MÉDICOS SIN FRONTERAS

Tras más de medio siglo de conflicto armado en Colombia, la violencia está lejos de desaparecer  y el coste social hasta el momento es alarmante. Millones de personas han tenido que desplazarse de sus hogares y tierras, decenas de miles han desaparecido y centenares de miles de familiares siguen esperándolos.

© Marta Soszynska/MSF

Durante todos estos años, la violencia no ha cesado, sino que se ha adaptado. Razones ideológicas, políticas y/o religiosas han sido el motivo de aberraciones contrarias a la vida y de la erosión de los derechos humanos más básicos. Pero sobre todo, el principal motor de esta desmesurada violencia ha sido el interés económico. Cantidad de niños, jóvenes y adultos han sido reclutados a la fuerza o empujados a un estilo de vida criminal ante la falta de oportunidades.

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En el estado de Borno, los ataques de Boko Haram siguen causando movimientos de población y desplazamientos. Además, denunciamos que Camerún está repatriando a la fuerza a cientos de refugiados nigerianos en busca de protección y seguridad

 

Punto de agua en el campo de Banki, en el noreste de Nigeria. © Malik Samuel/MSF

En el noreste de Nigeria, la violencia y la inseguridad siguen forzando a la población a huir de sus hogares. Según relata nuestro equipo en la zona, nuevas oleadas de desplazados están llegando a aldeas y localidades remotas del estado de Borno. Además, desde Camerún, miles refugiados nigerianos están siendo obligados a regresar a su país de origen.

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En el norte de Siria, las personas que huyen de los combates y las que regresan a sus hogares corren el peligro de sufrir muertes y mutilaciones debido al impacto de minas, trampas explosivas y municiones sin detonar, fruto de los combates en la zona. Desde Médicos Sin Fronteras (MSF) publicamos “Listas para explotar”, un informe que advierte sobre el impacto devastador que tendría la detonación de estos artefactos en la población civil.

Un enfermero de MSF atiende a un paciente herido por una mina en el hospital de Kobane. Jamal Bali / MSF

Con Siria entrando en su séptimo año de guerra, el conflicto lejos de perder fuerza, se intensifica con los combates por el control de la ciudad de Raqqa, autoproclamada por el Estado Islámico (EI) como su capital. Muchos desplazados asistidos por MSF han sido víctimas de las minas, trampas explosivas y municiones sin detonar que tras años de guerra están sembrados por todas partes. La mayoría de ellos asegura que uno de sus principales miedos es que ellos mismos o sus familiares y amigos fallezcan o resulten heridos mientras huyen de las líneas de frente o cuando traten de regresar a sus hogares.

Y es que el constante cambio de posición de las líneas de frente deja un paisaje sembrado de minas, trampas explosivas y munición sin detonar en el que cientos de civiles han perdido la vida o han resultado mutilados por estos artefactos.

El 25 de noviembre de 2016, el hospital de Kobane, apoyado por MSF, recibió a ocho personas con heridas causadas por las explosiones de artefactos explosivos. Las ocho formaban parte de familias desplazadas procedentes de la zona rural del norte de Raqqa y del norte de Al Bab.

Por desgracia, no resultaba algo nuevo para el personal del hospital. Un año antes, gran parte de la población que estaba desplazada había podido regresar a sus hogares en el distrito de Ayn Al Arab / Kobane. Encontraron sus casas, calles y campos de cultivo sembrados de minas y de trampas explosivas. Todo estaba repleto de restos de bombas y proyectiles sin detonar. Meses más tarde, en el verano de 2016, una situación similar se vivió en el área de Manbij, de donde procedían más de 190 heridos por artefactos explosivos que fueron atendidos por el personal del hospital en el transcurso de tan solo cuatro semanas.

El Dr. Ahmad Al-Mulla practicando una cirugía en el hospital de Kobane. Jamal Bali / MSF

A través sus actividades médicas en el norte de Siria, MSF ha sido testigo del impacto que tienen en la población civil los restos de artefactos explosivos sin detonar, las minas y las trampas explosivas. No se trata solo del uso de armas explosivas durante las hostilidades, incluidas bombas lanzadas desde aviones. La diseminación generalizada de minas y de trampas explosivas instaladas incluso en domicilios privados, campos e instalaciones civiles está teniendo un efecto devastador en la población que regresa a sus hogares. Además, dadas las limitadas capacidades locales para limpiar estas zonas y hacerlas seguras de nuevo, todo esto tendrá un efecto a largo plazo en sus vidas.

La situación en Ain Al Arab / Kobane y Manbij es sorprendentemente similar a la reportada en otros lugares de Siria como Palmira, o a lo que también se ha visto en Ramadi (Irak) o Sirte (ciudad del norte de Libia), todos ellos escenarios de los combates contra el Estado Islámico (EI).

