MÉDICOS SIN FRONTERAS

MSF ha estado prestando asistencia sanitaria a los refugiados sursudaneses en Etiopía desde enero. Los equipos tratan a los refugiados a su llegada a los centros de tránsito y en el campo de Lietchuor. La organización ha instalado un hospital de 85 camas y un centro de salud en Lietchuor, así como un hospital de 75 camas en Itang. Antoine Foucher, Jefe de Misión de MSF en Etiopía, describe la urgencia de la situación de los refugiados.

Clínica móvil en el campo de Burubiey © Aloys Vimard / MSF

¿Todavía existe un flujo de refugiados sursudaneses hacia Etiopía?

Desde que estallara el conflicto en Sudán del Sur en diciembre, ha estado llegando a la región etíope de Gambella un promedio de 1.000 personas diarias. Sin embargo, ese promedio refleja sólo parcialmente la afluencia masiva de entre 10.000 y 15.000 personas diarias, como ocurrió tras batalla de Nasir en el estado de Jonglei, por poner un ejemplo. Hoy hay más de 130.000 refugiados sursudaneses en Etiopía. Según una estimación del ACNUR, dicho número podría alcanzar los 350.000 a final año.

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Miles de migrantes, la mayoría etíopes, atraviesan cada año Yemen en su camino hacia Arabia Saudí; muchos de ellos son víctimas de torturas y extorsiones

Centro de detención en Saná (Yemen). © Anna Surinyach/MSF

“Llegamos a Yemen a medianoche. Bajamos de la embarcación y como habíamos oído historias de traficantes, nos escondimos en una pequeña montaña. Al día siguiente, intentamos conseguir algo de comida. Nos encontramos con un señor mayor con su camello. Nos dijo que nos daría de comer pero nos vendió a los traficantes”. Jemale tiene 20 años y es etíope. Salió de su pueblo hace cuatro meses en busca de oportunidades en Arabia Saudí. “Llegamos a un recinto donde había ocho personas y todas estaban aterrorizadas. Nos dijeron que si no conseguíamos que alguien mandara dinero, nos harían daño. Intente explicar que era un hombre pobre. Vi como empezaban a quemar un metal en el fuego y lo usaron para quemarme en el pierna”.

Jemale se encuentra actualmente en el centro de detención para migrantes de Saná, la capital de Yemen. Él consiguió escapar de los traficantes; uno de sus amigos recibió un disparo en la pierna durante la fuga y Jemale ya no supo qué le pasó. Después, días de huida en las montañas, sin agua ni comida. Entonces, decidió emprender el viaje de vuelta; tardó 12 días en llegar a Saná, vivió durante un mes a las puertas de la oficina de migración en Yemen y finalmente pudo entrar en el centro. “Vivía con mis padres y mis 10 hermanos en Etiopía. Acabé la escuela y no tenía trabajo. Entre todos decidimos que hiciera este viaje. El dinero que yo tenía se acabó antes de llegar a Yemen así que les dije a los traficantes que no tenía madre para que no tuvieran que pagar por mi liberación”.

Su historia se repite en casi todos los rincones del centro. Yemen es un país de tránsito para los miles de migrantes que cada año salen del cuerno de África para intentar llegar a los países de la península Arábica. Proceden fundamentalmente de Etiopía y su destino suele ser Arabia Saudí. Durante el viaje y especialmente en Yemen, estas personas son víctimas de traficantes que les extorsionan y les torturan. El pasado mes de abril, las autoridades de Yemen lanzaron una campaña para liberar a cientos de migrantes que estaban en manos de traficantes y empezaron a repatriarlos a sus países de origen. Desde entonces, el número de migrantes que voluntariamente se acerca al centro para poder ser repatriado ha aumentado considerablemente.

