico, hasta Eritrea en el Mar Rojo, se encuentra en situación de emergencia alimentaria. En países por la que discurre, como Malí, Burkina Faso, Níger o Chad, el hambre comienza a amenazar la vida de millones de personas. Entre ellos, casi dos millones de niños menores de cinco años corren riesgo de morir en los próximos meses víctimas de la desnutrición aguda.

En el borde del desierto del Sahara, Níger sufre periodos de sequía, en ocasiones plagas de langosta e inundaciones repentinas que vienen provocado desde hace décadas ciclos de inseguridad alimentaria y malnutrición. La sufrió a principios de 1970, se repitieron a mediados de 1980, en el 2005 y todo apunta a que en los próximos meses de este mismo año se producirá una nueva hambruna brutal. En Níger, por poneros el ejemplo de uno de los países del Sahel, la agricultura de secano y la ganadería constituyen casi la mitad de la economía del país. De ellas dependen casi dos tercios de sus algo más de13 millones de habitantes. Cuando las lluvias fallan como ha vuelto a ocurrir esta vez y cae la producción de cereales, pocas familias disponen de recursos suficientes como para mantenerse todo el año.

Los pequeños agricultores carecen de capacidad para almacenar la mayor parte del mijo que cultivan. Cuando llega la época de recogida de sus cosechas, se ven obligados a venderlo a las grandes empresas que lo comercializan, en un momento en el que al haber más oferta el precio que se paga está más bajo. La consecuencia es que se quedan con pocos ahorros para conseguir llegar hasta la próxima cosecha y según van pasando los meses, el mijo que constituye la dieta básica de sus familias, comienza a escasear en los mercados y su precio sube. Y aquí se da la cruel paradoja por la que un agricultor nigerino se ve obligado a comprar en el mercado el mijo que el mismo cultivó, pero a un precio varias veces superior al que obtuvo cuando meses atrás vendió su cosecha. Para mantenerse, tendrá que vender su escaso ganado, si lo tiene y la familia deberá reducir drásticamente su dieta a una sola comida al día. Una dieta por lo demás de mijo y agua. Pan y agua para entendernos, que tiene consecuencias médicas demoledoras espacialmente en los niños más pequeños cuando se ven privados de algo tan básico como la leche (ver post : “Desnutrición Infantil de 5 de mayo)

El periodo crítico en Níger va de junio a octubre. Ahora mismo, sin ir más lejos. Durante estos meses se repetirá una vez más los dos principales factores que inciden en la desnutrición: el agotamiento de las reservas de alimentos y el aumento de enfermedades como la diarrea y la malaria que coinciden con una corta estación de lluvia que está a punto de llegar.

Desgraciadamente ya sabemos por experiencia la que se avecina. Con permiso del genial García Márquez, esta será una vez mas, y son ya demasiadas sin que se le ponga remedio, la crónica de una hambruna anunciada.


Campo de desplazados de Hamedia en Zalingei (Darfur) (© Anne Yzèbe/MSF)

Imaginemos que casi la mitad de la población española está en riesgo de muerte. Lo que podría parecer inconcebible, es de hecho la realidad de 20 millones de niños amenazados por la desnutrición aguda severa en el mundo. Ésta es la dimensión humana de una crisis, la del precio de los alimentos, que como flor de un día ocupó portadas, provocó indignación e incluso tuvo el privilegio de ser uno de los temas centrales en una Cumbre del G-8. Tal vez la recordéis, aquella que se celebró en Japón en verano de hace dos años y en la que los mandatarios de las principales economías mundiales tras debatir sobre el hambre en el mundo, concluyeron su reunión con una cena de 19 platos. Un menú titulado : “ Bendiciones de la Tierra y el Mar”, que costó entorno a los mil dólares por cubierto. Por aquellas fechas el número de personas que no recibían bendiciones de ningún tipo, sino que pasaban hambre a diario, rondaba la bochornosa cifra de 920 millones. Hoy ya son más de 1.000 millones. Eso si que es voluntad política y capacidad para atajar problemas.

Por el título del post de esta semana, os preguntareis cómo afecta esto a los niños y por qué ante este panorama, me detengo especialmente en ellos. La especulación en  los mercados financieros en torno a las materias primas, incluidos los alimentos básicos, figura como una de las principales causas que provocan el incremento de sus precios, agudizando la crisis crónica del hambre y, en el caso de los más pequeños, la de la desnutrición infantil. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, actualmente hay 178 millones de niños desnutridos en el mundo, de los cuales 20 millones sufren desnutrición aguda severa. Un claro síntoma de esta enfermedad es la consunción: si durante la primera infancia, un niño no recibe la alimentación que necesita para mantener un buen ritmo de crecimiento, su organismo empieza a consumir sus propios tejidos para obtener los nutrientes que no le aporta la dieta diaria. Si a este niño no se le trata a tiempo, morirá o, con “suerte”, sobrevivirá con graves secuelas.

Valorad el hecho de que la desnutrición infantil aguda es una enfermedad que acaba con la vida de nueve niños menores de 5 años ¡¡por minuto!! Añadid que, aunque esta enfermedad tiene un  sencillo y eficaz tratamiento conocido como alimentación terapéutica -el que recibe de su madre el niño de la foto-,  solo llega al 9% de los que lo necesitan con urgencia. Por tanto a la brutalidad de la cifra de víctimas que provoca la desnutrición, se une la inmoralidad del hecho de ser muertes fácilmente evitables. Por si fuera poco, la destrucción que la desnutrición aguda genera en el organismo del niño enfermo marca de por vida a los que consiguen sobrevivirla. Sus secuelas, entre las que se encuentran una mayor propensión a caer fácilmente enfermos, la ceguera o la merma intelectual, les acompañarán como una carga el resto de sus días, lo que constituye  un mecanismo de transmisión intergeneracional de la pobreza. El principal recurso de un país pobre es su capital humano. La perdida de vidas y las incapacidades provocadas por la desnutrición entre sus niños, contribuye decisivamente a perpetuar su situación de pobreza también en el futuro.

Todo ello sería fácilmente evitable con esa voluntad política de la que no hicieron gala los líderes mundiales reunidos en Japón, que en cambio y desde entonces no han dudado en inyectar miles y miles de millones de dólares para volver a dar liquidez a los sistemas financieros. Qué paradoja, los mismos que especulan con lo que haga falta para obtener beneficios. Con esa voluntad y en este caso con una parte infinitesimal de esa cifra, sería suficiente.