MÉDICOS SIN FRONTERAS

MSF inauguró hace dos semanas un nuevo hospital en el oeste de Mosul, donde ya ha atendido a más de 100 pacientes por heridas de guerra; entre ellos, 25 niños y 20 mujeres.

El personal médico atiende a un niño que sangra abundantemente por el oído a causa de una explosión.Jacob Kuehn/MSF


Médicos Sin Fronteras (MSF)
alerta de que la alta intensidad del conflicto y el enorme nivel de violencia que se está viviendo en los últimos días en la ciudad sitiada de Mosul –incluyendo ataques aéreos, ataques suicidas,  bombardeos y disparos-, están teniendo efectos devastadores en los residentes de la zona.

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Han pasado seis años desde que se inició el conflicto armado en Siria, el considerado como el más cruel desde hace 25 años. Seis años en los que más 400.000 personas han muerto y 4,8 millones se han visto obligados a abandonar el país. Médicos Sin Fronteras hace un llamamiento para que todas las partes involucradas en el conflicto permitan la entrada de la ayuda humanitaria en el país.

 

“Todas las partes del conflicto, los países vecinos y los actores internacionales deben permitir el acceso de la ayuda médica y humanitaria y no usarla como una herramienta política”, afirma Pablo Marco, coordinador de MSF en Oriente Medio. “Además, deben permitir que aquellos que requieran de asistencia médica accedan a áreas donde puedan recibir tratamiento especializado por parte del personal sanitario. A su vez, deben asegurar la protección de las unidades de emergencia, del personal sanitario y de las instalaciones médicas”.  

Tras seis años de guerra en Siria, la población civil es la que más sufre las consecuencias de este conflicto, cada vez más letal y despiadado. Los niveles de dolor son cada vez más grandes y millones de personas siguen sin tener acceso a la salud y sus servicios más básicos. Esta es una crisis humanitaria que se ha vuelto tremendamente compleja. 13.5 millones de personas necesitan de ayuda humanitaria urgente para sobrevivir.

Las vidas de millones de habitantes han sido destrozadas. Este video de MSF te muestra las consecuencias de años de guerra.

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El pasado mes de agosto Médicos Sin Fronteras decidía retirar a su personal de seis hospitales del norte de Yemen, debido a la falta de garantías ante los bombardeos indiscriminados que se están viviendo. Precisamente uno de ellos, el producido en Abs, acabó con la muerte de 19 personas, entre pacientes y personal del centro. Algo que explica en este vídeo Raquel Ayora (Directora de Operaciones de MSF), que también habla de la esperanza de que la evacuación no sea definitiva y de que los hospitales sigan abiertos y funcionando, aunque no puedan ofrecer la misma asistencia médica.

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Yemen: “La asistencia médica es una víctima más”

De su experiencia en el país nos habla Crystal van Leeuwen, enfermera en Canadá que acaba de regresar de Yemen tras coordinar allí las actividades médicas de Médicos Sin Fronteras (MSF) durante siete meses. Como integrante de nuestro equipo de emergencia, ha trabajado con nosotros en países como Siria, Sudán del Sur, República Democrática del Congo y Nigeria, así como durante la respuesta al brote de Ébola en África occidental.

Cuando aterricé en Saná, la capital yemení, los lados de la pista estaban cubiertos por aviones destruidos, tanto grandes como pequeños. Era claramente un país afectado por la guerra. Durante el trayecto de siete horas hasta Taiz, pasamos delante de viejas casas de piedra construidas en las laderas de las montañas. En los pueblos pequeños, la vida campestre transcurría de forma aparentemente normal y deseé estar visitando Yemen como turista.

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Entrevista a Côme Niyomgabo, coordinador general de MSF en Mali, sobre la situación humanitaria en el norte del país tras un recrudecimiento de la violencia.

¿Cuál es la situación actual en el norte de Mali?

El norte de Mali sufre una grave crisis desde 2012. A pesar de que en su origen se vinculaba a reivindicaciones fundamentalmente independentistas, desde hace unos años asistimos a una evolución que asume diferentes formas: a las reivindicaciones independentistas se suman también otras de carácter religioso, la lucha por el control de las rutas de contrabando y la instrumentalización de las comunidades en un contexto de criminalidad y escasez de recursos.

