MÉDICOS SIN FRONTERAS

por Kevin P. Kavanaugh (logista de Médicos Sin Fronteras en Aroressa, Etiopía).

Soy un humilde logista en Etiopía, del equipo de Médicos Sin Fronteras en Aroressa. Estamos ubicados en las tierras altas de la región de Sidama, en el sur del país. Nuestra misión tiene dos áreas de proyecto, en las ciudades de Mejo y Chire. La conexión entre ambas localidades es una carretera de montaña de 64 kilómetros que atraviesa verdes valles y montañas envueltas en nubes con precipicios verticales de más de 300 metros.

La carretera serpentea desde Mejo a través de los valles y del ascenso a la montaña en su camino hasta el proyecto hermano en Chire. Los valles son verdes, con ríos, arroyos, cascadas e imágenes propias de postal, con caballos pastando junto a las casas con forma de hongo. A veces, cuando los atravieso, me imagino ver a Frodo Bolsón y Gandalf el Gris saludándonos desde una de las pequeñas aldeas.

Paisaje con típicas viviendas locales en Aroressa (© Faith Schwieker-Miyandazi).

La carretera de montaña es una experiencia de infarto y constituye una historia en sí misma con pistas estrechas que ascienden desde 1.800 metros a 2.800, y que desciende de nuevo hacia unos puentes estilo Indiana Jones para mantener el interés.

Dicho esto, la mayoría de mis días están llenos de las tareas habituales de construcción, procedimientos de compras, actividades de agua y saneamiento y cualquiera de las emergencias que se presente ese día. A un cierto punto y debido a la cantidad de obligaciones diarias, a veces uno pierde la perspectiva de por qué estamos aquí. Pero también hay de días especiales cuando, en un abrir y cerrar de ojos, los astros se alinean y se abre una puerta y se presenta una oportunidad para marcar una diferencia. Si estás preparado.

Equipos de MSF en carreteras escarpadas de Aroressa (© Kevin P. Kavanaugh)

Uno de esos días, estábamos haciendo un viaje desde Melo a Chire llevando suministros en la vaca del coche y una furgoneta. Teníamos dos expatriados en el traslado de las 6 de la mañana, nuestra matrona y yo mismo. Tiramos una moneda al aire para sortear quien iba en la camioneta, más lenta y un poco más incómoda: perdió la matrona. Nos subimos y empezamos el viaje hacia Chire.

Tal y como atravesamos las montañas nos encontramos, en una zona de bosque tupido, con lo que parecía una procesión fúnebre de 30 a 40 hombres, mujeres y niños llevando un cuerpo en un camilla hecha de bambú. Nuestro conductor, un amante de la música disco, acribillaba a Donna Summer y su Love to Love You Baby. Tras conseguir que bajara la radio, uno de los que hombres que llevaba lo que parecía un cuerpo envuelto en un tela blanca se acercó al coche.

La furgoneta que llevábamos detrás redujo la velocidad y se detuvo para comprobar la situación de seguridad. El hombre estaba desesperado, sudaba y a duras penas coherente nos dijo que la mujer que iba en la camilla era su esposa y que estaba viva, embarazada y que tenía problemas con el parto. Un silencio cayó sobre la multitud cuando nuestra matrona se arrodilló y, con un pinar, escuchó al bebé y notificó a todos los presentes que el bebé estaba vivo. Un grito de jubiló surgió de la multitud y subimos a la mujer embarazada, a su marido y a la matrona al vehículo.

Llamamos a la base para hacerles saber que nos dirigíamos hacia allá con una mujer embarazada a punto de dar a luz. Estábamos a mitad de camino del centro de salud de Chire cuando la mujer embarazada gritó de dolor y nuestra partera nos dijo que detuviéramos el coche. Su marido, el conductor y yo mismo pensamos: “por favor, aquí no, ahora no”. Corrí a la parte de atrás pensando ‘tengo mi Leatherman (una herramienta multiusos) todo va a ir bien’.

Recién nacido en Aroressa (©F. Schwieker-Miyandazi).

La matrona exploró a la mujer y dijo que había dilatado 6 centímetros y teníamos que actuar con rapidez. Afortunadamente, el resto del trayecto fue bien y sentimos una sensación de alivio y orgullo cuando vimos al equipo de la maternidad de MSF esperándonos en la entrada del centro de salud. Esperamos en el centro de salud y 20 minutos más tarde un bebé sano nacía para la feliz parejaTan feliz que le han llamado Happy. El conductor y yo felicitamos al padre y nos fuimos a las tareas más mundanas de nuestras actividades logísticas diarias.

Dos días más tarde volvimos a la carretera de vuelta a Mejo y llevamos a la nueva familia para dejarla en su aldea. Para ayudar a su esposa a subir al coche, el padre me pidió que sujetara al bebé.  Sonreí al pequeño Happy y, en ese momento, un arco dorado de pis decoró mi chaleco de MSF para diversión de su familia y de otros espectadores que asistían a la escena. Lo consideré un presagio de buena suerte y decidí que el crío tenía todas las características propias de un futuro logista de MSF. Les llevamos a casa y todos los que íbamos en el coche sentimos una sensación de logro, de que ese día todo funcionaba y funcionaba bien para todos.

Una madre feliz y su hijo, atendido por personal de MSF en Aroressa (© (F. Schwieker-Miyandazi)

Durante el regreso de vuelta a la base, pensaba en la madre a la que acabábamos de ayudar y lo afortunada que había sido: ¡Qué coincidencia salvavidas que se encontrara con un vehículo de MSF y que hubiera una enfermera matrona en el coche! Me acordé entonces de esas otras mujeres, aquellas aspirantes a madre que no tienen tanta suerte y que deben ser llevadas en camilla de bambú durante largas distancias y a veces llegan al puesto de salud más cercano y tienen la suerte de conseguir ayuda, y otras no.

Llevamos a cabo dos programas materno-infantiles en Chire y Mejo para ayudar a salvar vidas de mujeres y niños. Habiendo entendido la complejidad geográfica de la zona y la grave escasez de los centros de salud y el personal sanitario, MSF está ampliando el alcance de sus actividades para hacer correr la voz entre las comunidades de dónde estamos y cómo podemos ayudarles.

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