En el centro de detención de Saná, las condiciones de vida son precarias. Con una capacidad para unas 250 personas, el centro acoge ahora mismo alrededor de 750. Los migrantes están encerrados en grandes celdas la mayor parte del día. Varias organizaciones, entre ellas la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) y la Cruz Roja yemení, les proporcionan atención médica y comida. Médicos Sin Fronteras trabaja en el centro desde el mes de mayo, con un programa de atención en salud mental.

“Las personas que llegan al centro están muy traumatizadas; algunos de ellos no han comido en días o semanas”, explica Esperanza Leal, psicóloga de MSF en el centro de detención. “Nosotros creamos espacios donde pueden ser escuchados. Les explicamos que tienen reacciones normales a las experiencias traumáticas que han vivido. Hay muchos casos de estrés postraumático y depresiones severas. Una parte esencial de nuestra intervención está relacionada con recuperar su dignidad, explicándoles que son personas con derechos”.

La vuelta a casa

Como la gran mayoría de migrantes son etíopes, la Embajada de este país visita el centro de detención una vez a la semana para preparar los documentos necesarios para la vuelta. Según las autoridades yemeníes, desde el mes de abril se han repatriado a unos 4.000 migrantes a sus países de origen.

“Solo deportar a los migrantes que están en Yemen, nos llevaría mucho tiempo. Por ejemplo, cerca de la frontera con Arabia Saudí se calcula que hay casi 30.000 migrantes etíopes intentando cruzar la frontera, y hay más en otros emplazamientos”, explica Abdullah Al zurqah, director general de Migración y Deportación de Yemen. “Nuestro país necesita un gran apoyo en este tema porque prácticamente cada día llegan migrantes a las costas de Yemen”.

Awel trabajó como profesor, periodista, traductor y hombre de negocios en Etiopía. Cuando perdió el trabajo, decidió probar suerte en otro país, como varios de sus hermanos que viven en el extranjero. Su madre le dio un poco de dinero para el viaje pero se le acabó antes de salir de Etiopía, así que hizo la mayor parte del viaje a pie. De Etiopía, fue a Somalilandia y después a Yibuti. Pedía limosna o intentaba trabajar para continuar la ruta. “A aquellos que están pensando en salir de Etiopía o que ya han salido, les digo: esta es una carretera a la muerte”.

En Yemen, fue cruelmente torturado durante 17 días. El día de su cumpleaños decidió que o moría o escapaba de allí. Finalmente, lo consiguió. Una familia yemení le cuidó las heridas y le ayudó en parte del camino. Llegó a Saná y, después de 17 días malviviendo en las afueras del centro, pudo entrar. “Es muy difícil llegar a Arabia Saudí y si lo consigues, la policía o los soldados saudíes, te mandan de vuelta a Yemen así que estás en la misma situación. No hay necesidad. Les aconsejo a los que estén pensando en emigrar que mejor se quedan en casa que ser esclavos, esto es esclavitud. Realmente digo esto es esclavitud, esclavitud moderna”.

 


Àngels Mairal, psicóloga de MSF, llegó a Yemen a mediados de marzo. A las pocas semanas, las autoridades yemenís empezaron a liberar a migrantes retenidos en granjas ilegales, algunos víctimas de tortura. Al mismo tiempo aumentaban las deportaciones desde Arabia Saudí y el número de migrantes que voluntariamente quería volver a casa. Desde entonces, Àngels ha estado trabajando para asistir a esta población.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Con qué problemática te encontraste al llegar a Yemen?

Cuando llegué al país, empecé a trabajar con mis compañeros que asisten a los migrantes en la ciudad de Haradh, en el norte de Yemen, cerca de la frontera con Arabia Saudí. Allí, la Organización Internacional de las Migraciones gestiona un campo donde ingresan algunos de los migrantes que quieren ser repatriados a su país; personas con una necesidad de protección especial como mujeres, niños, ancianos y personas enfermas. Además, en los alrededores de campo, se concentran centenares de migrantes  que están  en la ciudad a la espera de volver a intentar entrar en Arabia Saudí o intentado volver a casa.