Un año después de su firma, el acuerdo de paz de Argel no ha supuesto ningún avance significativo, y los pocos resultados obtenidos pueden verse malogrados por la reanudación de los combates entre los diferentes grupos. El 21 de julio de 2016 se reanudaron los enfrentamientos violentos en la región de Kidal, situada en el extremo norte del país, provocando más de 50 muertos y 82 heridos. Una semana antes de los enfrentamientos, se habían producido manifestaciones en Gao que acabaron en disturbios que se saldaron con varias muertes y una treintena de heridos. Esta evolución refleja en parte la exasperación de la población, que no ve ninguna mejora real en su vida cotidiana a pesar de los acuerdos de paz.

Por otro lado, los actos de delincuencia contra las organizaciones humanitarias continúan.

Esto dificulta seriamente el despliegue de la ayuda humanitaria, pues los enfrentamientos entre los grupos armados, unidos a una alta criminalidad, complican y limitan el acceso de los trabajadores humanitarios a la población.

Ansongo, Mali.

Ansongo, Mali.

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“Voté y volví a casa, porque sabía que Sudán del Sur sería independiente”. John Aken, de 35 años, se hallaba en Darfur cuando se celebró el referéndum sobre la independencia, en 2011. Había huido a esta región del oeste de Sudán a causa de la segunda guerra civil (1983-2005).

Clínica móvil en campo de desplazados. Sudán del Sur. © Anna Surinyach / MSF

“Me casé en Darfur y tuve seis hijos, pero hace dos años decidí volver a casa porque ya no había conflicto en mi tierra”, sonríe John, que ahora vive con su familia en una choza situada en un asentamiento del estado sursudanés de Bahr el Ghazal del Norte.

El acuerdo de paz en 2006 entre el Gobierno de Sudán y el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán (ELPS), un movimiento insurgente que tenía sus principales bastiones en el sur, desembocó cinco años después en una consulta popular cuyo resultado intuían no solo John sino muchos otros que decidieron regresar a casa. Lo hicieron por una mezcla de motivos políticos, económicos y sociales, entre ellos el agravio que dicen sufrir entre la población del norte. Son los llamados retornados: 400.000 han llegado en los últimos años al estado de Bahr el Ghazal del Norte.

Pero en el último año hay otro tipo de población que está llegando a la zona septentrional de esta región desde la frontera con Sudán y más al norte. Son 20.000 personas que huyen de la violencia y que se han visto casi desamparadas por el sistema de ayuda humanitaria. Si bien la ONU reconoce a los más de 200.000 refugiados que se alojan sobre todo en grandes campos del noreste de Sudán del Sur, nadie sabe cómo nombrar a estas últimas llegadas a Bahr el Ghazal del Norte, más al oeste. El motivo es que la mayoría escapa de una disputada zona de nadie: asentamientos a lo largo del río Kiir o Bahr el-Arab (el topónimo depende del Sudán desde el que se mire).

“Antes teníamos un río para pescar. Podíamos comprar cabras y vacas. Teníamos sacos y sacos de maíz. Podíamos cultivar todo lo que quisiéramos”, evoca Anthilio Akon, líder de una comunidad que huyó de las orillas del río Kiir. “Cuando vi que ardían nuestras casas, le dije a mi gente que no quedaba nada, que lo mejor era irnos”, suspira. Lo peor es que tras su huida hacia el sur, Anthilio y su comunidad se vieron desplazados en varias ocasiones más porque los lugareños consideraban que estaban ocupando tierras de cultivo y pastoreo.

La familia de este venerable anciano es una de las pocas del campo de Ajok Wol, en Bahr el Ghazal del Norte, que tiene un techo bajo el que refugiarse. Casi todas las demás sobreviven en unas chozas que ni siquiera hacen honor a su nombre, porque se reducen a esqueléticas disposiciones de ramas de árbol. “Estamos sufriendo porque tenemos un problema con la comida y el agua, nuestros niños duermen bajo los árboles, no tenemos refugio y es terrible cuando llueve”, enumera Anthilio.

