MÉDICOS SIN FRONTERAS

  • Anna Surinyach y Médicos Sin Fronteras nos acercan la vida diaria de hombres jóvenes, procedentes de países de África Occidental, que en su gran mayoría –aunque algunos podrían ser demandantes de asilo- dicen haber dejado sus hogares por la pobreza existente, la falta de trabajo y por tener a su cargo a los familiares que han dejado atrás.
  • “Las condiciones de vida aquí nos empujan a la valla. Dormimos en el suelo, comemos frutos, lo que conseguimos en la basura, tenemos que pedir”, dice Moussa. En el monte, buscan enclaves estratégicos para asentarse, agrupados por países de procedencia, por lenguas comunes. En invierno hacen fogatas, para calentar agua y hervir algo de té, para mezclar con harina y conseguir algo de calor. Duermen enfundados en plásticos para protegerse de la humedad.

En el monte Gurugú, para llegar a su escondrijo, Abdou y sus compañeros deben caminar un largo trecho. En el riachuelo lavan las pocas ropas que tienen y utilizan el agua del río hervida para beber (Anna Surinyach)

Llegan sin aliento y empapados, el sudor confundido con la lluvia, derrotados. Han corrido monte Gurugú arriba bajo el aguacero, algunos cojeando, embarrados regresan a casa, bajo los árboles, después de una nueva intentona infructuosa de saltar la valla de Melilla. En la vecina Nador, en el Gurugú, un monte amable de pinos y bosque bajo, habitan en campamentos improvisados varios centenares de migrantes subsaharianos, a la espera de la ocasión para entrar a Europa. Encajonados en el país alauí, sin poder avanzar y sin poder regresar a sus países, denuncian el acoso constante de las fuerzas de seguridad marroquíes, la violencia que emplean para impedirles saltar la valla -que hacen extensible a la Guardia Civil-, las deportaciones a la frontera con Argelia y la imposibilidad de trabajar en Marruecos, un país que se ha convertido en un callejón sin salida, el destino forzado de hombres y mujeres africanos que miran a Europa porque tiene que haber algo mejor que lo que dejan atrás. Y que lo que viven ahora.

El paisaje desde el Gurugú no es sólo la ciudad de Nador, sino también la vecina Melilla. Los migrantes tienen su objetivo – difícilmente alcanzable- a la vista de forma continua (Anna Surinyach)

“Hemos estado toda la noche esperando, toda la noche nos ha llovido, al lado de la valla, esperando la ocasión, pero no ha sido hasta la mañana que ha surgido. No ha sido posible, no ha pasado nadie”. Mussa tiembla en el frío de noviembre. “Eramos más de cien. A mí los militares me han dado con una piedra en la cabeza. En la valla se han quedado unos veinte, con los pies atrapados en el alambre de espino, los hemos tenido que dejar, les estaban pegando”. Tiene 25 años, es de Mali y llegó a Marruecos hace un año. Esta ha sido su segunda intentona.

Los hombres del Gurugú se quejan de no poder trabajar en Marruecos y, por lo tanto, de verse forzados a vivir en condiciones indignas en el monte (Anna Surinyach)

Son todo hombres jóvenes, la mayoría de países de África Occidental que aseguran haber salido de sus países por falta de recursos económicos, por la inexistencia de trabajos, por la corrupción, porque son responsables de familiares, hermanos, madres que han dejado atrás, malviviendo. “No he podido enviar nada a mi madre y a mi tres hermanos pequeños desde que he llegado aquí”, se lamenta Mussa. Asegura que seguirá intentado pasar a través de la valla. El Estrecho le da miedo. Se hizo al mar en una barca de recreo, “de las que hinchas soplando”, que compró a duras penas con unos cinco compañeros. Dos de ellos se ahogaron.

Los migrantes del Gurugú son en su totalidad hombres jóvenes, procedentes de países de Africa Occidental y la gran mayoría –aunque algunos podrían ser demandantes de asilo-, dice haber salido de sus hogares por la pobreza existente, la falta de trabajo y por tener a su cargo a los familiares que han dejado atrás (A. S.)

Algunos, más habituados, con más intentos a la espalda y más cicatrices, incluso ven con normalidad el papel de las fuerzas de seguridad: “cada uno tiene su trabajo y el de los militares marroquíes es que no pasemos. El de la Guardia Civil, que no entremos. Te empujan y cuando te atrapan, -y no acuso a nadie, es la voluntad de Dios-, pues ya se sabe, son militares. Cuando se acaba la intentona, hay gente con brazos o piernas rotos. Si consigues, entrar en las vallas, entonces es el turno de la Guardia Civil”. Se hace llamar Jack Bauer, como el protagonista de la serie ‘24’, y habla con experiencia: 10 intentonas.

Los migrantes que habitan en el monte Gurugú se agrupan en torno a pequeñas fogatas que utilizan para cocinar, hervir agua para el té y, sobre todo en invierno, conseguir algo de calor (A. S.)

“Las condiciones de vida aquí nos empujan a la valla. Dormimos en el suelo, comemos frutos, lo que conseguimos en la basura, tenemos que pedir”, denuncia Mussa. En el monte, buscan enclaves estratégicos para asentarse, agrupados por países de procedencia, por lenguas comunes. En invierno hacen fogatas, para calentar agua y hervir algo de té, para mezclar con harina y conseguir algo de calor. Duermen enfundados en plásticos para protegerse de la humedad.

