MÉDICOS SIN FRONTERAS

El conflicto en República Centroafricana (RCA) se ha desatado en varias ciudades del país, donde los civiles pagan el precio de la violencia y deben huir de sus hogares, quemados y destruidos. Sus historias reflejan miedo, incertidumbre y desesperanza. Trabajamos en la zona para atender a los heridos y vacunar a los más pequeños.

Paul recibió dos disparos mientras huía de los combates. Lali Cambra / MSF

En las últimas semanas, el conflicto se ha desatado de nuevo en varias ciudades de la República Centroafricana (RCA).

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Miles de desplazados que huyen del conflicto entre Boko Haram y las fuerzas armadas buscan refugio, agua y comida en esta pequeña localidad nigeriana. Pero ahora mismo Pulka no da para más y las necesidades básicas son cada vez mayores.

 

© Igor Barbero/MSF

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En el estado de Borno, los ataques de Boko Haram siguen causando movimientos de población y desplazamientos. Además, denunciamos que Camerún está repatriando a la fuerza a cientos de refugiados nigerianos en busca de protección y seguridad

 

Punto de agua en el campo de Banki, en el noreste de Nigeria. © Malik Samuel/MSF

En el noreste de Nigeria, la violencia y la inseguridad siguen forzando a la población a huir de sus hogares. Según relata nuestro equipo en la zona, nuevas oleadas de desplazados están llegando a aldeas y localidades remotas del estado de Borno. Además, desde Camerún, miles refugiados nigerianos están siendo obligados a regresar a su país de origen.

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Tras el desplazamiento del frente de batalla y la ofensiva de las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS) en Menbij, el número de civiles que huyen de sus localidades hacia el área que circunda el río Eufrates ha aumentado.

Tanto los desplazados internos como las comunidades de acogida necesitan ayuda humanitaria urgente. Médicos Sin Fronteras (MSF) alerta de que la pésima situación, sumada al colapso total del sistema de salud, hace temer un nuevo aumento de las enfermedades infantiles prevenibles en el país.

“No hay médicos y no tenemos comida. Aquí no podemos movernos con libertad. Todos tenemos miedo. Sueño con regresar a mi pueblo y vivir seguro con mi familia. Una vez que regrese a mi hogar, nunca me iré de allí, pero por desgracia eso solo puede ocurrir cuando no seamos atacados una y otra vez como sucede ahora”, afirma un desplazado de 51 años procedente del noreste de Abu Qalqal.

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Uno de cada 12 habitantes de Banki, en el estado de Borno, habría muerto en los 6 últimos meses. Las tasas de desnutrición severa en niños menores de 5 años alcanzan el 15% en varias localidades.

Cada nueva localidad a la que llegan los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Borno, estado del noreste de Nigeria donde unas 500.000 personas están viviendo sin apenas recibir ayuda externa, se encuentra en la misma situación sanitaria catastrófica que la anterior.

Uno de los últimos lugares en recibir la visita de la organización humanitaria ha sido Banki, un poblado cercano a la frontera con Camerún que sólo es accesible con escolta militar y que actualmente alberga a unas 15.000 personas, en su mayoría desplazados por el conflicto. Tras una evaluación rápida, los responsables médicos de la organización calculan que uno de cada 12 habitantes del poblado habría muerto en los últimos seis meses, lo cual representa una mortalidad extremadamente alta.

 

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MSF alerta de que un incremento de los combates provocará nuevos desplazamientos masivos y ahondará la crisis humanitaria

El sistema de salud del distrito de Azaz, en el norte de Siria, se encuentra en una situación enormemente precaria y amenaza con derrumbarse por completo. De esta forma, se agravaría una crisis humanitaria que ya se ha intensificado tras el recrudecimiento de los combates, que ha generado la huida de decenas de miles de personas.

Muchos desplazados buscan la seguridad en zonas fronterizas con Turquía. Las últimas estimaciones calculan que, al menos, 30.000 personas habrían llegado a la zona en los últimos días. En su mayoría, los nuevos desplazados se han asentado en zonas al aire libre alrededor de los campos que ya albergaban a decenas de miles de personas.

Desplazados en Azaz © MSF

 

La actual intensificación de los combates en la zona está llevando al límite el precario sistema de salud. Hospitales y centros de salud en Azaz y de la zona rural que rodea la ciudad de Alepo han sido golpeados por bombardeos en las dos últimas semanas, incluidos tres centros apoyados por MSF.

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© Julie Rémy

Candance es originaria de la República Democrática del Congo, tiene 19 años y vive en Salé, ciudad vecina a Rabat. Como tantos inmigrantes procedentes del África subsahariana, Candance se topó de bruces con la muralla que Europa tiene construida a su alrededor y agotadas sus fuerzas y recursos se quedó estancada en Marruecos, un país que no la quiere, en una etapa mas de su desesperado viaje.

Candance viene huyendo de un país en guerra y ante su imposibilidad de llegar a Europa, pidió asilo en Marruecos. Pensó que tal vez el documento como solicitante de asilo que le expidió el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), le daría alguna protección. Candance es paciente de un programa de atención a víctimas de la violencia sexual, ya que fue violada por uno de los grupos de bandidos y contrabandistas que pululan en terreno de nadie, en la frontera entre Argelia y Marruecos. Candance está embarazada de tres meses

El pasado martes 7 de septiembre, venía de mendigar en la puerta de la Mezquita de Salé. En el mes del Ramadán las limosnas suelen ser mas generosas y eso le permite pagarse la comida. Candance nos cuenta:

“ Ese día hacia las 7 de la tarde, cuando ya se había puesto el sol, vi en el camino de vuelta a casa a tres marroquíes. En realidad primero vi a uno que se acercó y me puso la mano en el culo. Yo tuve pánico después de lo que me había ocurrido, así que me giré y le di una bofetada. Fue cuando vi a los otros dos marroquíes que se acercaban.

