MÉDICOS SIN FRONTERAS

©Barbara Sigge / MSF

La malaria sigue matando a casi un millón de personas cada año. En el África subsahariana, es una de las principales causantes de muertes entre niños menores de cinco años. Pese a haber mejoras en la medicación y una prueba de diagnóstico rápido disponible, el tratamiento no llega donde es más necesario. En Deguela , una aldea de la región de Kangaba, en el sur de Mali, la temporada de lluvias ha comenzado y eso, bien lo saben, representa una amenaza porque los charcos que se forman atraen a los mosquitos y con ellos la temida enfermedad. Para la mayoría de la población, como ocurre en otras muchas zonas de África, los centros de salud están muy lejos y de todos modos tampoco pueden pagar los gastos por recibir el tratamiento, así que sencillamente no van. Por esta razón se decidió formar a personas de aldeas remotas como esta de Mali, para tratar casos simples de malaria de forma gratuita. En cada una de ellas se reúnen los ancianos y eligen a uno de sus vecinos para que reciba esa formación. En Deguela eligieron a Fataoumata.

Cada día, esta mujer se sienta bajo la sombra de un árbol en el centro del pueblo. A su alrededor, las madres se reúnen con sus hijos a la espera de que comience la consulta . El improvisado dispensario se completa con una pequeña mesa de madera sobre la que Fataoumata coloca cuidadosamente su material. Aunque antes de recibir su aprendizaje trabajaba en el campo cultivando maíz y patatas, se desenvuelve con la soltura de una experta, mientras decenas de pares de ojos la observan con curiosidad y esperan con paciencia a que todo esté listo.

Un niño llamado Kanda se sienta junto a ella en silencio. Su madre le explica que tuvo fiebre la noche anterior y que esta mañana estaba enfermo. Fatoumata hace una prueba de diagnóstico rápido: pincha la punta del dedo de Kanda y aprieta hasta que aparece una gota de sangre que ella atrapa con una pipeta y deja caer cuidadosamente sobre una delgada tira de prueba. El resultado aparece en unos quince minutos. Dos líneas rojas indican que Kanda tiene malaria, así que Fatoumata le da su primera dosis de medicina de inmediato.

Al final de sus consultas, Fatoumata visita a sus pacientes en casa. Dos días después de haber visto por primera vez a Kanda otros 23 niños han dado positivo por malaria. Ella les dio la medicina a todos ellos: una píldora de inmediato, dos más para que las madres se las suministren en casa hasta completar el tratamiento. Así de sencillo, así de eficaz.

Fatoumata no es médico, pero ha devuelto la tranquilidad a su aldea. El más anciano en Daguela comenta orgulloso: «Esta chica es muy fiable, por eso la elegimos. Antes moría un niño cada semana, pero ahora estamos tranquilos porque tenemos a Fatoumata”.