MÉDICOS SIN FRONTERAS

MSF ha estado prestando asistencia sanitaria a los refugiados sursudaneses en Etiopía desde enero. Los equipos tratan a los refugiados a su llegada a los centros de tránsito y en el campo de Lietchuor. La organización ha instalado un hospital de 85 camas y un centro de salud en Lietchuor, así como un hospital de 75 camas en Itang. Antoine Foucher, Jefe de Misión de MSF en Etiopía, describe la urgencia de la situación de los refugiados.

Clínica móvil en el campo de Burubiey © Aloys Vimard / MSF

¿Todavía existe un flujo de refugiados sursudaneses hacia Etiopía?

Desde que estallara el conflicto en Sudán del Sur en diciembre, ha estado llegando a la región etíope de Gambella un promedio de 1.000 personas diarias. Sin embargo, ese promedio refleja sólo parcialmente la afluencia masiva de entre 10.000 y 15.000 personas diarias, como ocurrió tras batalla de Nasir en el estado de Jonglei, por poner un ejemplo. Hoy hay más de 130.000 refugiados sursudaneses en Etiopía. Según una estimación del ACNUR, dicho número podría alcanzar los 350.000 a final año.

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Maria Simón ha sido testigo de la degradación del conflicto que asuela República Centroafricana desde hace más de un año. Ha coordinado las operaciones de Médicos Sin Fronteras en Kabo (en el norte del país) en los últimos siete meses, y confiesa que ha sido un puesto difícil. Mucho más que el anterior, que la llevó a República Democrática del Congo. Lo que ya dice mucho.

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¿Cómo has vivido este tiempo, con muy diferentes períodos entre sí y muy marcados?

Cuando llegué en octubre, ya había habido ataques de las milicias anti-Balaka contra la coalición de los Séléka, entonces en el poder. Pero se empezaba a percibir la tensión, la incertidumbre de lo venidero. Piensa que cualquier cosa que pasa en Bangui tiene eco en todo el país. En novembre, la tensión entre cristianos y musulmanes se acrecentaba y en diciembre estalló. El cambio de gobierno, la ofensiva de los anti-Balaka y la retirada de Séléka hizo que parte de las milicias que la formaban se constituyeran en grupos incontrolados, muy peligrosos. Y, al mismo tiempo, éramos testigos de los centenares y centenares y centenares de camiones llenos de gente, de musulmanes, que se encaminaban al exilio en Chad en busca de un refugio, para salvar sus vidas. Horrible.

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Entrevista a Alfonso Armada, periodista y profesor de reporteros en ABC, por Fernando Calero y Guillermo Algar, del servicio de Información de MSF.

Alfonso Armada. © Tamara Marban

 

Alfonso Armada, periodista, poeta y dramaturgo, cubrió el cerco de Sarajevo, el genocidio de Ruanda y recopiló historias en Zaire, Liberia, Sudán o Somalia para El País. Fue corresponsal de ABC en Nueva York, reconoce que lo que mejor hace es leer y reivindica la capacidad de escuchar.

Se cumplen ahora 20 años del genocidio de Ruanda ¿Hubo alguna posibilidad de detenerlo?

Los informes que envió Dallaire [comandante de los cascos azules] a Nueva York y a Kofi Annan, que era el jefe de las Misiones de Paz de la ONU, antes de que se desencadenara el genocidio eran inequívocamente precisos de que se estaba preparando una matanza a gran escala.

No sé si se podía haber impedido, aunque una intervención decidida quizás hubiera reducido el impacto. De hecho, solo se reaccionó de forma masiva cuando se produjo el éxodo masivo de refugiados a Burundi, Tanzania y, sobre todo, a República Democrática del Congo y se crearon aquellas ciudades instantáneas con cientos de miles de refugiados y una epidemia de cólera empezó a matar gente. Hubo una reacción cuando ya era muy tarde.

Estos días has recuperado historias como la de la masacre de la iglesia de Gikoro, donde una chica pedía ayuda a unos soldados de Naciones Unidas que ignoraban su llamamiento ¿Fue esa muchacha un símbolo de lo que le sucedió a todo un país?

Es una especie de expiación personal. Me han preguntado ¿y por qué no hiciste nada? Pues no lo sé: por miedo, por cobardía, porque dependía de los soldados para moverme, porque ya el camino de Kigali hasta allí había sido pavoroso…

El horror de algo así, en aquella cosa tan difícil de asumir y de contemplar… era un rasgo extra de humanidad, estaba pidiendo además un auxilio concreto aunque fuera en silencio. Y nadie se lo prestó, yo el primero.

Supongo que, de alguna manera, simboliza eso.

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Emiliano Lucero es argentino y acaba de regresar de México tras un año trabajando como coordinador médico. En esta entrevista repasamos los retos de la organización en el país y nos habla de las poblaciones a las que atendemos: los transmigrantes que cruzan desde Centroamérica hasta EEUU; los enfermos de Chagas del estado de Oaxaca y los afectados por la violencia urbana en un barrio de Acapulco.

