MÉDICOS SIN FRONTERAS

A menudo se oyen críticas que identifican a los haitianos con la violencia. Los medios de comunicación airean con frecuencia sus llamados excesos: atacan a los cascos azules a los que acusan de haber llevado el cólera a su país, reaccionan violentamente ante lo que consideran un fraude electoral, levantan barricadas, incendian neumáticos…..

Uno mira su historia reciente y no puede por menos que comprender su frustración y su ira. Un pueblo abandonado por sus propias élites cómodamente asentadas en el extranjero , que no dudan en anteponer sus privilegios aún a costa del sufrimiento de su propia gente. Un gobierno débil acusado de corrupto y sin capacidad de reacción, tutelado por los cascos azules de la ONU, percibidos por la población como fuerzas de ocupación, que a pesar de los años transcurridos no han aportado nada a su país. Un país pobre y abandonado por la llamada comunidad internacional, que de la noche a la mañana descubre que en Haití existe gente que sufre y, al hilo de su desgracia, sus líderes no dudan en fotografiarse entre los escombros y prometer con gesto firme soluciones a su sufrimiento que hasta hoy nadie ha visto.

En solo un año, un terrible terremoto tira por tierra lo poco que aún se mantenía en pie. Acaba con la vida y deja marcados para siempre a cientos de miles de personas. Después las tormentas tropicales, y ahora la epidemia de cólera, ante la que tanto organismos de coordinación de Naciones Unidas como una gran mayoría de las organizaciones internacionales presentes sobre el terreno no están siendo capaces de actuar con eficacia para hacerle frente.

Miro esta fotografía y no puedo por menos que sentir un enorme respeto por este pueblo. Gente que, a pesar de su más que justificada ira por uno más de los abusos de que ha sido víctima, desmonta su barricada y deja pasar la ayuda para que las víctimas de la epidemia puedan mantener un hilo cada vez más débil de esperanza.

Barricada en Puerto Príncipe, Haití, el 18 de diciembre de 2010 ©Médicos Sin Fronteras


Un escueto informe de laboratorio confirmó las sospechas: Cólera. Vibrio El Tor, variedad Ogawa. Periodo de incubación: tres días. Síntomas: diarrea acuosa y vómitos. La pérdida masiva de líquidos corporales lleva a la deshidratación aguda. Sin tratamiento adecuado, puede provocar la muerte en cuestión de horas. Enfermedad que se transmite por consumo de agua o comida contaminada.

Centro de Tratamiento del Cólera MSF en Petite Rivière, en la región de Artibonite (centro). © Benoit Finck / MSF

Los primeros casos fueron detectados el 19 de octubre, tras el paso de la tormenta tropical Thomas. Hoy , cinco semanas después, la epidemia se extiende como la pólvora y ya ha dejado a su paso más de mil muertos. Según las primeras estimaciones de la Organización Panamericana de Salud, se producirán más de 200.000 contagios en un periodo de seis a doce meses, de los que al menos un 20% serán casos severos. El punto álgido de la epidemia está a la vuelta de la esquina, lo esperamos para dentro de dos semanas. Tan solo en Puerto Príncipe tendremos en torno a 70.000 casos y vamos a presentarnos en navidades con un más que probable segundo pico epidémico en el norte y la extensión de la epidemia también al sur del país.

El cólera, una enfermedad hasta ahora desconocida en Haití, ha llegado para quedarse y todo apunta a que permanecerá indefinidamente en el país como una enfermedad endémica. Una secuela más del terremoto del pasado 12 de enero que acabó con la vida de más de 250.000 personas y redujo a escombros un país ya de por si débil, empobrecido y olvidado.

El cólera es una enfermedad asociada a las malas condiciones de vida. A la falta de higiene y saneamiento, a la falta de acceso al agua potable. En el caso de Haití, ésta es la situación en la que hoy sobreviven cientos de miles de personas que confiaron en vano en las promesas de la comunidad internacional sobre la reconstrucción de su país. La realidad es que hoy, diez meses después del terremoto, más de un millón de personas siguen viviendo bajo lonas de plástico, dependientes en su gran mayoría de las organizaciones humanitarias para sobrevivir. Las promesas de reconstrucción se desvanecieron como el humo y con ellas las expectativas de recuperar una vida digna. Desde que se produjo el terremoto, menos de un diez por ciento de Puerto Príncipe ha sido desescombrado. La falta de infraestructuras como alcantarillado, redes de agua potable o eliminación de basuras, unidas a las malas condiciones de higiene de quienes se han visto obligados a vivir en la calle, son terreno abonado para la aparición de epidemias como el cólera.

En este momento, en medio de una epidemia que amenaza la vida de miles de personas, la respuesta de la comunidad internacional sigue siendo tan torpe como lenta y apenas un puñado de organizaciones humanitarias, en nuestro caso con el apoyo de la AECID1, estamos tratando por todos los medios de hacerla frente. Tal vez para cuando se decidan a implicarse con la intensidad necesaria, ya sea demasiado tarde. En cualquier caso, ahora que se barajan distintas teorías sobre la causa de la epidemia, no serán razones técnicas o científicas las que nos den la clave, sino la falta de compromiso y el abandono al que una vez más se ha visto expuesta la población haitiana.