MÉDICOS SIN FRONTERAS

La falta de seguridad y los continuos saqueos y agresiones por parte de las milicias armadas han llevado ya a 35.000 habitantes de Batangafo y sus alrededores a dejar sus viviendas para alojarse en chozas rudimentarias en el campo de desplazados. Los habitantes del campo repiten que no volverán a sus casas hasta que no se les garantice la seguridad.

 

Desplazados en el campo de Bata, RCA © Pau Miranda / MSF

 

MSF iniciará esta semana una ronda de vacunación para al menos 18.000 niños y jóvenes de hasta 15 años en su mayoría alojados en el campo de desplazados de la localidad de Batangafo, en el norte de la RCA, que con cerca de 35.000 personas se ha convertido en el mayor del país.  Además de vacunas contra el sarampión y la polio, niños y jóvenes recibirán vitaminas y tratamiento contra las habituales infecciones parasitarias.

Los preparativos para la vacunación, en principio prevista para el mes que viene, se aceleraron después de que se detectaron varios posibles casos de sarampión que amenazaban con desatar una epidemia entre los niños de un campo que no ha parado de crecer desde el pasado agosto.  La vacunación llegará a unos 16.000 niños y jóvenes del campo, así como a 2.000 más de las pocas familias de Batangafo que aún permanecen en sus casas.

El pasado verano, algunos cientos de habitantes de la localidad se instalaron entre el hospital y el cuartel de las fuerzas internacionales de pacificación buscando protección tras una serie de enfrentamientos armados en la localidad. La falta de seguridad y los continuos saqueos y agresiones por parte de las milicias armadas llevaron cada vez a más vecinos a dejar sus viviendas para alojarse en chozas rudimentarias en el campo, hasta el punto de que hoy la mayoría de barrios aparecen desiertos.

A los vecinos de la localidad se unen cada vez más habitantes de los alrededores, que además de la violencia de las milicias sufren los ataques cada vez más graves de grupos de pastores nómadas. La tradicional llegada de los trashumantes con el fin de las lluvias, entre octubre y noviembre, siempre había traído algunos roces con los habitantes locales, esencialmente dedicados a la agricultura, pero el estado de guerra que vive la RCA desde hace dos años ha agudizado los enfrentamientos hasta el punto de que miles de personas se ven ahora obligadas a huir de los pastores, cada vez armados e inmersos en la espiral de violencia en la que se hunde el país ante la falta de soluciones aportadas por las fuerzas internacionales.

El imparable crecimiento del campo de Batangafo, inicialmente pensado para 12.000 personas, está llevando al límite los terrenos donde se asienta el campo, unos dos kilómetros cuadrados, y eso hace también aumentar el riesgo sanitario para los desplazados. “El hacinamiento es un importante factor de riesgo para la aparición de enfermedades en el campo”, explica Carmen Terradillos, responsable médica de MSF en Batangafo.  “Además de poner en marcha la vacunación –añade –  estamos reforzando los recursos del hospital en prevención del aumento de casos en el hospital. De momento no ha habido un gran incremento, en parte porque muchas familias priorizan el buscar comida para el día aunque tengan a alguien enfermo, y no acuden al médico hasta que el caso es grave”. Para intentar evitar esa situación, MSF va a potenciar las actividades de promoción de salud entre los desplazados y va a poner en marcha rondas de su personal sanitario por el campo.

Los habitantes del campo dicen una y otra vez lo mismo: no van a abandonar lo hasta que no se les garantice la seguridad, incluso aunque lleguen la temporada de lluvia dentro de un par de meses. Las chozas no están preparadas para los aguaceros y muchas de las precarias viviendas están situadas en terrenos en los que se estanca el agua. “Nos gustaría irnos antes, queremos volver a casa, pero si no nos garantizan seguridad nos quedaremos y haremos lo que sea para reforzar las chozas. No nos iremos”, afirma Brigitte Befio, habitante de Batangafo que vive desde hace meses en el campo con su marido y sus cinco hijos.

“No nos moveremos hasta que no desarmen a las milicias que nos atacan sin cesar”, dice Lea Nukofio. Con 59 años, no recuerda nunca un nivel de violencia igual en su país. Lleva más de dos años huyendo de los ataques de unos y otros juntos a un centenar de habitantes de Kambakota, un pueblo situado a unos 50 kilómetros al oeste de Batangafo.  “De aquí ya no nos movemos hasta que no les quiten las armas”, añade con rotundidad.

La llegada diaria de decenas de personas provenientes de los alrededores evidencia la absoluta falta de seguridad que reina en toda la zona. MSF tiene cinco puestos de salud en la periferia de Batangafo, pero la inseguridad hace imposible su gestión y la asistencia básica a miles de personas de la región. “Esas poblaciones están en una situación de vulnerabilidad incluso mayor que los que están en el campo. No tienen prácticamente nada”, denuncia Terradillos. “Si las vías no tienen seguridad no podemos desarrollar nuestra imprescindible atención médica de urgencia”, explica la responsable adjunta de MSF en el país, Stella Aprile, que detalla que en el norte del país se ven “todas las enfermedades típicas de la RCA, como la malaria, las infecciones respiratorias y las conjuntivitis, y quedan sin diagnóstico ni atención si no podemos intervenir”.

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