MÉDICOS SIN FRONTERAS

El coordinador del proyecto de MSF Ahmed Fadel describe las reacciones rápidas, el trabajo en equipo y los extremos emocionales implicados en la respuesta a una emergencia en el hospital de Chatuley en Léogâne, Haití.

Ahmed Fadel, coordinador del proyecto de MSF en Leogane, Haití. © MSF

Son más de las diez de la noche en el hospital Chatuley de MSF en Léogâne, Haití. Un niño de dos años de edad está recibiendo oxígeno. Está en un coma profundo después de una lesión traumática en la cabeza. Está a punto de dejarnos. El pediatra y dos enfermeras parecen desesperados. Otra enfermera lo acaricia tiernamente y lo calma antes de su partida de este mundo. Se ha ido. No se podía hacer más, hicimos todo lo posible para salvarlo pero su destino estaba sellado.

La jefa de enfermeras, con lágrimas en los ojos, lo abraza y se lo lleva a su madre. Ella también está recibiendo atención médica. Hay un momento de silencio. Debido al estado de shock en el que se encuentra, se toma un momento para decirle lo que ha sucedido, entonces rompe en llanto. El personal a su alrededor guarda un respetuoso silencio. En ese momento sentimos como si el mundo hubiera dejado de girar. Todo a nuestro alrededor se detuvo, a excepción de las lágrimas que rodaban por nuestras mejillas.

Vamos a poner la escena. A principios de ese día…

Es una hermosa y soleada mañana de martes en Léogâne. Tengo una agenda completa por delante: largas reuniones con los equipos para discutir nuestras metas y los objetivos alcanzados hasta el momento, la organización de tareas para el mes que sigue y el debate sobre las estrategias claves para el próximo año. Al final del día tomamos un atajo de vuelta a la base. Pasamos junto a una familia que vive en un refugio improvisado y un hombre nos pide que paremos. Supongo que está a punto de pedir ayuda médica y estoy aliviado de tener un médico conmigo. Pero, el hombre quiere mostrar su gratitud y darnos las gracias por nuestro trabajo, dándonos un pequeño regalo: una fruta. Volvemos a la base, contentos por este pequeño pero conmovedor gesto, y la compartimos con el equipo. Parece que será una velada agradable… o al menos eso creemos.

A las 7:45PM escuché unas sirenas a lo lejos. Antes de que tuviera oportunidad de preguntar qué es lo que está pasando, un guardia se apresura y nos informa que desde el hospital por radio han enviado un mensaje. Hubo un accidente de tráfico que resultó en un número importante de heridos con lesiones leves. El equipo del hospital debería ser capaz de manejar la situación. Pocos minutos después, a las 8PM, dos cirujanos, una enfermera y el anestesista reciben llamadas: los necesitan en la sala de operaciones. A las 8:25M me informan que el número de heridos podría ser mayor de lo que pensamos.

Llego al hospital a las 8:33PM. Hay filas de camiones y ambulancias del servicio de salud del gobierno y de la Cruz Roja de Haití afuera de la sala de emergencias, todos llenos de heridos. Los camilleros se sienten abrumados. Más de 30 heridos acaban de llegar y hay más ambulancias en el camino.

¡Pide refuerzos!

Rápidamente, me pongo a trabajar empiezo por acomodar los vehículos para hacer espacio a los demás, y luego me hago cargo de la dirección de la sala de emergencias. Hay personas con lesiones en todas partes a la espera de ser atendidas. El cirujano me dice que necesitan más personas para que ayuden a recibir a más heridos que están por llegar en cualquier momento. Agarro el teléfono para marcar el número de la base, sólo para encontrar decenas de mensajes desde el equipo preguntando si nos pueden ayudar. Les escribo: “¡Emergencia / muchas heridas graves/ apoyo necesario / todas las manos son bienvenidas”. La respuesta: “Mensaje recibido, todo el equipo está en camino”.