El campamento de Abou se sitúa lejos de la carretera, en lo alto de la montaña, para esconderse lo más posible de las fuerzas de seguridad. Los migrantes se quejan de las redadas contínuas, las detenciones y deportaciones de Nador a la frontera con Argelia (A. S.)

El campamento de Abdou está alejado de la carretera, a unos veinte minutos de terreno escarpado, donde un repecho hace algo de cueva. La policía no llega allí tan fácil, “aunque también llega”. Abdou llegó hace dos meses al Gurugú, hace un año que salió de Ghana. Tiene 21 años y le gustaría llegar a algún país europeo donde pudiera acabar sus estudios para ser profesor, “es mi única oportunidad, no puedo volver a mi país”. Sus compañeros bajan al mercado de Nador a mendigar. Él lo hace poco, “no me gusta cómo me hace sentir por dentro, y a veces te insultan, así que buscamos comida en la basura. Cuando no mendigo, a cambio me encargo de subir hasta la montaña lo que encontramos, lo que podemos comprar, arroz, si juntamos algunos dirhams”. Abdou tiene mucho miedo a la policía “y es por eso, porque les tengo tanto miedo, que no me han cogido”.

Las duras condiciones de vida de los migrantes, con escasa comida y bebida y durmiendo en el suelo, pasa factura a la salud de los migrantes, que son atendidos con frecuencia por problemas gastrointestinales, de piel y respiratorias.

Los migrantes se quejan de no poder trabajar en Marruecos y de que si alguna vez alguien los contrata, los estafan. Cobran 20 dirhams al día (2 euros), “o no nos pagan y entonces nos amenazan con denunciarnos a la policía”, lamenta Mussa. También son con frecuencia objetivos de criminales y bandidos: no pueden acudir a la policía, no pueden denunciar, “los ladrones vienen con cuchillos y te roban, te dicen que les des la comida, el dinero, el móvil. Si no, te hacen daño”, corrobora Abdou.

Distribución de chaquetas. MSF asiste a los migrantes en clínicas móviles mensuales. Regularmente distribuye paquetes de material higiénico y, ante el frío del invierno, mantas o chaquetas (A. S.)

Son pocos los que quieren dar su nombre real, los que quieren enseñar su cara a la cámara. Hay miedo. Se quejan de que el acoso policial, las redadas en el monte, se están haciendo cada vez más rutinarias, los arrestos y las deportaciones, por lo tanto, también.

“Las condiciones de vida en la montaña son las que nos arrojan a la valla. Aquí no dormimos bien, no comemos bien, vivimos como los hombres prehistóricos”, explica Mussa. Los migrantes deben realizar largos recorridos para proveerse de agua potable (A. S.)

Abdou cuenta que cinco de sus compañeros fueron arrestados el día anterior en el mercado y deportados a la frontera. Los deportan en grupos de veinte o treinta, explica. Una vez allí, se les obliga a dirigirse hacia Argelia, a abandonar Marruecos. Los soldados argelinos por su lado, les impedirán pasar, disparando al aire. Volverán a Marruecos. De la frontera tardarán entre cuatro y seis horas -si conocen el camino- en llegar a Oujda, posiblemente la primera ciudad con la que se encontraron cuando llegaron por primera vez a Marruecos, y de ahí unos dos días de regreso a Nador. El ciclo completado, volver a empezar y seguir intentando.

El número de atendidos por heridas causadas por las fuerzas de seguridad, así como las que se hacen los migrantes al caer de la valla o cuando huyen de la policía ha aumentado este año en Nador (A.S.)

MSF en Marruecos
MSF trabaja en Marruecos desde 1997. Desde 2003, la organización asiste al colectivo de migrantes subsaharianos, una población vulnerable con necesidades médicas y humanitarias específicas, dadas sus precarias condiciones de vida y la situación administrativa irregular en la que se encuentran. MSF mantiene dos proyectos en el país. En Rabat, la capital, los equipos prestan atención médica y psicológica a migrantes víctimas de violencia sexual. En la región Oriental, fronteriza con Argelia y Melilla, la organización médico-humanitaria trabaja para asegurar el acceso de los migrantes a los servicios públicos de salud en la ciudad de Oujda. El equipo también ofrece atención psicológica, distribuye materiales de abrigo y utensilios de cocina, y realiza actividades de agua y saneamiento. En esta misma región, MSF ofrece servicios de atención primaria y apoyo psicológico al colectivo de migrantes subsaharianos de la ciudad de Nador.

Mussa acaba de participar en su segundo intento de saltar la valla de Melilla. Dice que lo seguirá intentando, aunque tratará de evitar pasar por mar. Dos de sus compañeros han muerto ahogados (A.S.)

Los migrantes en Nador no sólo viven en el monte Gurugú. Escondidos en bosques colindantes a la ciudad, cobijados en tiendas precarias, cientos de ellos esperan a poder pasar a Europa en pateras o barcas hinchables. Aunque siguen las noticias de barcas volcadas y ahogados en el Estrecho, la esperanza de llegar a Europa no les hace desistir.

(4) Comentarios

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