La temporada de lluvias está empezando en esta región hasta hace unas semanas deprimida por el polvo y que hoy exhibe, al menos fuera de los campos, un verde fluorescente: un crecimiento vegetal que llevará aparejado un aumento de los casos de malaria. En previsión de ello, los equipos de Médicos Sin Fronteras, que ya asisten a estos desplazados a través de clínicas móviles y un centro de atención primaria, están formando a trabajadores comunitarios para que atiendan a la población en los campos cuando estos sean inaccesibles debido a las precipitaciones.

La situación humanitaria es grave tanto para Anthilio como para los centenares de familias esparcidas en esta remota parte del globo, pero para ellos lo primero es velar por su seguridad. “No volveré a Burpeny, nuestro poblado del río Kiir, porque es un campo de batalla. Tanto el Gobierno de Sudán como el deSudán del Sur dicen que es suyo. Aunque sepamos que es nuestra casa, tenemos que esperar para saber a quién pertenece”, se resigna el anciano.


Segundo reportaje de MSF para seguir la ruta de los refugiados sirios desde la provincia de Alepo hasta Grecia: Los sirios que se refugian en el sur de Turquía arrastran las heridas físicas y emocionales del conflicto.

Familia siria que vive en un garaje en Kilis, Turquía. © Anna Surinyach / MSF

Ahmed Beidun muestra un parte médico. Es el documento que acredita la gravedad de sus heridas y que le sirvió para abandonar Siria y ser admitido en Turquía. Al conocer su situación, un vecino se compadeció y le ofreció un garaje para alojarse de forma provisional. “Los turcos se han portado muy bien con nosotros”, agradece Ahmed, enfundado en una chaqueta deportiva. “El problema es que no tengo pie. No puedo trabajar”, lamenta mientras su hijo le hace carantoñas.

Un ataque aéreo en la ciudad de Alepo, la principal del norte de Siria, cambió la vida de Ahmed. “Cayeron tres misiles –recuerda–. Mis primos me llevaron al principal hospital de Alepo, pero estaba saturado. Tenía miedo a represalias si iba a un hospital público, porque soy de un pueblo que estaba controlado por los rebeldes. Al final, fui a un hospital privado y allí me amputaron un pie”. Tras la operación, Ahmed convenció a su familia para huir del país y refugiarse en Kilis, en el sur de Turquía.

Esterillas, mantas y platos se amontonan en el garaje. Una cuerda con ropa tendida separa el área común de la cocina improvisada, donde yacen recipientes de plástico y un hornillo. A la espera de entrar en un campo de refugiados, esta es la lúgubre vivienda que ha encontrado Ahmed en Kilis, el primer lugar de paso para muchos de los sirios que huyen de la guerra hacia el norte. Ahmed vive con su familia y la de dos de sus primos: en total, dieciséis personas se hacinan en una cochera de apenas cincuenta metros cuadrados.

Ya son más de 380.000 los sirios que se han refugiado en Turquía. La mayor parte de ellos (más de 350.000) están registrados y tienen derecho a vivir en campos de refugiados habilitados por la Media Luna Roja de Turquía. Los demás esperan ser admitidos pronto o han decidido no registrarse porque prefieren tener libertad para trasladarse a otros lugares de Turquía. “Mucha gente cruza la frontera de forma ilegal. Vienen con muy poco dinero. Para ellos es difícil encontrar un lugar donde vivir si no están en los campos. La atención médica es una necesidad apremiante”, resume Alison Criado-Pérez, enfermera de una clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kilis visitada por muchos refugiados que sobreviven fuera de los campos.

En esta clínica abundan las historias de pacientes que han llegado a Turquía sin documentación porque su pasaporte ha caducado o se ha extraviado. “Es muy peligroso. Corres el riesgo de que te disparen”, explica una joven siria que ha cruzado en varias ocasiones los olivares que pueblan la frontera. Sea cual sea su situación económica, los refugiados asisten al derrumbamiento de sus vidas pretéritas y afrontan con incertidumbre el futuro. “El negocio iba muy bien”, evoca un sirio que regentaba una tienda de muebles en Alepo aplastada por un tanque.  “Echo de menos la vida antes de la guerra”, abunda mientras espera a que su esposa salga de una consulta ginecológica de MSF. La vida cotidiana de este refugiado ha dado un giro radical: antes del inicio del conflicto, viajaba a Estambul o Atenas en busca de inspiración para el diseño de minibares y decoración de dormitorios; ahora, no tiene trabajo. La guerra siria también ha golpeado a las familias con más recursos.