Vuelvo a la sala de emergencias y me encuentro con un compañero de otra organización, que me comenta lo que ha sucedido. Dos grandes camiones colectivos han colisionado. Estaban llenos de pasajeros, hacinados unos encima de otros -deben ser alrededor de 60 o 70 personas las involucradas. Ocurrió cerca de Gressier, en la carretera principal entre Port-au-Prince y Léogâne. El camino se ha cerrado para permitir que todos los heridos sean evacuados y para mover los camiones. Esto significa que Chatuley el hospital de MSF es el único centro de salud accesible.

En 8:38PM el camión de MSF se detiene con nuestros refuerzos: médicos, enfermeras, parteras y especialistas en logística. Todo el equipo de personal internacional ha llegado, enfocado y determinado. “¡Infórmanos sobre la situación y dinos lo que tenemos que hacer!” Resumo rápidamente: “Todo tipo de lesiones – 30 personas – más están en camino. A los médicos: el médico de urgencias y los cirujanos son su principal referencia, siga sus instrucciones. A los logistas: síganme”. Apenas termino de hablar cuando veo nuevas tropas llegar: el personal de salud de Haití. Ellos estaban tomando un descanso, pero han dejado todo y vinieron aquí después de conocer la noticia. Están esperando mis instrucciones cuando ni siquiera he tenido que llamarlos.

A partir de entonces es un hervidero de actividad: sin estrés, sin pánico, sólo un rumor positivo en el aire. Todo el mundo sabe su papel y su lugar. No hay gritos, sin prisas, sólo acción. Esta actitud calma a los heridos y a sus familiares que tienen que esperar con ansiedad a distancia. La gente confía en nosotros.

El mundo deja de girar por un momento

A las 10:30PM una nueva oleada de heridos llega y no es un espectáculo agradable. Tomamos decisiones y trabajamos con determinación y profesionalismo. Alrededor de las 11PM perdemos los casos más graves, un total de cuatro hasta ahora. No podemos dejar que eso nos derrumbe, levantamos nuestras defensas emocionales y trabajamos.

A las 11.15PM el niño de dos años de edad, muere bajo las caricias de la enfermera. Silencio. Veo las lágrimas silenciosas mientras la enfermera lo lleva a su madre para que ella lo pueda abrazar una última vez. En ese momento, el mundo deja de girar.

A las 11.30hs el médico de urgencias anuncia, tranquilizador: “Los pacientes están estables y listos para ser transferidos a las salas de observación y a las tiendas de campaña improvisadas”. Todo el mundo reacciona. No importa si es camillero, cirujano, médico, incluso un miembro del personal no médico: ahora todos ayudan a llevar las camillas. Comienza la transferencia.

En la recta final

Ha pasado la medianoche, sólo hay tiempo para limpiar y poner todo en orden, antes de regresar a la base. En el coche, el equipo tiene un momento de silencio, intercambiamos miradas y de repente, orgullosamente empezamos a reír. “Amigos”, dijo uno en voz alta, “43 heridos, la mitad de ellos graves y en riesgo de morir, y los salvamos.” “¡Sí, lo hicimos!”, respondió otro.

Aliviado, nos dirigimos a la cama, porque mañana será otro día. Vamos a tener que hacernos cargo de los seguimientos de las personas lesionadas, y de las transferencias a otros hospitales de MSF en Port-au-Prince. También tendremos que pasar por el proceso de identificar a los muertos con el Juez de Paz, así como la recepción y el apoyo a las familias de los fallecidos, todo esto sin que el hospital deje de funcionar.

Estaré poniendo al tanto del trabajo al nuevo pediatra que acaba de llegar y su bienvenida fue responder a esta emergencia. Ya sé lo que le voy a decir: “Gracias por todo lo que hiciste ayer y por todo lo que harás. ¿Ves? De esto se trata MSF”.