MSF tiene dos consultas fuera del campo y allí hacemos sesiones individuales y grupales de salud mental. Mi trabajo durante las primeras semanas fue reforzar nuestro trabajo clínico en esta área y también reforzar la capacidad de otras organizaciones que trabajan con migrantes a través de formaciones de atención psicológica.

¿Qué pasó durante el mes de abril?

A principios de abril, las autoridades yemeníes empezaron a liberar a migrantes que estaban retenidos por traficantes en granjas ilegales. Durante varios días, grupos de alrededor de 200 personas eran referidas a un centro de detención de a las afueras de Haradh. Desde allí, se fueron transfiriendo por grupos a otro centro de detención en Saná, la capital. Como el número de personas era demasiado elevado en Saná, un grupo de alrededor 480 personas estuvo durante varios días una prisión en Amran.

Además coincidiendo con las liberaciones de las granjas, Arabia Saudí deportó grupos de migrantes ilegales a Yemen, que también han estado en estos centros de detención, y otros se han acercado voluntariamente hasta estas instalaciones para ser repatriados.

En Saná, la capacidad del centro de detención es de 200 personas pero ha habido momentos, en que había alrededor de 1.200.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cómo es la situación ahora mismo?

Desde Saná ya han empezado las repatriaciones a Etiopía, de donde son la mayoría de los migrantes. Así se ha podido trasladar a todos los migrantes de la prisión de Amran hasta Saná; el centro allí sigue estando muy por encima de su capacidad.

Se prevé que las deportaciones continúen en los próximos días y no sabemos si luego habrá más liberaciones de granjas ilegales o ha sido algo puntual.

¿Cuál es la situación por la que han pasado estos migrantes?

Yemen está situado en una de las principales rutas migratorias; muchas personas salen del Cuerno de África para buscar una mejor vida en los países del Golfo Pérsico. En el camino, muchos migrantes caen en manos de traficantes. Los migrantes liberados por las autoridades yemenís, nos contaban que han sido víctimas de tortura y malos tratos. Los traficantes les extorsionan para poder conseguir dinero de su familia. Muchos han pasado por experiencias terribles, han sido víctimas de violencia extrema y/o han visto el asesinato de otros migrantes. También antes de las liberaciones, los migrantes que atendíamos en Haradh nos explicaban estas experiencias.

Es verdad que nosotros solo vemos una parte muy pequeña de esta problemática. Se habla de decenas de miles de migrantes atravesando Yemen cada año y no es posible saber cuántos consiguen llegar a Arabia Saudí o cuántos caen en manos de traficantes.

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cuáles son las necesidades de esta población a nivel de salud mental?

Aunque todas las personas que vemos han pasado por situaciones similares, el impacto del maltrato en cada persona y su capacidad de recuperación son procesos individuales y dependen de la duración de la experiencia traumática, de la personalidad previa, de los factores de protección y de la propia capacidad de resiliencia.

Vemos síntomas de estrés postraumático: flashbacks, pensamientos recurrentes, insomnio, aislamiento, sentimientos muy fuertes de tristeza. También observamos síntomas psicosomáticos como dolores de cabeza, taquicardias, dificultad para respirar. Muchas personas también tienen dificultades para concentrarse o para seguir una conversación.

También vemos algo que va incluso más allá de todos estos síntomas  y que muchos de ellos expresan diciendo “no tengo derechos, no existo como ser humano”. Estas personas han visto herida su dignidad como seres humanos. Muchos todavía no se sienten a salvo y no tienen todas sus necesidades básicas cubiertas. Tienen mucha incertidumbre, no saben cuándo volverán a Etiopía, cómo será la vida a su vuelta o cómo llegarán a su localidad de origen desde la capital.

La situación de las personas que han sido víctimas de violencia sexual, es especialmente difícil. Al trauma de la vejación o la violación  en sí misma se añade, en el caso de las mujeres, embarazos no deseados, vergüenza, estigma y/o el rechazo familiar a su regreso a casa.