Cruzar la frontera no es el fin del dolor para estos sirios, sino el inicio de un duro proceso de recuperación emocional, sobre todo para los que han sufrido heridas severas o han dejado familiares atrás. Entre los refugiados hay una mayoría de mujeres y niños, un detalle que habla de la cantidad de familias divididas que anhelan el fin de la violencia para recomenzar sus vidas. Necesitan tanto atención médica como psicológica. Sonya Mounir, que supervisa a un equipo de psicólogos de MSF en Kilis centrado en los refugiados sirios, cree que el futuro constituye el principal estímulo para todos. “Nuestro objetivo es que aprendan a lidiar con su nueva situación, que tengan algo de esperanza, que tengan ideas y sueños”, resume.

Ahmed tiene esta tarea por delante: debe amoldarse a una vida lejos de su tierra y después de haber sufrido un bombardeo. Pronto cambiará el garaje por un campo de refugiados en condiciones dignas, pero sus muletas, apoyadas en la pared, invocan el episodio traumático que aún no ha superado. “Quiero un pie ortopédico”, dice una y otra vez. Cabizbajo, Ahmed no sabe cómo contestar a la pregunta de qué le gustaría hacer en el futuro: “Antes jugaba con mi hijo, ahora no puedo”.


MSF apela a la comunidad internacional a responder a las necesidades médicas y humanitarias de la población.

Prueba de malaria en el hospital de Batangafo, RCA © Ton Koene

Tres meses después de que la coalición de grupos armados Séleka tomara el poder en la República Centroafricana (RCA), el país se encuentra al borde de una emergencia humanitaria, mientras la comunidad internacional se muestra testigo indiferente, según alerta hoy Médicos Sin Fronteras (MSF). Desde el golpe de estado del mes de marzo, RCA está inmersa en la inestabilidad política y arguyendo falta de seguridad, las agencias de las Naciones Unidas y muchas ONG han retirado su personal a la capital, Bangui, lo que deja a la mayoría de la ciudadanía centroafricana sin ayuda. De acuerdo con un informe publicado por MSF hoy, la población de la RCA ha sido abandonada justo en el momento en que más ayuda necesita.

Durante la ofensiva de la coalición de grupos armados, los hospitales y los centros de salud fueron saqueados y el personal médico huyó a la capital. Sin médicos, medicamentos o material sanitario, la mayoría de la población en RCA no tiene acceso a la atención médica. Todo ello en un país que ya se encontraba en crisis antes del golpe de estado, con tasas de mortalidad muy por encima de los niveles de emergencia en diferentes regiones. Enfermedades prevenibles y desnutrición son comunes, así como la malaria, la enfermedad que causa más muertes. Los equipos de MSF están viendo números alarmantes de casos de malaria, un 33% más elevados que el pasado año. “Encaramos uno de los peores años en cuanto a impacto de la enfermedad”, dice Ellen van der Velden, coordinadora general de MSF en RCA.

La falta de seguridad es uno de los problemas que afrontan los que proveen ayuda médica y humanitaria. Al igual que agencias de las Naciones Unidas y ONG, MSF ha sido víctima de robos y saqueos a lo largo de los últimos meses. A pesar de ello, ha continuado operando nueve programas en el país y ha expandido sus servicios de emergencia. Pero las necesidades de la población son tan acuciantes que se requiere mucha más ayuda.

La dotación de fondos es asimismo otro de los impedimentos para la provisión de ayuda humanitaria en el país. Del total de fondos demandado por ONG y agencias de las Naciones Unidas para lidiar con la crisis en RCA, sólo se ha hecho disponible un 31%.

MSF llama a la comunidad internacional –Naciones Unidas, la Unión Europea, la Unión Africana- a situar a la RCA como una prioridad en sus agendas y a apoyar a este país tan frágil. MSF, asimismo, hace un llamamiento a la comunidad humanitaria de que mantenga su apoyo la RCA a pesar de la situación de inseguridad y de inestabilidad política y de que se destinen los recursos necesarios para afrontar la crisis médica y humanitaria del país.

Finalmente, MSF reclama del gobierno de transición su compromiso de ayudar a la población necesitada y de que garantizará en lo posible las condiciones de seguridad necesarias para que las organizaciones humanitarias provean asistencia a la población.