Desde 2010, MSF ha dirigido el hospital de Chatuley en Léogâne, a unos 30 km de la capital de Haití, Port-au-Prince. El hospital ofrece atención médica de emergencia disponible 24 horas al día.


Tres años después del terremoto que sacudió Haití, el sistema de salud aún no se ha recuperado, debido a las promesas incumplidas de los países donantes de fondos y a la falta de unas prioridades claras por parte de las autoridades haitianas y de la comunidad internacional.

Hospital prefabricado de Chatuley, en Léogâne © Emilie Régnier

Médicos Sin Fronteras (MSF) todavía gestiona cuatro hospitales que fueron construidos para reemplazar a las improvisadas estructuras levantadas por la organización médico-humanitaria en los días posteriores al seísmo. Además, los equipos de MSF también siguen luchado contra el cólera, la otra gran catástrofe que golpeó a los haitianos en 2010.

El 12 de enero de 2010, la mayoría de los hospitales en la zona afectada por el terremoto quedaron destruidos o gravemente dañados. A día de hoy, decenas de miles de haitianos reciben atención médica de calidad y gratuita en los hospitales gestionados por MSF,  y la posibilidad de que la organización pueda traspasar estas actividades a las autoridades haitianas parece aún lejana.

“El proceso de transición es demasiado lento debido a las insuficiencias de las instituciones haitianas, pero también a las promesas incumplidas de los países donantes de fondos y a la falta de unas prioridades claras por parte del gobierno y de la comunidad internacional”, explica Joan Arnán, jefe de Misión de MSF en Haití.

Léogâne, la ciudad más cercana al epicentro del terremoto y que quedó en gran parte destruida (a unos 30 kilómetros de Puerto Príncipe), aún parece un gran solar en construcción. La mayor parte de los supervivientes fueron realojados, pero el hospital de MSF sigue siendo la única estructura de la región que ofrece atención médica gratuita las 24 horas del día.

MSF llegó a Léogâne justo después del terremoto e instaló un hospital en tiendas de campaña; en septiembre de 2010, las tiendas fueron reemplazadas por contenedores. Además de la maternidad, el hospital atiende urgencias médicas y dispone de un servicio de cirugía, en el que la mayoría de las intervenciones quirúrgicas son cesáreas y heridos en accidente de tráfico. En otro edificio se pasa consulta externa a mujeres embarazadas y a niños menores de 5 años.

Aunque MSF tiene como objetivo traspasar progresivamente estas actividades al Ministerio de Salud Pública, el hospital de Léogâne atrae cada vez a más pacientes. Algunos llegan desde Puerto Príncipe, un síntoma de la falta de atención médica adecuada incluso en la capital. La maternidad, por ejemplo, registra una media de 600 partos al mes, con picos de más de 800. Las otras estructuras médicas se ven obligadas regularmente a referir pacientes al hospital de MSF, desde partos sencillos hasta otros complicados que requieren cesárea.

“El hospital llena un vacío que existía mucho antes del terremoto. La mayoría de los haitianos no tenían acceso a los servicios de salud antes del 12 de enero de 2010, sea por una oferta deficiente de servicios o porque eran personas sin recursos”, indica Arnán. “Nosotros intervenimos para responder a las consecuencias de la catástrofe hasta que la reconstrucción se pusiera en marcha y las estructuras de salud pública pudieran tomar el relevo. Desafortunadamente, han pasado tres años y no ha cambiado casi nada en materia de acceso a los servicios de salud”.

MSF sigue luchando también contra el cólera. La epidemia se declaró en octubre de 2010, y la deficiente respuesta es otra muestra de la falta de recuperación del sistema de salud: desde entonces, el país ha sufrido brotes recurrentes de la enfermedad. Solo en 2012, más de 22.990 pacientes con cólera han sido atendidos en los centros de tratamiento de MSF en Puerto Príncipe y Léogâne. El número de casos aumentó a raíz del paso de los huracanes Isaac y Sandy el pasado otoño, al provocar las lluvias el desbordamiento de los desagües abiertos, favoreciendo así la propagación de la bacteria responsable de la enfermedad. A pesar de la reciente disminución de casos, MSF aún recibía, a fines de 2012, más de 500 casos por semana.