Entonces apareció un furgón de la policía y los hombres huyeron. Los policías se acercaron e inmediatamente me pidieron los papeles, y como no acertaba a explicarme puesto que no hablo bien el francés, me empezaron a gritar y amenazar. Les mostré la fotocopia de mi documento como solicitante de asilo, el original lo dejo siempre en casa para no perderlo. La Policía me dijo que eso no servía de nada, cogieron el documento y después me metieron en el furgón.

Allí había otros 5 ó 6 subsaharianos como yo. Todos detenidos. Estuvimos dentro del coche de la policía durante algún tiempo, era como si patrullaran por la ciudad buscando más inmigrantes. No podíamos ver donde nos dirigíamos al no tener ventanillas por donde mirar. Después de bastante tiempo, quizás dos o tres horas, nos hicieron bajar. Era una comisaría de policía pero no sé de qué lugar. Nos metieron a todos en una celda y pasamos la noche. No había nada para comer ni beber.

Al día siguiente, miércoles, nos llevaron a todos en otro furgón a otro sitio. Tras varias horas de ruta en carretera llegamos a otra comisaría donde fuimos separados los hombres de las mujeres y encerrados en distintas celdas. En la mía me encontré con otras dos mujeres subsaharianas y una mujer marroquí. La Policía tomaba las huellas y una foto de cada inmigrante. Allí pasé dos días más, sin nada para comer. Pedí que con el poco dinero que tenía encima si se podía comparar alguna cosa, pero los policías me dijeron que no tenía derecho a nada. Sólo comí un poco el último día gracias a que la mujer marroquí encerrada en mi misma celda, recibió comida de su familia y la quiso compartir con las demás.

Por la ventana de la celda veía llegar varias veces ese mismo furgón de Policía con más inmigrantes subsaharianos, a quienes iban encerrando y tomando sus fotos y sus huellas. El viernes nos sacaron a todos fuera y nos metieron en un autobús, pero no era un autobús de la policía, no tenía identificación. En ese momento un policía vino a devolverme mi papel de demandante de asilo. No sé porqué me lo devolvió, ni qué había hecho con él esos días. El caso es que en aquel momento no me sirvió de nada. En el autobús estábamos unos 50 inmigrantes. Partió hacia las 4 de la tarde..Ya de noche lllegamos a un campamento militar en medio de un bosque. Nos ordenaron bajar y allí vi a un grupo de soldados y a más inmigrantes alrededor del autobús, algunos echados en el suelo. Nos ordenaron ponernos en fila, los soldados llevaban fusiles y perros. En ese momento pensé que quizás nos iban a matar a todos, pero nos ordenaron caminar. Algunos soldados iban delante, otros en mitad de la fila y algunos más atrás, vigilándonos. Caminamos en fila durante mucho tiempo. Durante la marcha una chica se cayó al suelo, tuvo como una especie de crisis. Algunos compatriotas se acercaron a ella junto con varios soldados. Ellos quedaron atrás y el resto del grupo seguimos caminando. De pronto los soldados nos dijeron, “este es el camino, seguid andando”. Enseguida todos comenzaron a correr y se hicieron dos grupos, yo no sabía cual tomar de los dos, no sabía a dónde se dirigían y como no me movía, los soldados empezaron a impacientarse: “ date prisa “, me gritaron, azuzando a los perros que llevaban.

Decidí seguir a uno de los grupos al azar. Luego supe que estábamos en tierra de nadie y volvíamos dando un largo rodeo a Marruecos. Después de tantos días sin comida y cansada de caminar ya no podía seguir adelante. Me ayudaron a llegar a un lugar que llamaron “el castillo” donde había otro grupo y hablaron allí con un chico congolés para que me ayudara, ya que ellos continuaban camino hacia los bosques cercanos a Nador.

Mi compatriota llamó a un taxi para que nos llevara a la ciudad de Oujda, pero al principio el taxista se resistió: “ la policía nos ha prohibido que transportemos inmigrantes ilegales”. El trató de convencerlo mostrando nuestros documentos y finalmente accedió a llevarnos a cambio de un precio mucho más elevado de lo habitual. Llegando a Oujda, el taxista nos dejó en el campus universitario donde nos encontramos con compatriotas congoleños. Desde el sábado 11 hasta el lunes 13 de septiembre, la policía destruyó todas las chabolas en las que nos refugiábamos. Por eso nos teníamos que esconder durante el día en los bosques y por la noche, tratar de dormir en el campus donde hace menos frío, siempre vigilando que la policía no viniera a detenernos.

Todo esto ha sido muy difícil. Con mi problema de violación y ahora esto de la expulsión he quedado muy afectada. He pasado mucha hambre y miedo y no termino de comprender que es lo que me ha ocurrido ni por qué.”

Candance logró contactar la semana pasada con la oficina del ACNUR, quienes tras verificar su documentación le ayudaron a regresar a Rabat donde seguirá expuesta a todo tipo de abusos en su viaje a ninguna parte.

“Médicos Sin Fronteras expresa su profunda preocupación por el deterioro de la situación médica y humanitaria de los inmigrantes subsaharianos en Marruecos, debido a la intensificación de las redadas y expulsiones masivas llevadas a cabo recientemente por las fuerzas policiales marroquíes. Cientos de migrantes, entre ellos mujeres y niños, están siendo deportados a “tierra de nadie”, en la frontera entre Marruecos y Argelia, y abandonados allí durante la noche sin comida ni agua.”