El informe de MSF, “República Centroafricana: ¿abandonada a su suerte?”

MSF trabaja en RCA desde 1996 y en la actualidad ofrece servicios médicos en Batangafo, Boquila, Bossangoa, Bria, Carnost, Kabo, Ndélé, Paoua y Zemio.


En febrero de 2013, Médicos Sin Fronteras (MSF) y el hospital de Elserief dispensaron atención médica vital urgente a 121 heridos, incluidos dos niños, tras dos episodios violentos que estallaron por el control de las minas de oro en Jebel Amir, al norte del estado de Darfur, en Sudán.

El doctor Mutwali Adam en Jebel Amir © Asia Kambal

El 8 de febrero, el equipo tuvo que utilizar el material médico del botiquín de primeros auxilios del personal para tratar a los heridos porque el cargamento regular de medicamentos no había llegado todavía. El 21 de febrero estallaron unos enfrentamientos que provocaron la retirada de la zona de casi todos los trabajadores humanitarios. Sólo se quedaron tres trabajadores sudaneses de MSF para ofrecer asistencia. Haciendo turnos de 17 horas intentaron responder a las necesidades médicas más apremiantes. El doctor Mutwali Adam formó parte de ese equipo de emergencia de MSF que trabajó con el Ministerio de Sanidad durante los enfrentamientos.

 

En febrero, cuando estalló la violencia, te encontrabas en Jebel Amir trabajando con el Ministerio de Sanidad en el hospital de Elserief. ¿Estaba preparado el personal para recibir al repentino flujo de heridos?

Recibimos unos 34 heridos durante las primeras horas de violencia el día 8 de febrero. El hospital no tenía material quirúrgico y el cargamento médico de MSF aún no había llegado. Teníamos un botiquín de primeros auxilios para uso personal del equipo de MSF por si las moscas. Utilizamos todo el material del botiquín para curas y la medicación necesaria para las intervenciones. También utilizamos todos los medicamentos disponibles del hospital. El médico del centro y yo practicamos todas las intervenciones quirúrgicas, trabajamos en equipo. También tuvimos que hacer una transfusión de sangre a uno de los pacientes; no teníamos nevera, por lo que la hicimos directa.

Dos días después del inicio los enfrentamientos del 21 de febrero, cuando la violencia se aproximó al hospital, muchas personas, incluido el equipo de MSF, se trasladaron a la casa del comisionado por motivos de seguridad. Una mujer embarazada rompió aguas, y enseguida empezó con los dolores de parto. No había forma de llevarla al hospital. Me estresé: ¿y si tenía una hemorragia? ¿cómo podría salvarla si surgían complicaciones?

Pusimos una esterilla en el suelo de un almacén vacío y la tendimos allí; así es como dio a luz. Encontré una cuchilla sin usar y jabón. No hubo necesidad de abrirla más, lo que significa que no tuvimos que cortarla. Con un trozo de tela limpia envolvimos al bebé. Hervimos agua para lavar a la madre después del parto, y limpiamos la zona a conciencia. Tuvimos mucha suerte de que no se produjesen complicaciones.

Mientras tanto, las tías y hermanas de un niño de siete años, herido por una bala perdida que le había atravesado el muslo, nos lo trajeron para que le tratásemos. Contuvimos la hemorragia atándole con fuerza el pañuelo de su hermana alrededor de la pierna herida.

Cuando los enfrentamientos disminuyeron, llevamos al niño herido, a la madre que acababa de dar a luz y a su bebé al hospital. La pierna del niño no estaba fracturada, así que la suturaron y le pusieron suero por vía intravenosa. En lo que respecta al bebé y a la madre, permanecieron en el hospital durante cuatro horas, hasta que pararon los enfrentamientos. Los dos estaban en buen estado de salud, por lo que les enviamos a casa: necesitábamos espacio para pacientes con heridas de consideración.

Recibís a muchos pacientes de una vez y todos son casos urgentes. ¿Cómo conseguís responder a todas las necesidades?