“La mayoría de la población no tiene acceso a agua potable y a saneamiento, y a ello se suma el que el tratamiento del cólera no está bien integrado en las pocas estructuras de salud pública existentes”, indica el jefe de Misión de MSF. Por ejemplo, en Léogâne, varias organizaciones humanitarias que trabajaban contra la epidemia se retiraron por falta de fondos; desde entonces, se ha incrementado el número de pacientes ingresados en los centros de tratamiento de MSF. La situación es la misma en Puerto Príncipe, donde los centros de tratamiento de MSF en Delmas y Carrefour son los únicos que existen.

MSF en Haití
MSF trabaja con proyectos regulares en Haití desde 1991 y ha respondido además a las repetidas catástrofes naturales y otras emergencias sufridas por el país.

Durante los diez meses posteriores al terremoto del 12 de enero de 2010, los equipos de MSF trataron a 358.000 pacientes, realizaron 16.570 intervenciones quirúrgicas y asistieron 15.100 partos; más de 80% de los 120 millones de euros recogidos en 2010 para las actividades de emergencia de MSF en Haití se gastaron en este periodo. Desde finales de octubre de 2010, MSF también dio respuesta a la epidemia de cólera, tratando a 170.000 pacientes en un año, con un coste de 35 millones de euros.

En la actualidad, MSF todavía gestiona cuatro hospitales en la zona afectada por el terremoto. Se trata del hospital en Léogâne, con 160 camas, y de otros tres en Puerto Príncipe: el centro de referencia para emergencias obstétricas de 110 camas en el barrio de Delmas, inaugurado en abril de 2011; el hospital de urgencias de 130 camas instalado en mayo de 2011 en Drouillard, cerca de la barriada chabolista de de Cité Soleil; y el centro quirúrgico Nap Kembe, de 110 camas, inaugurado en febrero de 2012 en la zona industrial de Tabarre.

En 2012, unos 30.000 pacientes fueron ingresados en alguno de estos hospitales. Además, MSF ha tratado a casi 23.000 pacientes en los centros de tratamiento de cólera en Puerto Príncipe y Léogâne.

En la actualidad, los equipos de MSF en Haití están integrados por 2.500 trabajadores, de los cuales el 95% son haitianos. Los recursos humanos representan alrededor de la mitad del presupuesto anual de MSF en este país, 40 millones de euros en total.

 


A menudo se oyen críticas que identifican a los haitianos con la violencia. Los medios de comunicación airean con frecuencia sus llamados excesos: atacan a los cascos azules a los que acusan de haber llevado el cólera a su país, reaccionan violentamente ante lo que consideran un fraude electoral, levantan barricadas, incendian neumáticos…..

Uno mira su historia reciente y no puede por menos que comprender su frustración y su ira. Un pueblo abandonado por sus propias élites cómodamente asentadas en el extranjero , que no dudan en anteponer sus privilegios aún a costa del sufrimiento de su propia gente. Un gobierno débil acusado de corrupto y sin capacidad de reacción, tutelado por los cascos azules de la ONU, percibidos por la población como fuerzas de ocupación, que a pesar de los años transcurridos no han aportado nada a su país. Un país pobre y abandonado por la llamada comunidad internacional, que de la noche a la mañana descubre que en Haití existe gente que sufre y, al hilo de su desgracia, sus líderes no dudan en fotografiarse entre los escombros y prometer con gesto firme soluciones a su sufrimiento que hasta hoy nadie ha visto.

En solo un año, un terrible terremoto tira por tierra lo poco que aún se mantenía en pie. Acaba con la vida y deja marcados para siempre a cientos de miles de personas. Después las tormentas tropicales, y ahora la epidemia de cólera, ante la que tanto organismos de coordinación de Naciones Unidas como una gran mayoría de las organizaciones internacionales presentes sobre el terreno no están siendo capaces de actuar con eficacia para hacerle frente.