© MSF
Los migrantes atendidos por MSF viajan mayoritariamente a lomos de “La Bestia” que es como se denomina genéricamente a los trenes de carga que empiezan su ruta en Arriaga o en Tenosique, cerca de la frontera entre México y Guatemala.

 

¿Por qué trabaja MSF en un país como México?

Independientemente de los recursos de los que México dispone como país, existe una parte de la población víctima directa de situaciones de violencia extrema con dificultades para acceder al sistema de salud.

Las organizaciones criminales que operan en una parte significativa del territorio utilizan métodos y estrategias que tienen serias consecuencias médico-humanitarias para la población. MSF pretende ofrecer una respuesta a estas consecuencias médico-humanitarias de la violencia y, a la vez, promover un cambio y una mayor implicación de las instituciones en su abordaje teniendo en cuenta que México tiene un sistema de salud con la capacidad teórica de responder a estas necesidades.

¿Cuáles son estas consecuencias?

Por un lado, se dan las consecuencias directas de la propia violencia como homicidios, heridos, violencia sexual, desplazamiento forzado, secuestro, desapariciones, trauma, tortura y consecuencias en el ámbito de la salud mental. Y, por el otro, se produce una afectación del acceso a los servicios de salud con servicios de emergencia desbordados, programas de promoción y prevención suspendidos y/o estructuras de salud disfuncionales por falta de personal cualificado que muchas veces tienen que reducir sus horarios, son objetos de robo o su personal es amenazado en las áreas más afectadas por las situaciones de violencia.

Todo esto al final afecta al paciente, que ve como su acceso a los servicios de salud se va reduciendo.

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El coordinador del proyecto de MSF Ahmed Fadel describe las reacciones rápidas, el trabajo en equipo y los extremos emocionales implicados en la respuesta a una emergencia en el hospital de Chatuley en Léogâne, Haití.

Ahmed Fadel, coordinador del proyecto de MSF en Leogane, Haití. © MSF

Son más de las diez de la noche en el hospital Chatuley de MSF en Léogâne, Haití. Un niño de dos años de edad está recibiendo oxígeno. Está en un coma profundo después de una lesión traumática en la cabeza. Está a punto de dejarnos. El pediatra y dos enfermeras parecen desesperados. Otra enfermera lo acaricia tiernamente y lo calma antes de su partida de este mundo. Se ha ido. No se podía hacer más, hicimos todo lo posible para salvarlo pero su destino estaba sellado.

La jefa de enfermeras, con lágrimas en los ojos, lo abraza y se lo lleva a su madre. Ella también está recibiendo atención médica. Hay un momento de silencio. Debido al estado de shock en el que se encuentra, se toma un momento para decirle lo que ha sucedido, entonces rompe en llanto. El personal a su alrededor guarda un respetuoso silencio. En ese momento sentimos como si el mundo hubiera dejado de girar. Todo a nuestro alrededor se detuvo, a excepción de las lágrimas que rodaban por nuestras mejillas.

Vamos a poner la escena. A principios de ese día…

Es una hermosa y soleada mañana de martes en Léogâne. Tengo una agenda completa por delante: largas reuniones con los equipos para discutir nuestras metas y los objetivos alcanzados hasta el momento, la organización de tareas para el mes que sigue y el debate sobre las estrategias claves para el próximo año. Al final del día tomamos un atajo de vuelta a la base. Pasamos junto a una familia que vive en un refugio improvisado y un hombre nos pide que paremos. Supongo que está a punto de pedir ayuda médica y estoy aliviado de tener un médico conmigo. Pero, el hombre quiere mostrar su gratitud y darnos las gracias por nuestro trabajo, dándonos un pequeño regalo: una fruta. Volvemos a la base, contentos por este pequeño pero conmovedor gesto, y la compartimos con el equipo. Parece que será una velada agradable… o al menos eso creemos.

A las 7:45PM escuché unas sirenas a lo lejos. Antes de que tuviera oportunidad de preguntar qué es lo que está pasando, un guardia se apresura y nos informa que desde el hospital por radio han enviado un mensaje. Hubo un accidente de tráfico que resultó en un número importante de heridos con lesiones leves. El equipo del hospital debería ser capaz de manejar la situación. Pocos minutos después, a las 8PM, dos cirujanos, una enfermera y el anestesista reciben llamadas: los necesitan en la sala de operaciones. A las 8:25M me informan que el número de heridos podría ser mayor de lo que pensamos.

Llego al hospital a las 8:33PM. Hay filas de camiones y ambulancias del servicio de salud del gobierno y de la Cruz Roja de Haití afuera de la sala de emergencias, todos llenos de heridos. Los camilleros se sienten abrumados. Más de 30 heridos acaban de llegar y hay más ambulancias en el camino.