Tienes que empezar por los casos más urgentes. Estás en una situación en la que el tiempo juega en tu contra, así que tienes que actuar rápido. Cada vez que puedes salvar a un paciente te sientes motivado para salvar más vidas. Durante la violencia de febrero practicamos 15 intervenciones quirúrgicas complicadas, y más de 80 de menor importancia. También realizamos transfusiones de sangre a cuatro pacientes. Tuve que hacer el papel de médico, de enfermero y de técnico de laboratorio. Éramos cinco personas (sumando los trabajadores MSF y el personal del hospital), incluidos dos médicos, por lo que no había forma de ocuparnos de todas estas personas sin la ayuda de todos. Cuando llegamos al hospital los enfrentamientos ya estaban tocando a su fin, y la mayor parte del personal del hospital había ido a comprobar que su familia estaba bien. Por suerte, el stock de medicamentos y de material médico enviado por MSF llegó la mañana del 23 de febrero.

A pesar de los enfrentamientos, la gente respetó la neutralidad del hospital porque salvábamos vidas.

Tiene que ser duro centrase en los pacientes cuando a tu alrededor están pasando tantas cosas, pero lo conseguís. Como médico y como ser humano, ¿qué te hace conservar la calma y estar por la labor en esos momentos?

Tengo que centrarme en mis pacientes e ignorar el entorno exterior, lo que cuesta mucho. Tengo la vida de personas en mis manos, así  que tengo dos opciones: intentar salvar la vida de los pacientes o dejarles, sabiendo que van a morir. Mi motivación de salvarles es lo que hace que no abandone.

En momentos como éstos, suele venirme a la mente un versículo del Corán: “Si alguien salva una vida humana, es como si salvase la vida de toda la humanidad.”


Al identificarse más necesidades, en mayo de 2013, MSF puso en marcha un programa de atención primaria de salud en dos puestos de salud en Elserief, Darfur, Sudán. Allí se realizan consultas médicas generales, se proporciona atención a la salud reproductiva y se presta apoyo nutricional. Los pacientes necesitados de atención especializada se refieren al hospital de Elserief, con los todos los gastos médicos sufragados por MSF.


Victorine, madre de cuatro niños, es uno de los desplazados que ha tenido que buscar refugio en el estadio de Sotraki, cerca de Goma, capital de la provincia de Kivu Norte en República Democrática del Congo (RDC). Dos de sus niños han sido atendidos en la clínica móvil de MSF de diarrea y desnutrición.

Victorine, en el campo del estadio de Sotraki, RDC © Amandine Colin / MSF

Sentada en el suelo, la joven habla con sus amigas, originarias como ella del pueblo de Kibate, el norte de Goma. Muy delgada, con una camiseta negra y una falda polvorienta, controla con el rabillo del ojo a sus hijos, que tienen entre dos y diez años. Como mucha gente en el estadio de Goma, Victorine, está exhausta. Muchos de los que llegan han caminado durante días y se han escondido en escuelas e iglesias para huir de los combates.

Victorine huyó con sus hijos y su marido, “escuchamos bombas, tuvimos miedo”, dice. Los proyectiles impactaban contra las casas. Uno de sus vecinos, asegura, murió por una bala perdida.

Es la tercera vez desde 2008 que Victorine y su familia se han tenido que hacer a los caminos para huir de la guerra. En noviembre, la familia no consiguió salir indemne: el marido de Victorine murió durante el caos que se desató en su pueblo. Como entonces, Victorine buscó refugio en la escuela. Esta vez. ha venido al estadio. Su pueblo está en pleno frente de batalla. Sabe que ahora estará largo tiempo refugiada antes de poder regresar a Kibati. “La vida es peligrosa y hay mucho sufrimiento”, dice la mujer, que sobrevive del cultivo de soja y judías, “pero cuando queremos ir a los campos a trabajar corremos el riesgo de que vengan los rebeldes a molestarnos”. Extorsiones y violaciones son habituales en la zona.

Ahora, en el estadio, la mayor preocupación de Victorine es obtener alimentos para sus hijos, “si tuviera dinero”, dice, “compraría comida en el mercado”. Lo único que ha traído consigo es un hatillo de ropa. Dos de los pequeños de Victorine padecen diarrea y malnutrición como consecuencia de los días que han pasado durmiendo a la intemperie sin suficiente comida. Aún ahora, en el estadio, duermen al aire libre.