Miro esta fotografía y no puedo por menos que sentir un enorme respeto por este pueblo. Gente que, a pesar de su más que justificada ira por uno más de los abusos de que ha sido víctima, desmonta su barricada y deja pasar la ayuda para que las víctimas de la epidemia puedan mantener un hilo cada vez más débil de esperanza.

Barricada en Puerto Príncipe, Haití, el 18 de diciembre de 2010 ©Médicos Sin Fronteras


Un escueto informe de laboratorio confirmó las sospechas: Cólera. Vibrio El Tor, variedad Ogawa. Periodo de incubación: tres días. Síntomas: diarrea acuosa y vómitos. La pérdida masiva de líquidos corporales lleva a la deshidratación aguda. Sin tratamiento adecuado, puede provocar la muerte en cuestión de horas. Enfermedad que se transmite por consumo de agua o comida contaminada.

Centro de Tratamiento del Cólera MSF en Petite Rivière, en la región de Artibonite (centro). © Benoit Finck / MSF

Los primeros casos fueron detectados el 19 de octubre, tras el paso de la tormenta tropical Thomas. Hoy , cinco semanas después, la epidemia se extiende como la pólvora y ya ha dejado a su paso más de mil muertos. Según las primeras estimaciones de la Organización Panamericana de Salud, se producirán más de 200.000 contagios en un periodo de seis a doce meses, de los que al menos un 20% serán casos severos. El punto álgido de la epidemia está a la vuelta de la esquina, lo esperamos para dentro de dos semanas. Tan solo en Puerto Príncipe tendremos en torno a 70.000 casos y vamos a presentarnos en navidades con un más que probable segundo pico epidémico en el norte y la extensión de la epidemia también al sur del país.

El cólera, una enfermedad hasta ahora desconocida en Haití, ha llegado para quedarse y todo apunta a que permanecerá indefinidamente en el país como una enfermedad endémica. Una secuela más del terremoto del pasado 12 de enero que acabó con la vida de más de 250.000 personas y redujo a escombros un país ya de por si débil, empobrecido y olvidado.

El cólera es una enfermedad asociada a las malas condiciones de vida. A la falta de higiene y saneamiento, a la falta de acceso al agua potable. En el caso de Haití, ésta es la situación en la que hoy sobreviven cientos de miles de personas que confiaron en vano en las promesas de la comunidad internacional sobre la reconstrucción de su país. La realidad es que hoy, diez meses después del terremoto, más de un millón de personas siguen viviendo bajo lonas de plástico, dependientes en su gran mayoría de las organizaciones humanitarias para sobrevivir. Las promesas de reconstrucción se desvanecieron como el humo y con ellas las expectativas de recuperar una vida digna. Desde que se produjo el terremoto, menos de un diez por ciento de Puerto Príncipe ha sido desescombrado. La falta de infraestructuras como alcantarillado, redes de agua potable o eliminación de basuras, unidas a las malas condiciones de higiene de quienes se han visto obligados a vivir en la calle, son terreno abonado para la aparición de epidemias como el cólera.

En este momento, en medio de una epidemia que amenaza la vida de miles de personas, la respuesta de la comunidad internacional sigue siendo tan torpe como lenta y apenas un puñado de organizaciones humanitarias, en nuestro caso con el apoyo de la AECID1, estamos tratando por todos los medios de hacerla frente. Tal vez para cuando se decidan a implicarse con la intensidad necesaria, ya sea demasiado tarde. En cualquier caso, ahora que se barajan distintas teorías sobre la causa de la epidemia, no serán razones técnicas o científicas las que nos den la clave, sino la falta de compromiso y el abandono al que una vez más se ha visto expuesta la población haitiana.