También hemos visto alguna persona con trastorno psicótico o depresión severa que hemos referido al hospital psiquiátrico de Saná. 

Migrantes en el centro de detención de Saná, Yemen. © Ramón Pereiro / MSF

¿Cómo atiende MSF a estas personas?

Centramos nuestra intervención en actividades grupales. El grupo, la comunidad en general, es tradicionalmente un factor de resiliencia importante. El objetivo es restablecer la sensación de control, en la medida de lo posible, sobre el entorno pero también sobre su cuerpo y emociones. Intentamos devolverles su sentido de la dignidad, su capacidad para crear relaciones de confianza. En el momento en que se sienten en confianza pueden empezar a hablar sobre las consecuencias de las experiencias vividas e iniciar un proceso “de duelo” por todo lo que han perdido: tiempo, dinero, salud, amigos, esperanza en el futuro…

Parte de las actividades grupales son psicoeducativas. En ellas, les explicamos los síntomas que pueden experimentar después de las experiencias vividas y les informamos de que probablemente los síntomas irán disminuyendo con el tiempo. También hay grupos de discusión  donde las personas pueden expresar sus preocupaciones y compartirlas con el grupo.

Después de estas sesiones, organizamos otras con grupos más pequeños donde podemos hacer más asesoramiento psicológico y profundizar más en los síntomas. También les invitamos a sesiones individuales, en las que podemos focalizarnos mucho más en la especificad de cada persona.

Debido a la incerteza del momento de la repatriación, son intervenciones muy cortas (muchas veces una o dos sesiones), en las que intentamos aliviar el sufrimiento más agudo de la persona y movilizar sus recursos de afrontamiento de cara al futuro. Pero a pesar de la brevedad hemos apreciado un impacto positivo de nuestra intervención al permitir que la persona pueda expresar libremente su sufrimiento, sin miedo a ser juzgada.


 

 


En las tierras altas de Aroressa, al sur de Etiopía, Médicos Sin Fronteras (MSF) lleva a cabo dos programas que incluyen atención materno-infantil.

© Faith Schwieker-Miyandazi / MSF

La belleza de la zona puede engañar al visitante respecto a los graves problemas sanitarios que afectan a la población: escasean los centros de salud y el personal médico cualificado, y las tasas de mortalidad materno-infantil son elevadas. El terreno montañoso dificulta el acceso de las mujeres embarazadas a los centros de salud más cercanos, que pueden estar a más de 20 kilómetros. Por el mal estado de los caminos, embarazadas y enfermos a menudo se quedan atascados a medio camino mientras los trasladan, en coche o a caballo, hacia un centro de salud. Así se han perdido muchas vidas.

En un intento por reducir las tasas de mortalidad materno-infantil, MSF ha abierto dos casas de espera para madres embarazadas en las divisiones de Chire y Mejo. Estas casas albergan a mujeres embarazadas a punto de salir de cuentas procedentes de aldeas lejanas sin acceso a asistencia médica rápida, que experimentan o han experimentado complicaciones durante su embarazo, o que padecen problemas que requieren una atención médica regular. Las mujeres llegan a la casa de espera y, tras ser reconocidas por el personal sanitario de MSF, se quedan bajo observación para que, en caso de requerir tratamiento urgente, se pueda actuar de inmediato. Los partos no complicados son asistidos por una comadrona de MSF en los centros de salud, y los que presentan complicaciones son referidos a los hospitales más cercanos. A día de hoy, cada una de estas casas de salud tiene una capacidad para 20 camas.


por Kevin P. Kavanaugh (logista de Médicos Sin Fronteras en Aroressa, Etiopía).

