MÉDICOS SIN FRONTERAS

Tras más de medio siglo de conflicto armado en Colombia, la violencia está lejos de desaparecer  y el coste social hasta el momento es alarmante. Millones de personas han tenido que desplazarse de sus hogares y tierras, decenas de miles han desaparecido y centenares de miles de familiares siguen esperándolos.

© Marta Soszynska/MSF

Durante todos estos años, la violencia no ha cesado, sino que se ha adaptado. Razones ideológicas, políticas y/o religiosas han sido el motivo de aberraciones contrarias a la vida y de la erosión de los derechos humanos más básicos. Pero sobre todo, el principal motor de esta desmesurada violencia ha sido el interés económico. Cantidad de niños, jóvenes y adultos han sido reclutados a la fuerza o empujados a un estilo de vida criminal ante la falta de oportunidades.

Como explica Juan Matías Gil, coordinador de MSF en Colombia, “el número de torturados y asesinados es incalculable, al igual que la cifra de comunidades amenazadas y de personas extorsionadas”.

En el país tienen lugar desde enfrentamientos directos, bombardeos, atentados y masacres, hasta la intensificación de las amenazas y extorsiones, hostigamientos, bloqueos y restricciones de movimientos y asesinatos selectivos de líderes sociales y comunitarios. Los responsables de estas masacres han sido múltiples, desde grupos guerrilleros, paramilitares y fuerzas de seguridad del Estado a grupos criminales constituidos tras las desmovilizaciones.

Sin embargo, algo que no ha cambiado, es “la constante generación de víctimas”, lamenta Gil.

 

Víctimas por partida doble

Existen diversos tipos de víctimas fruto de estas situaciones de violencia crónica y también cambiante. Y estas se encuentran tanto en las mismas zonas de conflicto como en las grandes concentraciones urbanas.

Durante décadas de conflicto, “muchas familias han dejado atrás sus tierras, sus vidas, sus historias, para sufrir luego la indiferencia y el desprecio en las grandes ciudades. Son víctimas de desapariciones, torturas, asesinatos y violencias sexuales, que han dejado marcas imborrables en tantos hogares”, explica Gil.

© Marta Soszynska/MSF

Y es que, estas personas son víctimas dobles, ya que además de haber sufrido el abuso, sufren también el olvido y la falta de comprensión, empatía y solidaridad.

 

Violencia oculta

En el marco del proceso de paz del país debemos preguntarnos qué ocurre con las heridas invisibles. Heridas que aunque no sean físicas ni externas, existen y que son consecuencia de profundas y dolorosas lesiones.

Por ejemplo, en 2016, atendimos a 645 víctimas de violencia sexual en Colombia; violencia que permanece arraigada y escondida en las personas que sufrieron dichos abusos.

Nuestro coordinador en el país enumera algunas situaciones concretas de personas que sufren estas heridas como “una madre que espera en la puerta de su casa a su hijo desaparecido. Como el insomnio de un padre cuya hija ha sufrido abusos sexuales. Como las relaciones sociales de tantas chicas tras esos abusos traumáticos. Como el trayecto de un niño a la escuela después de que su hermano haya sido mutilado por un artefacto explosivo. O Como las pesadillas de una joven tras presenciar una masacre en su pueblo”.

En este vídeo, Cristina, psiquiatra de MSF, explica cómo damos apoyo en salud mental en zonas de conflicto.
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Gil reclama que en Colombia la atención en salud mental es una necesidad tan evidente como innegable, así como la asignación de recursos humanos y técnicos para atender adecuadamente a los pacientes con afectaciones psicológicas y psiquiátricas.

 

En 2016, nuestros equipos en Colombia atendieron a más de 6.000 pacientes en más de 11.000 consultas individuales de salud mental, e implicado a cerca de 40.000 personas en actividades psicosociales. En el 85% de los casos, los factores causantes de las consultas eran la violencia y la separación o la pérdida de familiares. Nuestros pacientes han sido testigos directos de la violencia, víctimas de desplazamientos forzosos y amenazas, o han sufrido el asesinato o desaparición de algún ser querido. No sorprende pues que, entre los diagnósticos más habituales, se encuentren la depresión, el trastorno adaptivo y el estrés postraumático.

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