Esto no pretende ser un informe pormenorizado de la situación en Haití seis meses después del terremoto. Tan solo quiero daros unas pinceladas de la realidad en la que viven hoy cientos de miles de personas que sobrevivieron a la catástrofe, aunque solo sea para mantener a Haití vivo en la memoria.

Mucha gente que escapó de los edificios derrumbados hace seis meses todavía tiene miedo a buscar refugio entre las ruinas. Recuerdan las réplicas y han escuchado rumores sobre la proximidad de más seísmos. Se refugian bajo las lonas y las tiendas de campaña más endebles, corren tras ellas para agarrarlas cuando el viento se las lleva, y conviven con sus nuevos vecinos en desordenados emplazamientos urbanos. Desde el aire, Puerto Príncipe parece una marea de lonas azules. Están protegidos del sol y de la lluvia, pero no de las tormentas y ciclones tropicales en cuya temporada nos encontramos en este momento. La ayuda humanitaria ha mantenido a la gente con vida, pero no es suficiente para paliar algunas de sus mayores necesidades. Las condiciones de vida son muy duras y la frustración crece. Resulta decepcionante seis meses después la falta de resultados en la capacidad para dar un refugio digno a los damnificados.

Os pongo algunos ejemplos por boca de sus protagonistas:

Rémy, cirujano plástico y especialista en quemados. Trabaja en la única unidad de quemados existente actualmente en el país.

“Las quemaduras son cada vez más frecuentes y graves ahora debido a que gran cantidad de personas viven en unas condiciones de habitabilidad muy peligrosas. Todos los aspectos de la vida familiar tienen lugar en un único espacio, a menudo muy restringido: los miembros de la familia, duermen, juegan y cocinan en la misma área. A menudo, las mujeres y los niños se queman con agua hirviendo de un recipiente o con aceite o una vela que prende fuego a una manta “

Maryvonne, psiquiatra. Dirige en Puerto Príncipe un equipo de salud mental formado por 19 personas, entre ellos 13 psicólogos haitianos.

“Meses después del terremoto, muchas personas permanecen en lo que yo llamaría un estado de confusión total de tierra y cuerpo’. La mayoría de nuestros pacientes tienen miedo de ser tragados por la tierra. El terremoto se les ha metido literalmente en el cuerpo y el ruido está siempre presente. Tienen graves trastornos del sueño. Viven en un estado constante de miedo y siguen teniendo flashbacks. Muchos pacientes han dejado de hablar y de comer.
También hay personas que sufren una aflicción muy profunda y que padecen depresión. Muchos pacientes me dicen: “nunca lo superaremos”. Las condiciones de vida son terribles y muchas personas piensan que las cosas
no cambiarán. Sus casas han desaparecido. En el mejor de los casos tienen una tienda de campaña, que es casi un lujo. La gente de los campos vive hacinada, en condiciones violentas y de riesgo “.

Siliana es una de las 45.000 personas desplazadas que viven en los terrenos del antiguo club de golf de Puerto Príncipe.

“Llegué el 13 de enero con mi madre, mi hija, mis tres hermanos y mi primo. Me dieron una cubierta de plástico, pero estas cosas no duran demasiado. Con las lluvias que han caído durante semanas, el agua acaba entrando… ¿Me entiendes? Tendremos que esperar a que pare de llover para volver a poner las camas y dormir. En este pequeño espacio duermen seis personas. Así es como vivimos y no es nada fácil.”