¡Pide refuerzos!

Rápidamente, me pongo a trabajar empiezo por acomodar los vehículos para hacer espacio a los demás, y luego me hago cargo de la dirección de la sala de emergencias. Hay personas con lesiones en todas partes a la espera de ser atendidas. El cirujano me dice que necesitan más personas para que ayuden a recibir a más heridos que están por llegar en cualquier momento. Agarro el teléfono para marcar el número de la base, sólo para encontrar decenas de mensajes desde el equipo preguntando si nos pueden ayudar. Les escribo: “¡Emergencia / muchas heridas graves/ apoyo necesario / todas las manos son bienvenidas”. La respuesta: “Mensaje recibido, todo el equipo está en camino”.

Vuelvo a la sala de emergencias y me encuentro con un compañero de otra organización, que me comenta lo que ha sucedido. Dos grandes camiones colectivos han colisionado. Estaban llenos de pasajeros, hacinados unos encima de otros -deben ser alrededor de 60 o 70 personas las involucradas. Ocurrió cerca de Gressier, en la carretera principal entre Port-au-Prince y Léogâne. El camino se ha cerrado para permitir que todos los heridos sean evacuados y para mover los camiones. Esto significa que Chatuley el hospital de MSF es el único centro de salud accesible.

En 8:38PM el camión de MSF se detiene con nuestros refuerzos: médicos, enfermeras, parteras y especialistas en logística. Todo el equipo de personal internacional ha llegado, enfocado y determinado. “¡Infórmanos sobre la situación y dinos lo que tenemos que hacer!” Resumo rápidamente: “Todo tipo de lesiones – 30 personas – más están en camino. A los médicos: el médico de urgencias y los cirujanos son su principal referencia, siga sus instrucciones. A los logistas: síganme”. Apenas termino de hablar cuando veo nuevas tropas llegar: el personal de salud de Haití. Ellos estaban tomando un descanso, pero han dejado todo y vinieron aquí después de conocer la noticia. Están esperando mis instrucciones cuando ni siquiera he tenido que llamarlos.

A partir de entonces es un hervidero de actividad: sin estrés, sin pánico, sólo un rumor positivo en el aire. Todo el mundo sabe su papel y su lugar. No hay gritos, sin prisas, sólo acción. Esta actitud calma a los heridos y a sus familiares que tienen que esperar con ansiedad a distancia. La gente confía en nosotros.

El mundo deja de girar por un momento

A las 10:30PM una nueva oleada de heridos llega y no es un espectáculo agradable. Tomamos decisiones y trabajamos con determinación y profesionalismo. Alrededor de las 11PM perdemos los casos más graves, un total de cuatro hasta ahora. No podemos dejar que eso nos derrumbe, levantamos nuestras defensas emocionales y trabajamos.

A las 11.15PM el niño de dos años de edad, muere bajo las caricias de la enfermera. Silencio. Veo las lágrimas silenciosas mientras la enfermera lo lleva a su madre para que ella lo pueda abrazar una última vez. En ese momento, el mundo deja de girar.

A las 11.30hs el médico de urgencias anuncia, tranquilizador: “Los pacientes están estables y listos para ser transferidos a las salas de observación y a las tiendas de campaña improvisadas”. Todo el mundo reacciona. No importa si es camillero, cirujano, médico, incluso un miembro del personal no médico: ahora todos ayudan a llevar las camillas. Comienza la transferencia.

En la recta final

Ha pasado la medianoche, sólo hay tiempo para limpiar y poner todo en orden, antes de regresar a la base. En el coche, el equipo tiene un momento de silencio, intercambiamos miradas y de repente, orgullosamente empezamos a reír. “Amigos”, dijo uno en voz alta, “43 heridos, la mitad de ellos graves y en riesgo de morir, y los salvamos.” “¡Sí, lo hicimos!”, respondió otro.

Aliviado, nos dirigimos a la cama, porque mañana será otro día. Vamos a tener que hacernos cargo de los seguimientos de las personas lesionadas, y de las transferencias a otros hospitales de MSF en Port-au-Prince. También tendremos que pasar por el proceso de identificar a los muertos con el Juez de Paz, así como la recepción y el apoyo a las familias de los fallecidos, todo esto sin que el hospital deje de funcionar.

Estaré poniendo al tanto del trabajo al nuevo pediatra que acaba de llegar y su bienvenida fue responder a esta emergencia. Ya sé lo que le voy a decir: “Gracias por todo lo que hiciste ayer y por todo lo que harás. ¿Ves? De esto se trata MSF”.

Desde 2010, MSF ha dirigido el hospital de Chatuley en Léogâne, a unos 30 km de la capital de Haití, Port-au-Prince. El hospital ofrece atención médica de emergencia disponible 24 horas al día.