Soy un humilde logista en Etiopía, del equipo de Médicos Sin Fronteras en Aroressa. Estamos ubicados en las tierras altas de la región de Sidama, en el sur del país. Nuestra misión tiene dos áreas de proyecto, en las ciudades de Mejo y Chire. La conexión entre ambas localidades es una carretera de montaña de 64 kilómetros que atraviesa verdes valles y montañas envueltas en nubes con precipicios verticales de más de 300 metros.

La carretera serpentea desde Mejo a través de los valles y del ascenso a la montaña en su camino hasta el proyecto hermano en Chire. Los valles son verdes, con ríos, arroyos, cascadas e imágenes propias de postal, con caballos pastando junto a las casas con forma de hongo. A veces, cuando los atravieso, me imagino ver a Frodo Bolsón y Gandalf el Gris saludándonos desde una de las pequeñas aldeas.

Paisaje con típicas viviendas locales en Aroressa (© Faith Schwieker-Miyandazi).

La carretera de montaña es una experiencia de infarto y constituye una historia en sí misma con pistas estrechas que ascienden desde 1.800 metros a 2.800, y que desciende de nuevo hacia unos puentes estilo Indiana Jones para mantener el interés.

Dicho esto, la mayoría de mis días están llenos de las tareas habituales de construcción, procedimientos de compras, actividades de agua y saneamiento y cualquiera de las emergencias que se presente ese día. A un cierto punto y debido a la cantidad de obligaciones diarias, a veces uno pierde la perspectiva de por qué estamos aquí. Pero también hay de días especiales cuando, en un abrir y cerrar de ojos, los astros se alinean y se abre una puerta y se presenta una oportunidad para marcar una diferencia. Si estás preparado.

Equipos de MSF en carreteras escarpadas de Aroressa (© Kevin P. Kavanaugh)

Uno de esos días, estábamos haciendo un viaje desde Melo a Chire llevando suministros en la vaca del coche y una furgoneta. Teníamos dos expatriados en el traslado de las 6 de la mañana, nuestra matrona y yo mismo. Tiramos una moneda al aire para sortear quien iba en la camioneta, más lenta y un poco más incómoda: perdió la matrona. Nos subimos y empezamos el viaje hacia Chire.

Tal y como atravesamos las montañas nos encontramos, en una zona de bosque tupido, con lo que parecía una procesión fúnebre de 30 a 40 hombres, mujeres y niños llevando un cuerpo en un camilla hecha de bambú. Nuestro conductor, un amante de la música disco, acribillaba a Donna Summer y su Love to Love You Baby. Tras conseguir que bajara la radio, uno de los que hombres que llevaba lo que parecía un cuerpo envuelto en un tela blanca se acercó al coche.

La furgoneta que llevábamos detrás redujo la velocidad y se detuvo para comprobar la situación de seguridad. El hombre estaba desesperado, sudaba y a duras penas coherente nos dijo que la mujer que iba en la camilla era su esposa y que estaba viva, embarazada y que tenía problemas con el parto. Un silencio cayó sobre la multitud cuando nuestra matrona se arrodilló y, con un pinar, escuchó al bebé y notificó a todos los presentes que el bebé estaba vivo. Un grito de jubiló surgió de la multitud y subimos a la mujer embarazada, a su marido y a la matrona al vehículo.

Llamamos a la base para hacerles saber que nos dirigíamos hacia allá con una mujer embarazada a punto de dar a luz. Estábamos a mitad de camino del centro de salud de Chire cuando la mujer embarazada gritó de dolor y nuestra partera nos dijo que detuviéramos el coche. Su marido, el conductor y yo mismo pensamos: “por favor, aquí no, ahora no”. Corrí a la parte de atrás pensando ‘tengo mi Leatherman (una herramienta multiusos) todo va a ir bien’.

Recién nacido en Aroressa (©F. Schwieker-Miyandazi).

