MÉDICOS SIN FRONTERAS

Después de unos días convulsos en los que la violencia, la injusticia y la impunidad una vez más han campado a sus anchas provocando indignación y hastío, quiero compartir con vosotros esta carta de una compañera. Está tan llena de humanidad que de vez en cuando la releo cuando necesito “reconciliarme con el mundo”.

El escenario es Liberia, un país que poco a poco se va recuperando de 14 años de una brutal guerra civil y los actores de esta historia. Ángela una enfermera que por primera vez sale de su país, Argentina, y Sam un bebé liberiano, abandonado a las puertas del hospital donde Ángela trabaja. Y su carta dice asi:

Me pasó algo. Algo que es enorme. En realidad no se cómo explicarlo. Es una mezcla de sensaciones; me pidieron que realice la que es quizás la tarea más importante de mi vida. No es algo difícil, no es complicado. Es simplemente lo que esa tarea significa.

Tengo que escribir una carta. Y se me pone la piel de gallina mientras les cuento. Pero no es una carta cualquiera. Es una carta para Ben Benson.

Ben llegó al Hospital Benson de Liberia, a las 11 de la mañana del 13 de febrero (lo tengo anotado en mi agenda). El día transcurrió tranquilo, hasta que a las 3 de la tarde recibo una llamada telefónica de la gente de la guardia. Me pedían que fuese porque tenían un problema. Salgo rápido de la oficina, pensando en las mil y una cosas que podrían llegar a estar pasando en un servicio de emergencias. Entro, y el ambiente está tranquilo. Eso me desconcierta, porque esperaba encontrar caos. Me esperan el médico y las enfermeras.

“Tenemos una situación, Angie”, me dicen. “Tenemos un bebé… un bebé abandonado

Ante mi sorpresa, me explican: “La mamá lo trajo, dijo que no entendía inglés, que se iba a buscar un traductor… Eso fue a las once de la mañana.”

Me acerco a la cama. En medio de un inmenso colchón marrón, un bebe arropado. Tan arropado que no le veo ni la carita. Lo destapo. No se puede explicar lo que uno siente, al ver un bebe abandonado, tan arropado, uno espera… no se, encontrar algo que anda mal. Algo que anda muy mal. Por eso lo abandona la mamá… o eso pensé. Pero lo que veo es un bebé hermoso, medio flacucho, con cara de angelito, que dormía. El bebé había sido revisado y estaba sano. Aún no había comido, así que fuimos a la cocina a buscar leche para él. No sabíamos nada de él, ni como se llamaba, ni cuantos meses tenía.

Nos juntamos todos alrededor de él. Me dijeron que le querían poner Benson, como el hospital. Pero yo me opuse. ¿Cómo ponerle el nombre del hospital?. Lo vamos a llamar Ben, dije y Benson será el apellido. Y les encantó. ¿Y la edad? Todos nos miramos… ¿tres meses, más o menos?

Ahí empezó la tarea. Tres niñeras lo cuidaban las 24 horas en el hospital. Le abrimos una historia clínica, le pusimos en el protocolo para niños con malnutrición para que comenzase a engordar un poco, y nos pusimos a esperar a que la familia apareciese.

Ben vivió en el hospital durante tres meses. ¡Al mes ya estaba re-gordo! Siempre se despertaba cada tres horas para comer. Todo el mundo lo amaba. Todos lo abrazaban, y él se dejaba. No lloraba nunca, salvo cuando se pasaban de las 3 horas y no le habían dado su leche o el Pumply Nut, un alimento especial a base de crema de maní que utilizamos en los programas de nutrición infantil.

Todos lloraron cuando lo despedimos. Lo tuvimos que llevar al orfanato porque ya no cumplía el criterio médico para estar hospitalizado (en realidad, nunca lo cumplió) y no podía continuar con nosotros…

Fuimos a verlo un par de veces. Ben está gordo… “¡Come mucho este bebé!”, dicen sus nuevas niñeras del orfanato. Se ríe. Está enorme y sano. Como siempre.

Y me pidieron la tarea más dura de mi vida.

Me pidieron que escribiera una carta. Una carta contando su historia. A mí, porque fuí yo quien lo recibí y quien le puso su nombre. Me pidieron que deje escrito los primeros meses de su vida, para que cuando Ben crezca y sepa leer, sepa que pasó. quienes lo cuidaron y lo protegieron. Para que Ben sepa SU historia, porque nadie va a estar ahí para contarle que pasó en esos meses.

Y el peso que tiene eso no tiene nombre. Saber lo importante que puede llegar a ser para él; el hecho de saber qué pasó, cómo, dónde… no se le van a aclarar todas las dudas, pero al menos tendrá una idea….

Al principio me quedé muda. No sabía qué decir. “ Pero… la carta… ¿la van a cuidar? ¿La va a tener él cuando sepa leer?”

“Sí” fue la respuesta. “Esa carta va a ser un documento. Y acá, los documentos se guardan para toda la vida”.

Angela Moyano
Buenos Aires
Argentina