Victorine se casó a los trece años y se trasladó con su marido a Goma desde Rutshuru. Viuda con 24 años y con cuatro hijos no cree que pueda volver a casarse, “un nuevo marido no querría a mis niños”, dice. Le preocupa el estado de sus campos y su casa, que pueden haber sido saqueados, o destruidos por las explosiones.

 


Más de 100.000  personas se encuentran refugiadas en diversos campos de desplazados en la periferia de Goma, en Kivu Norte, RDC. MSF trabaja en dos de los campos: Bulengo y Mugunga III. Los equipos se centran en proveer de cuidados médicos básicos y en vacunaciones para la prevención de enfermedades como el sarampión y el cólera.


Alrededor de 5.000 personas han tenido que refugiarse en el estadio Sotraki huyendo de los combates entre el grupo M23 y el ejército congoleño a finales de mayo. MSF ha puesto en marcha clínicas móviles para atender a la población en este campo “de transición”, situado a poco más de diez kilómetros de Goma, capital de Kivu Norte, en la República Democrática del Congo (RDC).

© Amandine Colin / MSF

En los campos de Bulengo y Mugunga III, los equipos de MSF trabajan en hospitales a pesar de que la situación de seguridad en la zona sigue siendo muy volátil. Las necesidades de los refugiados siguen siendo extremas.

Los 5.000 desplazados huyeron de los pueblos situados cerca de los combates que estallaron la semana del 20 de mayo. Tras pasar algunas noches en escuelas e iglesias de Goma, decidieron trasladarse al estadio Sotraki, donde la recepción de ayuda humanitaria podía gestionarse con mayor facilidad.

“Las bombas caían en las viviendas, mi casa quedó destruida, no pude rescatar nada, llevarme nada” dice Gertrude, que llegó al estadio con sus cinco hijos y diez sobrinos. Si algunos desplazados consiguieron llevarse algo consigo, la gran mayoría huyó con lo puesto. Muchos de ellos pasaron hambre durante largos días y muchos se separaron de sus familias en la huida precipitada. Para muchos de ellos tampoco fue ésta la primera vez que se veían obligados a huir de la guerra: el pasado noviembre fue la ocasión más reciente, pero también recuerdan la escapada en 2008, algunos tienen en la memoria incluso salir precipitadamente de sus casas en 1994 para huir de la violencia.

Tan pronto como los desplazados se reunieron en el estadio, MSF desplegó clínicas móviles donde se tratan a más de cien personas al día, la mayoría por diarreas e infecciones respiratorias. “Una cuarta parte de los enfermos son niños menores de cinco años, la mayor parte con diarreas”, explica Carolina López, coordinadora de emergencias. “35% de nuestros pacientes padecen afecciones respiratorias que afectan por igual a niños y adultos. Muchas de estas enfermedades se originan porque la gente ha pasado mucho tiempo a la intemperie, hacinados, rodeados de polvo y suciedad, todo eso conduce a contraer enfermedades”.

Además de estas actividades, MSF intenta prevenir que se desate un brote de cólera, “tenemos pacientes sufriendo esta enfermedad en otros campos en la periferia de Goma y es por ello que tenemos que evitar que se disemine”. MSF de hecho ha mantenido abierto un centro de tratamiento de cólera en el campo de refugiados de Buhimba durante meses.

En el campo de Bulengo, también en la periferia de Goma, capital de la región de Kivu Norte, RDC, los equipos de MSF ofrecen servicios básicos de salud, vacunaciones y atención prenatal. Las necesidades de los refugiados son extensas en el cambio, que se formó espontáneamente. Al no ser un campo oficial, recibe sólo ayuda esporádica de actores humanitarios. Desde noviembre de 2012 ha habido únicamente una distribución de productos esenciales. La seguridad es precaria, y la presencia de hombres armados en los bosques y campos aledaños al campo es fuente de preocupación constante. La gente evita salir del campo a buscar leña para cocinar y calentarse. Las mujeres temen ser violadas. Y es que, de hecho, desde diciembre de 2012 se han reportado 114 violaciones. Similares circunstancias se afrontan en el campo Mugunga III, donde los equipos médicos han sido testigos de un aumento masivo de agresiones sexuales justo después de los combates entre el M23 y el ejército. Se llegaron a tratar hasta a 28 mujeres por día.