La matrona exploró a la mujer y dijo que había dilatado 6 centímetros y teníamos que actuar con rapidez. Afortunadamente, el resto del trayecto fue bien y sentimos una sensación de alivio y orgullo cuando vimos al equipo de la maternidad de MSF esperándonos en la entrada del centro de salud. Esperamos en el centro de salud y 20 minutos más tarde un bebé sano nacía para la feliz parejaTan feliz que le han llamado Happy. El conductor y yo felicitamos al padre y nos fuimos a las tareas más mundanas de nuestras actividades logísticas diarias.

Dos días más tarde volvimos a la carretera de vuelta a Mejo y llevamos a la nueva familia para dejarla en su aldea. Para ayudar a su esposa a subir al coche, el padre me pidió que sujetara al bebé.  Sonreí al pequeño Happy y, en ese momento, un arco dorado de pis decoró mi chaleco de MSF para diversión de su familia y de otros espectadores que asistían a la escena. Lo consideré un presagio de buena suerte y decidí que el crío tenía todas las características propias de un futuro logista de MSF. Les llevamos a casa y todos los que íbamos en el coche sentimos una sensación de logro, de que ese día todo funcionaba y funcionaba bien para todos.

Una madre feliz y su hijo, atendido por personal de MSF en Aroressa (© (F. Schwieker-Miyandazi)

Durante el regreso de vuelta a la base, pensaba en la madre a la que acabábamos de ayudar y lo afortunada que había sido: ¡Qué coincidencia salvavidas que se encontrara con un vehículo de MSF y que hubiera una enfermera matrona en el coche! Me acordé entonces de esas otras mujeres, aquellas aspirantes a madre que no tienen tanta suerte y que deben ser llevadas en camilla de bambú durante largas distancias y a veces llegan al puesto de salud más cercano y tienen la suerte de conseguir ayuda, y otras no.

Llevamos a cabo dos programas materno-infantiles en Chire y Mejo para ayudar a salvar vidas de mujeres y niños. Habiendo entendido la complejidad geográfica de la zona y la grave escasez de los centros de salud y el personal sanitario, MSF está ampliando el alcance de sus actividades para hacer correr la voz entre las comunidades de dónde estamos y cómo podemos ayudarles.


Con una profunda tristeza la organización médico-humanitaria internacional Médicos Sin Fronteras (MSF) celebra el primer aniversario de la muerte de sus dos colegas, Philippe Havet y Andrias Karel Keiluhu (“Kace”), brutalmente asesinados en Mogadiscio en 29 de diciembre de 2011.

Mogadiscio, Somalia. Noviembre de 2012. © Brigitte Rossotti/MSF

Philippe, coordinador de emergencias belga, de 53 años, y Kace, médico de 44 años de Indonesia, trabajaban con los equipos de MSF dispensando asistencia médica urgente a los desplazados y residentes afectados por el conflicto en Somalia.

“Sentimos mucho la pérdida de Philippe y de Kace y hoy queremos hacer extensivo nuestro más sentido pésame a sus familiares y amigos,” ha expresado el Director General de MSF Bélgica Christopher Stokes.

Tras su trágico asesinato, MSF decidió cerrar dos grandes centros médicos en la capital somalí. Sin embargo, la organización sigue operando en 10 proyectos en Somalia y proporcionando ayuda médica y humanitaria a miles de refugiados somalíes en campos al otro lado de la frontera en Etiopía y Kenia. Hoy, otras dos trabajadoras de MSF, Blanca Thiebaut y Montserrat Serra, continúan retenidas en contra de su voluntad en Somalia tras ser secuestradas cuando trabajaban en el campo de refugiados de Dadaab en Kenia el 13 de octubre de 2011. Una vez más, MSF condena este acto de violencia y exige su inmediata liberación.

 


Desde julio, más de 2.000 tiendas blancas se alinean en las verdes colinas cerca de la aldea de Bambasi, al oeste de Etiopía. Doce mil refugiados sudaneses viven en el campo habilitado por las autoridades etíopes y el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y donde MSF les ofrece asistencia médica y nutricional.