Roseline, de 34 años, estaba embarazada de cinco meses cuando sucedió el terremoto. Tuvo su primer bebé en la maternidad Isaïe Jeanty en Puerto Príncipe el pasado mes de mayo:

“Cuando sucedió el terremoto, tenía miedo de perder el bebé. Estaba muy asustada por él. Después, hablé con el bebé que tenía dentro de mí y le expliqué lo que estaba pasando. El embarazo fue bien pero el nacimiento fue
un poco difícil. Tenía muchos dolores y necesité una cesárea. Al final todo fue bien y aquí está Angely, mi primera hija. La vida me iba bastante bien antes. Cuando miro al pasado, pienso que éramos libres. Ahora mi vida es  completamente diferente y también mucho más dura. Nuestra vida en comunidad ha cambiado. Algunas personas murieron. Algunas quedaron. Antes vivíamos mucho más todos juntos. Hoy, cada uno va a lo suyo. Sin embargo, estoy muy orgullosa de haber sido madre al final. Creíamos que la vida ya estaba acabada. Pero no, la recuperamos paso a paso”

Gilles, fisioterapeuta. Llegó a Haití una semana después del terremoto:

Recuerdo una paciente, una niña de tres años llamada Anelka. Le decía a su madre: «mamá, mamá, dame mis piernas, quiero jugar con los otros niños». Su madre me preguntó si sería posible darle unas muletas y le dije que no. Yo sabía que nunca sería capaz de encontrar nada para un niño de tres años. Así que le hice unas yo mismo y trató de caminar con ellas. Pensaba « Dios, estoy seguro de que se va a caer, nunca lo logrará». Pero dos días después, caminaba con rapidez con las muletas. Ahora tiene una pierna artificial. Sin embargo, el problema de los niños es que hay que cambiarles las prótesis cada tres meses porque crecen muy deprisa”.

Estos son solo algunos testimonios, meras pinceladas para recordar que aún queda mucho por hacer y que el compromiso internacional con Haití deberá de mantenerse durante mucho, mucho tiempo. Al menos tanto como el que todas las Angelys y las Anelkas necesiten para tener garantizado un futuro digno en su propio país.


No tenemos ni una cama en la que dormir. Necesitamos tiendas en las que cobijarnos. Cuando llueve no podemos acostarnos. Tenemos que quedarnos de pie porque el agua entra por debajo de la tela, y encharca el suelo .Nos bastaría con una tienda impermeable, jabón, unos utensilios básicos de cocina, y acceso a una letrina”.

Casseus Guiteau. Croix de Bouquet, Puerto Príncipe (Haiti)

Quien lo cuenta es Casseus Guiteau, uno de los cientos de miles de haitianos – un millón trescientos mil según Naciones Unidas que perdieron sus casas en el terremoto de hace más de dos meses, y que desde entonces viven en plena calle, apenas cubiertos por unas telas que no vemos alegres por muchos colores y flores que tengan. Debajo de ellas, apenas unos palos de madera sujetando precariamente la “vivienda”, colocada de cualquier manera entre otros miles de improvisados refugios, junto a barrios enteros de Puerto Príncipe que quedaron reducidos a escombros, como este de Croix de Bouquet desde el que Casseus habla con indignación justificada.

Porque más de dos meses después, la mayor parte de las víctimas del terremoto siguen malviviendo en lamentables condiciones de refugio y de higiene, que minan su moral y acabarán afectando también a su salud. Mucho se habló en la prensa de las víctimas del terremoto cuando las imágenes eran las tan impactantes de los muertos en las calles, las tan reconfortantes de los rescates o las tan simplificadoras de la violencia.

A pesar de la extensa movilización internacional, esta solidaridad no siempre se ha reflejado en ayuda real sobre el terreno. Miles de haitianos como Casseus todavía no la han visto. La actual falta de abrigo y de higiene representa un peligro no sólo en materia de salud pública, sino que también supone una intolerable violación de la dignidad humana de todas estas personas. Dos meses después del terremoto, muchos haitianos como Casseus nos habla de su sentimiento de abandono. No se les informa acerca de lo que les ocurrirá. No saben a dónde ir.