Lee el informe “Listas para explotar” completo aquí.

 

El precio de huir

Mohamed es un joven sirio de 35 años que consiguió escapar de Raqqa hace poco. Como él, desde 2013 muchos de los sirios que vivían en la ciudad huyeron de esta cuando comenzaron los combates entre los grupos de oposición y los ejércitos del Gobierno de Siria. En los últimos años, con el Estado Islámico (EI) controlando la ciudad y con ataques aéreos casi diarios, las posibilidades de salir de allí se han visto enormemente reducidas.

Sin embargo, quedarse no es una opción válida, lo que hace que se jueguen la vida con tal de salir de allí.

Restos de mortero de guerra en mitad de los escombros en Kobane. Jamal Bali / MSF

“Un día, mientras trabajaba en el mercado, alguien me contó que, si quería huir, debería  acercarme a las tiendas de los agricultores, esconderme, y luego emprender camino hacia el norte con alguno de los coches que salían de allí”, cuenta Mohamed. Y explica que al día siguiente él, su mujer y sus cuatro hijos fueron al lugar del que le habían hablado.

“Al día siguiente, encontramos un hombre que prometió llevarnos en coche hacia el área controlada por las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS). Acordé con el conductor darle 100.000 libras sirias (unos 440 euros) -todo el dinero que tenía- para llevarnos de contrabando hasta allí. Pero, una vez cerrado el trato e iniciado el camino, nos obligó a bajar del coche, nos abandonó en la carretera y se fue.

Después de un buen rato tirados, vimos a un anciano y a una mujer que viajaban en una moto. Venían en nuestra dirección (también estaban planeando escapar, me dijeron), así que les paré y les pedí ayuda. El hombre me prestó su moto para trasladar a mis hijos hacia el norte del punto de control del FDS. Decidí llevar primero a mi hijo mayor y a mi hija mientras el resto de la familia iría avanzando a pie por el mismo camino hasta que yo pudiera volver a buscarles.

Tan solo llevábamos unos 100 metros recorridos, cuando de pronto la moto pasó por encima de una mina y los tres saltamos por los aires”.

Continúa leyendo el testimonio de Mohamed pinchando aquí.

 

Urge un desminado seguro

En este momento, casi ninguna organización, ni humanitaria ni militar, está llevando a cabo actividades de desminado, lo que obliga a la población a hacer esa labor. A menudo con consecuencias letales.

“La población está arriesgando su vida para hacer más seguras sus comunidades”, dice Kleijer, responsable de MSF de emergencias para Siria. “Nos han contado que cinco hombres de Kobane se ofrecieron para retirar las minas que había en las viviendas y ganar así algo de dinero. Ninguno de ellos está vivo hoy”.

Mientras siga habiendo minas y artefactos explosivos sin detonar, la población atrapada por el conflicto no podrá huir. Y los que huyeron previamente tampoco podrán regresar a sus hogares. Del mismo modo, las organizaciones de ayuda humanitaria tampoco podrán llevar a cabo sus proyectos, lo que causará aún más sufrimiento a la población de esta región, cuyo sistema de salud se ha hecho añicos durante estos seis años de guerra.

Desde MSF hacemos un llamamiento a las partes del conflicto y a sus aliados para que garanticen la protección de los civiles y para que faciliten la llegada de ayuda humanitaria.

 

MSF gestiona seis centros médicos en el norte de Siria y proporciona apoyo a más de 150 hospitales y centros de salud en todo el país. Los equipos de MSF tratan las lesiones causadas por los dispositivos explosivos, pero no pueden luchar contra aquello que de hecho provoca estas lesiones y muertes. Los relatos incluidos en el informe ‘Listas para explotar’ constituyen solo algunos de los ejemplos del impacto de las miles de minas, trampas explosivas y munición sin estallar que quedan atrás incluso después de que los combates se hayan desplazado a otro lugar.

 


El pasado martes día 4 de abril, un ataque químico en contra de la localidad de Jan Sheijun, en la provincia de Idlib, situada en la zona rebelde siria, acabó con la vida de 86 personas, según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (OSDH). Un equipo médico de Médicos Sin Fronteras que presta apoyo al servicio de urgencias del hospital de Bab Al Hawa confirma que los síntomas de los pacientes son compatibles con la exposición a un agente neurotóxico como el gas sarín.