© Yann Libessart/MSF

“Me fui de Sudán con mi marido y nuestros ocho hijos el año pasado, cuando la guerra llegó a Qeissan, mi aldea”, explica Djamila, refugiada de 30 años en Bambasi. “La aviación sudanesa primero bombardeó la aldea y después atacaron los soldados. Muchas personas, entre ellas mi hermano mayor, fueron masacradas”.

El acuerdo de paz firmado en Kenia a principios de 2005 entre los rebeldes del Movimiento Popular de Liberación de Sudán (SPLM) y el Gobierno de Jartum preveían más autonomía para los estados de Kordofán del Sur y del Nilo Azul. Las promesas no se cumplieron y el conflicto se endureció de nuevo tras la secesión de Sudán del Sur en julio de 2011. Más de 200.000 sudaneses huyeron de los combates hacia Sudán del Sur o Etiopía, donde viven desde entonces en campos de refugiados y dependen de la ayuda humanitaria.

De las 40.000 personas que pasaron al lado etíope, más de 15.000 se refugiaron al principio en el campo de tránsito de Ad Damazin, a unos 20 kilómetros de la frontera sudanesa. Según Duncan McLean, responsable de proyectos de Médicos Sin Fronteras (MSF): “Los escasos testimonios hablaban de un nivel insuficiente de asistencia en este campo, sobre todo en lo que respecta al acceso a agua potable y atención médica. Durante meses pedimos en vano al Gobierno etíope la autorización para trabajar en Ad Damazin”.

Jamal, otro refugiado en Bambasi, cuenta: “Primero pasé siete meses en Ad Damazin, antes que los etíopes nos ordenaran abandonar el campo a finales de abril de 2012, por estar demasiado cerca de la frontera. Pero un grupo de refugiados se rebeló contra las autoridades etíopes y quemaron su oficina. Como represalia, las distribuciones de alimentos se suspendieron durante dos meses”.

El Gobierno etíope había decidido trasladar a los 15.000 refugiados del campo de tránsito inicial a uno nuevo cerca de la localidad de Bambasi, situado a más de 100 kilómetros de la frontera sudanesa. Algunos refugiados, sobre todo los que poseían ganado y los antiguos combatientes del SPLM, no querían alejarse demasiado de Sudán. Otros querían quedarse en Ad Damazin porque allí tenían la posibilidad de trabajar en las minas de oro cercanas. Sin embargo, no todos tenían acceso a este recurso alternativo y la interrupción de la ayuda agravó la situación nutricional de los niños más pequeños.

“Cuando los refugiados fueron finalmente trasladados al nuevo campo de Bambasi a partir de mediados de junio, cerca de una cuarta parte de los niños menores de 5 años padecían desnutrición aguda”, cuenta Duncan McLean. “Tras organizar una campaña de vacunación de sarampión, nuestros equipos abrieron un centro nutricional y trataron a más de 400 niños con desnutrición severa durante el verano. MSF también hace distribuciones de complementos nutricionales para los más vulnerables, como mujeres embarazadas y niños menores de 5 años”.

Hoy el campo de Ad Damazin está cerrado. Cerca de unos 3.000 refugiados no fueron a Bambasi. Algunos decidieron regresar a Sudán. Los demás probablemente deambulan a lo largo de la frontera.

El flujo de nuevas llegadas a Bambasi ha disminuido mucho. Muchas chozas tradicionales ya se yerguen al lado de las tiendas del ACNUR. Se ha abierto un mercado dentro del campo y los refugiados sudaneses comercian con las comunidades locales etíopes. Según Bilal, instalado desde hace un mes en Bambasi con otros 15 miembros de su familia: “El campo está mucho mejor de lo que nos habían dicho, aunque nos gustaría recibir más alimentos y materiales. Nuestros hijos también necesitan ir a la escuela. La mayoría de nosotros deseamos poder regresar a Sudán, pero antes esperamos que haya paz”.