Aunque la primera fase aguda ya ha pasado, el peligro continúa. Es cierto que los quirófanos ya no necesitan funcionar las 24 horas al día y que ya no hay víctimas que rescatar de entre los escombros. Sin embargo estamos en un periodo decisivo, porque las necesidades de la población en materia de abrigo y de condiciones de vida les coloca en una situación de autentica emergencia. Mientras que la comunidad internacional discute sobre cómo llevar a cabo una reconstrucción que tardará meses e incluso años en hacerse efectiva, las necesidades esenciales que en este momento tienen los haitianos siguen sin ser cubiertas.

Por si fuera poco, una vez más comprobamos que el interés de los países donantes que tanto prometieron cuando Haití era el foco de la noticia y el destinatario de la solidaridad internacional, está empezando a flaquear. Algo que por experiencias previas en otros contextos ya no nos sorprende, aunque no por ello deje de indignarnos.

La petición de fondos que Naciones Unidas acaba de realizar a los principales países miembros de la llamada comunidad internacional, para cubrir las necesidades básicas de los haitianos, tales como alimentos, abrigo, agua y saneamiento, no se han cubierto ni tan siquiera a la mitad de lo que se necesita. Todo ello a pesar de lo reciente de la catástrofe, de que han llegado las primeras lluvias con cientos de miles de personas sin techo y de que la temporada de huracanes, que amenaza ser catastrófica, esté a la vuelta de la esquina.

Mientras tanto Casseus, ajeno a tanta indecencia y como el otros cientos de miles de haitianos que ya no son noticia, nos enseña el agujero por el que entra el agua en su improvisada tienda cuando llueve, y el suelo de tierra sobre el que intentará dormir esta noche con su familia. Y nada más, porque eso es lo único que tiene: un trozo tela por techo, un charco de agua en el suelo y toneladas de frustración.


El relato que viene a continuación está extraído de la publicación “Estado Crítico” de MSF. Recoge la historia del Sr. Rukambika y su hijo Sansón, una de las víctimas de los más de 17 años del conflicto en los Kivus, en la RDC.

Rukambika y su hija Sansón (Cédric Gerbehaye/ Agencia VU/ MSF)

Mi nombre es Ngarambe Rukambika. Tengo 49 años. Tengo cuatro hijos y tres huérfanos que viven conmigo. Estos huérfanos no son mis hijos, sino los de mi hermana. Estoy aquí porque donde yo vivo están en guerra.

Estoy en el hospital de Masisi para cuidar de mi hijo. Su nombre es Sansón. Tiene 9 meses. Antes de que tuviéramos que venir, su madre lo cargaba siempre en la espalda. Hasta que un día, a causa del enorme tiroteo que se estaba produciendo, ella intentó huir. Le dieron cuando estaba dejando la casa.

Fue alcanzada por una bala y esa misma bala dio también al niño, que estaba, como siempre, en su espalda. La bala atravesó el riñón mi mujer y luego alcanzó al niño.

Fui a recoger al niño. En cuanto a mi esposa, busqué a nuestros hermanos y la enterramos. Aquel día en el pueblo, seis personas fueron asesinadas. Así que, después de eso, todo el pueblo huyó. Vine a pie. Anduve desde mi casa porque aquí no hay carreteras por las cuales puedan circular los coches. Tuve que subir colina tras colina con mi hijo en brazos. Anduve durante dos días. En el camino, me dijeron que tenía que darme prisa en traer al niño hasta el hospital porque sino moriría.

Aquí, me paso el día sentado junto a mi hijo. Antes tenía una buena vida. Era incluso profesor: un catequista. Teníamos una vida buena como granjeros. No nos metíamos en temas de política o en asuntos relacionados con la guerra. La guerra nos encontró en esa situación. En resumidas cuentas, tenía un hogar feliz. Ahaha, mi esposa, ¡cultivaba judías, maíz, sorgo y casi de todo! Ya sabe, ¡aquí cultivamos todo tipo de plantas!

El niño está siendo bien cuidado. Pronto estará bien. Pero el problema que tengo es que cuando esté curado, tendré que llevarle de vuelta allí donde la guerra todavía sigue. Es muy duro volver porque la guerra continúa.