Según el OSDH, el número de víctimas mortales por el ataque aéreo a la ciudad siria de Jan Sheijun se eleva a 86, de las cuales 30 son niños y 20 mujeres. Algunas de las víctimas de este atentado fueron trasladadas al hospital de Bab Al Hawa, situado a 100 km al norte, cerca de la frontera con Turquía. Allí, ocho de los pacientes mostraron síntomas propios de la exposición a un agente neurotóxico como el gas sarín o compuestos similares. Pupilas contraídas, espasmos musculares y defecación involuntaria son algunos de dichos signos. Miembros del equipo de MSF proporcionaron medicamentos para que dichos pacientes fueran tratados, al mismo tiempo que facilitaron ropa protectora al personal médico del centro.

Además, estos equipos de MSF pudieron visitar otros centros donde más víctimas estaban recibiendo atención sanitaria. Fue allí donde alertaron de que estas personas habrían estado expuestas al cloro, ya que desprendían olor a lejía.

MSF apunta en sus informes que las víctimas de Jan Sheijun estuvieron expuestas, al menos, a dos agente químicos diferentes.

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Desde Médicos Sin Fronteras nos sumamos al rechazo de la patente europea del sofosbivur, un medicamento clave contra la hepatitis C. Así, el pasado día 27 de marzo y junto con Médicos del Mundo, Salud por Derecho y otras organizaciones de la sociedad civil de 17 países, presentamos ante la Oficina Europea de Patentes (OEP) una nueva oposición a la patente de dicho fármaco por parte de la empresa Gilead ya que esto supone una imposición de barreras que impide a millones de personas recibir tratamiento contra la enfermedad.

El sofosbivur es la columna vertebral de la mayoría de los tratamientos combinados para la hepatitis C. Este conforma el eje de una gama de antivirales de acción directa (AAD) orales que han llegado al mercado en los últimos cuatro años y que han disparado las tasas de curación. Si tenemos en cuenta que se estima que alrededor de 80 millones de personas en todo el mundo padecen esta enfermedad, el fármaco se convierte en un producto más que clave. Las cifras son alarmantes, ya que, y a pesar de que la enfermedad puede curarse con combinaciones de otros fármacos orales, se calcula que más de 700.000 enfermos mueren cada año debido a las complicaciones de la hepatitis C.


“Con 80 millones de personas en todo el mundo viviendo con hepatitis C, el tratamiento tiene que estar disponible para todos los que lo necesiten, sin importar dónde vivan”, señala el Dr. Isaac Chikwanha, asesor médico de hepatitis C de la Campaña de Acceso a medicamentos de MSF. “El precio del sofosbuvir excluye del tratamiento a millones de personas que precisan de él. El tratamiento está siendo restringido o, simplemente, no está disponible en muchos lugares del mundo. Rusia y muchos países de renta media como Tailandia y Brasil son un ejemplo de ello. Un medicamento que cura no hace ningún bien si la gente que lo necesita no puede pagarlo”.

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El pasado día 20 de marzo se cumplía un año del pacto migratorio firmado entre la Unión Europea y Turquía. Un acuerdo cuyo objetivo era, y continúa siendo, detener la llegada de solicitantes de asilo y migrantes desde Turquía a Europa, ofreciéndoles, supuestamente, “una alternativa a arriesgar sus vidas”. Desde Médicos Sin Fronteras denunciamos estas nocivas políticas de disuasión y los continuos intentos de alejar a la gente y su sufrimiento de las costas europeas.

La entrada en vigor de este pacto y el cierre de la ruta de los Balcanes, hace también un año, supusieron un nuevo paradigma en el enfoque de la UE para los flujos migratorios mixtos. Lejos de ser una historia de éxito, esta política migratoria europea se traduce en miles de refugiados, solicitantes de asilo y migrantes que pagan con su salud esta pésima gestión. Y es que, como consecuencia de esta gestión, miles de personas se ven obligadas a tener que realizar su camino hacia las costas europeas de la mano de mafias y traficantes. En Grecia y los Balcanes, hombres, mujeres, niños y niñas están atrapados en zonas inseguras de las que no pueden huir.

En este vídeo, nuestra compañera Caitlin explica de forma gráfica cómo funciona este acuerdo.

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Han pasado seis años desde que se inició el conflicto armado en Siria, el considerado como el más cruel desde hace 25 años. Seis años en los que más 400.000 personas han muerto y 4,8 millones se han visto obligados a abandonar el país. Médicos Sin Fronteras hace un llamamiento para que todas las partes involucradas en el conflicto permitan la entrada de la ayuda humanitaria en el país.

 

“Todas las partes del conflicto, los países vecinos y los actores internacionales deben permitir el acceso de la ayuda médica y humanitaria y no usarla como una herramienta política”, afirma Pablo Marco, coordinador de MSF en Oriente Medio. “Además, deben permitir que aquellos que requieran de asistencia médica accedan a áreas donde puedan recibir tratamiento especializado por parte del personal sanitario. A su vez, deben asegurar la protección de las unidades de emergencia, del personal sanitario y de las instalaciones médicas”.  

