MÉDICOS SIN FRONTERAS

  Por Alberto Rojas, desde RCA, en Jotdown

 

Marie Elene © Alberto Rojas

 

Amanece en el kilómetro cero de África. La lluvia, que siempre es un buen presagio, nos despierta al golpear con fuerza el techo de chapa. Hora de ducharse con un cubo de agua calentada al fuego, tomar un café bien cargado y subir al Landcruiser con las chicas de Médicos Sin Fronteras, que ya llevan un buen rato despiertas. El pequeño hospital al que vamos se levanta en medio de la selva como una caja azul cielo, un lugar que aquí marca la diferencia entre vivir o morir de algo que en España se trata con una pastilla.

Uno de los dos niños desnutridos de la etnia Peul, cuya leyenda dice que pueden cambiar de sexo varias veces en su vida, ha muerto al salir el sol, según nos dice Florentina, la doctora austriaca. La niña, en cambio, está cada vez mejor. Marie Elene, que ya nos saluda por nuestro nombre, le prepara un caldo a su madre enferma en una pequeña hoguera. Yeda, una niña de 11 años, acaba de llegar de una larga caminata con su hermano y ya espera a ser atendida mientras le hago unas fotos a su peinado. Jean de Diem lleva ya un buen rato trayendo niños al mundo en su maternidad y Costance, una guapa soldado con una herida de bala en la pierna, hace esfuerzos por ponerse de pie. Una mañana cualquiera de un día cualquiera.

Aunque nadie lo dice, todos ellos tienen algo en común: son víctimas de un horror sin nombre. “Tongo tongo“, lo llaman. Literalmente, en sango, significa “Mañana, mañana” o “Al amanecer”, por la hora en la que perpetran sus ataques. Son la milicia invisible de niños secuestrados, el Ejército de Resistencia del Señor. Ninguno de ellos lo nombra, como si fuera un mal espíritu al que no conviene convocar. Pero lo que hay ahí fuera es la armada apocalíptica de Joseph Kony, “El chamán del Nilo”, el hombre más buscado del mundo. Le preguntamos a la soldado Costance, ahora solo una adolescente desarmada, qué recuerda del ataque de hace tres días. No levanta la cabeza del suelo, avergonzada. Cuando le preguntamos si es posible que capturen a Kony esboza una sonrisa nerviosa. “¿Cómo vamos a cogerle? Él está ahí, en la selva, ahí él es el rey. Siempre va por delante de nosotros”.

Aquí todos saben que venimos buscando testimonios de víctimas de ese “Tongo tongo” que todos temen.François Beda, de MSF, nos acompaña a la periodista Raquel Villaécija y a mí en las entrevistas. Jean de Diem habla de un ejército al que las balas no le tocan, seres sobrehumanos que nunca mueren, fantasmas ocultos en la selva contra los que ningún país puede combatir. “¿Por qué creéis que nadie ha sido capaz de capturar a Kony?” “Él no es como nosotros. Él oye rumores, intuye los movimientos del resto de ejércitos. Jamás podrán encontrarle”. No lo dice un campesino inculto, sino un enfermero con estudios universitarios en la capital,Bangui. Lo repetirá después Aminata, una doctora tuareg procedente de Níger: “Vosotros los europeos no creéis en todo esto, pero hay cosas que no pueden explicarse”. Y se encoge de hombros. “Recuerdo a un criminal llamado Angelo que, como Kony, tomaba pociones mágicas. El ejército centroafricano rodeó su casa, él se negó a rendirse y comenzaron a disparar. Horas después, entraron en aquella vivienda. No había nadie. Angelo escapó como un fantasma. Hoy se pasea por el pueblo a la vista de todos”.

Marie Elene, la sonrisa de Zemio, habla con nosotros cuando termina la comida familiar. Nos cuenta cómo ella llegaba a su aldea cuando escuchó disparos. Desde su escondite en un árbol vio como quemaban todas las chozas, sacaban a la gente a culatazos y secuestraban a unos cuantos niños para que llevaran toda la comida que habían robado, entre ellos uno de sus hermanos. “Nos robaron todo. Hablaban en un idioma extraño y eran muy violentos. Al que se negaba a cooperar lo mataban al instante. Desde entonces ya no podemos vivir allí”. Ella, como el resto de 10.000 refugiados que se arraciman en torno a ese pequeño lazareto y la mínima protección que ofrecen los chancleteros soldados centroafricanos, solo quieren que alguien atrape al chamán que bebe agua de las colinas sagradas, el que se esconde en la selva, secuestra a niños, camina 80 kilómetros diarios, habla más lenguas que el diablo y sobrevive a los ataques de cuatro ejércitos de cuatro países distintos. “La gente dice que toman algo que les hace inmortales”, dice Marie Elene. Y recuerdo lo que me contó nuestro amigo Elvis, de Médicos Sin Fronteras, sobre los niños soldado en Liberia: “Primero les hacen una herida sangrante en la cabeza y les echan el brown sugar, es decir, una mezcla de cocaína y pólvora. Así la droga llega antes al cerebro. Luego les dan a beber alcohol pero les dicen que es una bebida mágica. Uno de los comandantes coge un arma con balas de fogueo y dispara un cargador entero contra los niños para hacerles creer que han quedado bendecidos por el conjuro”. Espera, Marie Elene, no te vayas todavía. Ponte ahí, que te quiero hacer una foto. Si, delante de esa pared roja como la sangre. Click.

Al caer el sol nos retiramos con la sensación de tener cerca el espíritu de Kony, cuya presenta tangible en las suaves colinas que rodean Zemio ensombrece una de las zonas más aisladas y bellas de África. El corazón, nada menos. Y recuerdo las palabras de Jean de Diem. “Él lo ve y lo oye todo”. Al día siguiente, cerca de la frontera con el Congo, hemos quedado con otro grupo de víctimas. Mujeres violadas, viudos, huérfanos. Y Yanick. Pero es que Yanick es otra historia.

Deja un comentario

En periodismohumano queremos que los comentarios enriquezcan el debate o la noticia. Por eso hay unas normas de decoro a la hora de comentar. Comenta sobre contenido que acabas de leer y evita el abuso de mayúsculas. Si tu texto tiene varios enlaces, puede que tarde un rato en aparecer. Los comentarios son libres y abiertos pero eliminaremos toda referencia que consideremos insultante o irrespetuosa