Tras seis años de guerra en Siria, la población civil es la que más sufre las consecuencias de este conflicto, cada vez más letal y despiadado. Los niveles de dolor son cada vez más grandes y millones de personas siguen sin tener acceso a la salud y sus servicios más básicos. Esta es una crisis humanitaria que se ha vuelto tremendamente compleja. 13.5 millones de personas necesitan de ayuda humanitaria urgente para sobrevivir.

Las vidas de millones de habitantes han sido destrozadas. Este video de MSF te muestra las consecuencias de años de guerra.

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El pasado 8 de marzo se celebró el Día Mundial De La Mujer. Una fecha que conmemora la lucha de las mujeres por tener las mismas oportunidades y trato que los hombres. Sin embargo, a día de hoy, millones de mujeres siguen luchando por esos derechos que aún no se cumplen. Desde Médicos Sin Fronteras trabajamos para dar apoyo y asistencia a aquellas que más lo necesitan.

Uno de los derechos más básicos del ser humano es el de acceso a la salud, pero todavía hay mujeres que no pueden disfrutar de él. Según datos de la Organización Mundial de Salud (OMS), cada día mueren casi 830 mujeres por causas prevenibles relacionadas con el embarazo y el parto. El 99% de esta mortalidad materna corresponde a los países en desarrollo.  Afganistán es uno de los países más peligrosos para dar a luz. De acuerdo con los datos de la OMS, cada año mueren alrededor de 4.300 mujeres por estas causas, cifra alarmante si se compara con las 19 que fallecen en Australia.

Una cuarta parte de los partos que asisten los equipos de MSF en todo el mundo, tienen lugar en Afganistán. La ginecóloga Sévérine Caluwaerts ha trabajado durante siete años en el hospital de maternidad de la provincia rural de Jost, al sureste de Afganistán. Cada día tiene que hacer frente a situaciones en las que los derechos de la mujer son vulnerados.

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El informe de Médicos Sin Fronteras (MSF) “Morir de camino a Europa: eritreos en busca de seguridad”,  recoge los testimonios  de los miles de refugiados que huyen de Eritrea en busca de seguridad fuera de su país. Este señala las terribles consecuencias que están teniendo las políticas europeas restrictivas de migración en las personas que buscan seguridad fuera de sus países. 

 

Una mujer eritrea reza tras ser rescatada en el Mediterráneo por el barco Phoenix. © Gabriele François Casini/MSF

 

“El 90% de los eritreos que logran llegar a Europa por tierra y mar tienen el asilo asegurado. Los gobiernos europeos reconocen sus demandas como genuinas pero a pesar de ello están haciendo todo lo que pueden para impedir a eritreos y otros reclamantes de asilo llegar a las costas de la Unión Europea (UE)”, dice Arjan Hehenkamp, director general de MSF en Holanda.

En 2015, los refugiados eritreos fueron el grupo más numeroso en cruzar el Mediterráneo: 39.162 hombres, mujeres, niños y niñas llegaron a Italia. En 2016, fueron el segundo grupo, por detrás de Nigeria, con 20.718 personas rescatadas en el Mediterráneo.

Los ciudadanos de este pequeño país del este de África huyen de un Estado en el que no existen derechos ni libertades. Un territorio en el que miles de habitantes son reclutados de manera forzosa desde hace décadas. Con el agravante de correr el riesgo de ser encarcelados, torturados o asesinados, en el caso de intentar desertar.

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El pasado viernes 3 de febrero los jefes de Estado de la UE se reunieron en Malta bajo el marco de una cumbre sobre gestión migratoria. Ese mismo día, Libia e Italia firmaban un acuerdo para bloquear la ruta de migrantes hasta la costa europea a través del Mediterráneo. Desde Médicos Sin Fronteras denunciamos, una vez más, el enfoque inhumano de las políticas europeas.

Mientras los líderes de la UE celebraban un encuentro para discutir sobre la gestión de la migración y el cierre de la ruta de Libia a Italia a través de la intensificación de la cooperación con las autoridades libias, los derechos humanos de miles de personas estaban siendo vulnerados por completo. Lo son cada día.

Desde julio de 2016, los trabajadores de MSF ofrecen atención médica a migrantes, refugiados y solicitantes de asilo detenidos en Trípoli y sus cercanías. Estas personas son detenidas arbitrariamente en condiciones inhumanas e insalubres, a menudo sin suficiente comida ni agua potable y con una manifiesta falta de acceso a la atención médica. Es por ello que, cerrar la ruta a Italia y retener a la gente en Libia es una burla a la dignidad humana. Las personas allí atrapadas sufren violencia, abusos y viven en condiciones inhumanas.

©MSF

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